En las otras obras de Carlos Pujol comentadas en este blog he contado que uno de sus méritos más interesantes es ese sentido del humor británico, que te hace leer muchos de los pasajes de cada libro en un estado de constante 'carcajada silenciosa'. Este es otro ejemplo más, y quizá más logrado que los anteriores, y sin que esto quite mérito al entramado de cada una de las dieciséis breves historias o episodios (me resisto a llamarlos cuentos) que componen el volumen. Un poco menos logrado me parece el intento de humanizar a Sherlock Holmes que se anuncia en el prólogo. Quizá en esto tenga que ver el estilo de Carlos Pujol, que tiende a los párrafos muy medidos y a unas frases muy cuidadas y perfectamente construidas. Esto y la amplitud de su vocabulario nos dice que podemos aprender mucho de su técnica pero me parece que al final esa insistencia en la exactitud acaba contagiándose a los personajes y estos se convierten en algo muy bien perfilado y caracterizado pero con poca vida real. Aunque, tratándose de británicos, quizá esto sea un acierto involuntario y entonces Fortuna y adversidades se trate de un trabajo perfecto. La verdad es que me gustaría pensar esto de un autor como Pujol, cuyos universos y personajes destilan un optimismo y una entereza vital mucho más atractiva que los de tantos rolletes posmodernos.
Salvo una, todas las historias están contadas por el Dr. Watson, y son de argumentación y temática variada: meditaciones sobre la labor detectivesca, casos policiacos 'omitidos' por Conan Doyle, intentos de Watson por acabar con la soltería de su amigo, sátiras costumbristas, amenas reflexiones y juegos acerca de la intertextualidad literaria... Aunque para disfrutarlo al máximo hay que conocer al menos algunos casos y personajes del 'verdadero Sherlock Holmes', las historias se leen fácilmente y entretienen y divierten. Muy apropiada para pasar un buen rato, para iniciarse en la original literatura de Carlos Pujol y para contemplar la posible vida escondida de Sherlock Holmes. Obviamente el título nos dice que el autor ha querido hacer lo que hicieron los muchos continuadores de El Lazarillo. A mi juicio lo ha conseguido y ha escrito un libro que debería ser considerado una continuación de las novelas e hitorias del detective de Conan Doyle. Y otra razón más para felicitar a la editorial Menoscuarto, que sigue de acierto en acierto (Carlos Pujol: Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes. Palencia: Menoscuarto, 2007, 132 pp.).
Comentarios y reseñas sobre la novela española contemporánea (y algunas cosillas más:-)
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lunes, 10 de septiembre de 2012
viernes, 28 de enero de 2011
Cada vez que decimos adiós (Carlos Pujol)
Cada vez que decimos adiós es la segunda novela que leo de Carlos Pujol, y también esta vez he quedado contento. Como en El teatro de la guerra, todo en ella parece estar medido, cada frase, cada diálogo, cada escena... Ni falta ni sobra nada. Una curiosa muestra de ese afán de precisión puede ser la extensión casi uniforme de los párrafos narrativos o descriptivos de la novela, de unas ocho a diez líneas casi todos ellos y construidos en torno a una o dos frases principales en las que se van insertando con exactitud de relojero cada una de las palabras o expresiones que parecen hechas para ese momento.
Pero aparte de esto y de algunas frases y diálogos breves especialmente brillantes, lo mejor es,sin duda alguna su intención paródica de las novelas detectivescas, y de manera principal las de Agatha Christie. Cada vez que decimos adiós recuerda inevitablemente a novelas como Diez negritos o Asesinato en el Orient Express, con sus víctimas y sospechosos viviendo en un mismo techo bajo el que ocurren uno o varios asesinatos que parecen romper toda lógica, en este caso por la inmediata e inexplicable desaparición de los cadáveres. La solución final también es original y es de esas que una reseña no puede ni debe revelar.
La parodia se produce sobre todo por el enfoque elegido por el narrador, un español profesor de castellano que vive en la pensión de una ciudad escocesa rodeado de personajes singulares, descritos a modo de figuras de cartón piedra, de commedia dell'arte o de película de Chaplin. Sin embargo no llegan a ser personajes completamente librescos o artificiales, y en varios de ellos asoma una humanidad también única y atractiva, especialmente en el caso de Theresia, la abstraída enamorada (?) del narrador. En otros ocasiones esos personajes son más bien portavoces de las ideas singulares e irónicas del autor, pero todo ello coordinado e insertado en la narración con elegancia y originalidad, sin que ésta se convierta en un mero pretexto doctrinario o pedagógico.
Como historia, Cada vez que decimos adiós, también funciona, aunque quizá no satisfaga a quienes gusten de argumentos emocionlaes y situaciones límites. Y es que el lector ideal de esta novela tiene que estar familiarizado con el mundo literario y cinematográfico al que continuamente se refieren los guiños de Pujol, unos guiños que para ese lector van a resultar en continuas 'carcajadas silenciosas'. En este sentido el libro es divertidísimo y una pequeña obra maestra, imprescindible para este tipo de público.
Así pues, otro acierto de Carlos Pujol, que disfrutarán sobre todo los aficionados al género policiaco y de la parodia metaliteraria. Si se va buscando una simple historia detectivesca es probable que acabe defraudando. De los libros comentados hasta ahora en este blog, el más parecido es sin duda alguna Los amigos del crimen perfecto, de Andrés Trapiello, también en mi lista de recomendados. (Carlos Pujol: Cada vez que decimos adiós. Barcelona: Seix Barral, 1999, 190 pp.).
Pero aparte de esto y de algunas frases y diálogos breves especialmente brillantes, lo mejor es,sin duda alguna su intención paródica de las novelas detectivescas, y de manera principal las de Agatha Christie. Cada vez que decimos adiós recuerda inevitablemente a novelas como Diez negritos o Asesinato en el Orient Express, con sus víctimas y sospechosos viviendo en un mismo techo bajo el que ocurren uno o varios asesinatos que parecen romper toda lógica, en este caso por la inmediata e inexplicable desaparición de los cadáveres. La solución final también es original y es de esas que una reseña no puede ni debe revelar.
La parodia se produce sobre todo por el enfoque elegido por el narrador, un español profesor de castellano que vive en la pensión de una ciudad escocesa rodeado de personajes singulares, descritos a modo de figuras de cartón piedra, de commedia dell'arte o de película de Chaplin. Sin embargo no llegan a ser personajes completamente librescos o artificiales, y en varios de ellos asoma una humanidad también única y atractiva, especialmente en el caso de Theresia, la abstraída enamorada (?) del narrador. En otros ocasiones esos personajes son más bien portavoces de las ideas singulares e irónicas del autor, pero todo ello coordinado e insertado en la narración con elegancia y originalidad, sin que ésta se convierta en un mero pretexto doctrinario o pedagógico.
Como historia, Cada vez que decimos adiós, también funciona, aunque quizá no satisfaga a quienes gusten de argumentos emocionlaes y situaciones límites. Y es que el lector ideal de esta novela tiene que estar familiarizado con el mundo literario y cinematográfico al que continuamente se refieren los guiños de Pujol, unos guiños que para ese lector van a resultar en continuas 'carcajadas silenciosas'. En este sentido el libro es divertidísimo y una pequeña obra maestra, imprescindible para este tipo de público.
Así pues, otro acierto de Carlos Pujol, que disfrutarán sobre todo los aficionados al género policiaco y de la parodia metaliteraria. Si se va buscando una simple historia detectivesca es probable que acabe defraudando. De los libros comentados hasta ahora en este blog, el más parecido es sin duda alguna Los amigos del crimen perfecto, de Andrés Trapiello, también en mi lista de recomendados. (Carlos Pujol: Cada vez que decimos adiós. Barcelona: Seix Barral, 1999, 190 pp.).
martes, 20 de abril de 2010
El teatro de la guerra (Carlos Pujol)
Interesante novela corta que hace pensar que Carlos Pujol merece mucha más atención y reconocimiento del que le presta la crítica al uso. Con un estilo terso y una anécdota inicialmente sencilla, el lector entra poco a poco en un mundo misterioso, pero verosímil, con un suspense bien dosificado y un argumento tan sólido y elaborado como lo permite este género. Los personajes son realmente humanos, el libro toca un tema igualmente humano –la maldad de la guerra– y el desenlace final resulta tan realista como convincente. Al mismo tiempo que este argumento podría haber llegado más lejos y haber dado lugar a una gran novela, tal como la ha dejado Pujol resulta igualmente completa en sí mismo. Uno no sabe si reclamar al autor que escriba esa novela extensa que late en esta historia o agradecerle que la haya resumido de forma tan perfecta. Libro ideal para una clase sobre novela corta. (Carlos Pujol: El teatro de la guerra. Palencia: Menoscuarto, 2009).
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