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sábado, 10 de enero de 2015

Belén Gopegui: El comité de la noche

El comité de lo real,
otra moralina bien escrita
o un thriller sin

color local
Aquí voy también a empezar diciendo lo que he repetido en otras reseñas acerca de las novelas de Gopegui, como Deseo de ser punk o Acceso no autorizado, es decir, que Gopegui me parece una buena escritora, de las mejores que podemos tener ahora en España, aunque por desgracia lo sigue estropeando todo cuando se mete en esos vericuetos políticos y en argumentos de intención político-moralizante.

     He leído en otras reseñas precisamente lo contrario, que la peor Gopegui es la del lenguaje lírico y la mejor es la de las reivindicaciones sociales. La verdad es que no puedo estar de acuerdo. Primero porque ese lenguaje es quizá de los más originales y conseguidos de la novela española actual, tan necesitada precisamente de renovaciones serias y que sean capaces de perdurar en el futuro. Porque, al paso que vamos, me temo que muy pocos novelistas contemporáneos vayan a engrosar la lista de clásicos en futuros cánones.  Y segundo porque la historia literaria ha mostrado repetidamente que cuando las novelas se ponen ciegamente al servicio de una idea política pierden lo que es más deseable en ellas, es decir, su capacidad de analizar y ensanchar la comprensión de lo humano, de presentarnos personajes vivos, situaciones complejas y cuestionamiento continuo de valores y esquemas.  Y esto es algo que no ocurre en El comité de la noche, que en ningún momento cuestiona la utopía que propone.

    No le quiero negar tampoco los méritos que tiene la novela. Gopegui me parece una escritora inteligente y llena de recursos; así por ejemplo esos momentos en que el escritor profesional recibe las narraciones de Carla se pueden convertir en una estupenda reflexión sobre la creación literaria; o ese cruce de voces y perspectivas narrativas, que combina la mesura con la variedad, me parece igualmente acertado.  

   Sin embargo, todo lo demás me suena a consabido e incluso a repetitivo. El planteamiento de fondo es el mismo que en Acceso no autorizado y en Deseo de ser punk; la denuncia victimista frente al sistema, Estado, capitalismo o como lo quiera llamar la autora; su nostalgia llena de escrúpulos por un socialismo que no supo –porque no puede- arreglar los problemas del mundo; la instalación del capitalismo neoliberal como la principal referencia socioeconómica, el poder de la gente común (¿15M, Podemos?) para cambiar todo esto;  desahucios, parados, etc., etc.

     Como en Acceso no autorizado,  aquí se pretende también dar un tono de thriller o bestsller a la acción, con buenos y malos, con espías y dobles agentes, con giros inesperados (la mochila de Carla, etc.). Algunas de esos momentos están bien conseguidos, como puede ser también la investigación implícita en el mercado y técnicas de la conservación de plasma. Sin embargo, y esto me parece penoso, no veo por ningún lado el color local en las escenas ubicadas en Eslovaquia. Todo lo referido a estas escenas parece haberse solucionado con una mera consulta a algún atlas o a alguna lista de nombres eslavos, pero creo que ningún lector podrá hacerse realmente la mínima idea que cómo pueden ser  las calles, la gente, los edificios, etc… de esta nación y de su capital. Y esto es algo que es muy difícil perdonar en un libro así.

     Finalmente, tengo que reconocer que parte de mi crítica negativa al planteamiento de este libro puede deberse a mi propia experiencia en esos comités político-espontáneos que en mis años de estudiante se creaban en la universidad para arreglar el mundo o organizar huelgas. Lo que vi es que  al final sólo estaban encaminados a servir a los intereses de algún partido político de nivel nacional, pero muy pocas veces tenían que ver con las necesidades reales que yo consideraba más urgentes. Y eso por no hablar de la manipulación que uno sentía al participar en esas asambleas y del espíritu de impenetrable camarilla que uno notaba en las élites directoras, “populares e igualitarias”. 

     Porque  la experiencia también me dice que esos mesías políticos acaban invocando la voz del pueblo para apropiarse de ella y utilizarla como  moneda de cambio. En ningún comité de esos vi nunca un espíritu de autocrítica ni un reconocimiento de errores propios, y mucho menos la aceptación de que las personas que no comulgasen con sus ideas mereciesen, como personas, el mismo trato que ellos pedían para sí mismos. El victimismo y el mesianismo tienen siempre esos riesgos. Por eso sigo prefiriendo Lo real, seguramente la más humana de todas sus novelas. (Belen Gopegui: El comité de la noche. Random House, 2014, 272 pgs.)



martes, 30 de diciembre de 2014

Belén Gopegui y sus "madres"

En este blog he comentado ya varios libros de Belén Gopegui. Vistos en su conjunto y como ya he dicho en varias entradas, me parecen novelas de una gran escritora que, desgraciadamente, no está llegando adonde podría llegar, por dedicarse a narrar historias con un compromiso político no sólo periclitado sino, me parece, bastante dañino para la literatura, por su reductor maniqueísmo y esas propuestas utópicas que quieren pasar por posibles o realistas.

      A pesar de todo esto, seguía reconociendo ciertos valores originales e independientes en la escritura de Gopegui,  y por eso lo que menos me esperaba en El comité de la noche es ver que la autora haya caído en las redes de lo políticamente correcto. No quiere esto decir que yo no esté de acuerdo con algunos de sus postulados, pero ver a Gopegui repitiendo las consabidas proclamas acerca del lenguaje patriarcal, usando el plural “madres” en lugar del “padres” [“en mis madres (quiero decir en mis padre y mi madre”)] me parece intelectualmente barato e improcedente para una escritora de sus posibilidades, que debería estar cuestionando también esas lecturas tan superficiales de las propiedades del lenguaje [la cita de la novela va sin paginación pues el libro lo he leído en formato digital].

      En otra entrada acerca de esta corrección política, incluía un ejemplo de lo absurdo y confuso que podría ser llevar esta práctica al castellano de manera indiscriminada. El ejemplo estaba tomado de un 
surrealista documento del gobierno de Hugo Chávez. Lo vuelvo a copiar aquí, quedándome con la intriga de cómo arreglarían esto l@s p@rtidari@s de est@ revisi@n linguïstic@ [“revisi@n va sin acento, pues no he encontrado el modo de ponerlo sobre el signo de la arroba]. (La reseña de El comité de la noche será la próxima entrada del blog. Saludos)

«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.»

   «Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.»

martes, 10 de junio de 2014

Belén Gopegui: Lo real

Lo real, sin duda, la mejor
novela de Belén Gopegui

 que he leído hasta ahora
En este blog Belén Gopegui ha recibido suertes distintas, y por eso y pesar de algunas recomendaciones positivas, empecé a leer Lo real con bastantes prevenciones. Después de leer la contraportada, me temía que al final la novela fuera un nuevo panfleto con alguna página brillante, al modo de La conquista del aire y de Deseo de ser punk. Como he dejado claro en esas reseñas y en la de La escala de los mapas, la mejor Gopegui, que me parece también una de las mejores plumas actuales, es la menos política, la más humana y la más lírica. Y creo que en esta novela es donde mejor ha encontrado su voz.

    Y al final la lectura de Lo real, me ha confirmado esa presunción. Es, sin duda alguna, la mejor de las novelas suyas que he leído hasta ahora y también una de las mejores de todas las incluidas en este blog. No creo que sea casual que la novela haya quedado finalista al menos en tres importantes premios, dos de ellos bastante fiables: el de la Crítica de 2001, el Rómulo Gallegos de 2003 (el otro es el Fundación José Manuel Lara de Novela, de 2002, algo que no me dice mucho).

    Por comenzar con lo que más me ha gustado, creo que hay que reconocer que ese ensamblaje entre la voz narradora (Irene) y el amigo-compañero protagonista es a la vez complejo y perfecto. Ni se presta a confusiones de esas en las que nadie –a veces ni el propio autor– sabe quién está hablando ni aburre con una monotonía que sólo permite cuestionar la capacidad del autor de turno para modelar más voces. Irene aparece y desaparece con naturalidad y sorpresa al mismo tiempo, como los ojos del Guadiana. La verdad es que salvo en algunos de los grandes, no recuerdo haber visto una combinación de ese tipo tan bien lograda.

    Al lado de ello, hay que poner sin duda alguna la presencia de ese coro colectivo que tanto recuerda a los coros de las tragedias clásicas (Edipo Rey, etc.) y que sin estridencias consigue dar a la trayectoria de Edmundo una dimensión épica que igualmente no recuerdo en ninguna novela contemporánea. A la vez, las reivindicaciones político-económicas de ese coro, que en La conquista del aire hubieran sido simples panfletos, aquí son mucho más humanas y menos partidistas, más generales y menos decrépito-marxistas-asamblearias. Y para acabar de rematarla, para bien, ese Edmundo que va de vengador-justiciero es en el fondo un personaje que creo que muchos de nosotros quisiéramos ser, es decir, y con algunos matices, la persona que moviéndose en la intrahistoria fuese capaz de dominar y controlar los poderes políticos para que estos miraran al ciudadano de a pie y no a sus propios ombligos.

    Igualmente, aunque están claras sus deudas con El conde de Montecristo, también queda claro que al contrario de El club Dumas, de Pérez-Reverte, Gopegui ha conseguido crear una historia completamente autónoma y modernizada. Y aunque este hecho confirme también la vitalidad de los clásicos,  Lo real es también un ejemplo de lo que deberían ser los reciclajes modernos de esos clásicos.

    En cuanto al lenguaje y a otros recursos, poco más puedo decir que no haya dicho ya a propósito de las demás novelas suyas: lirismo que no resulta empalagoso, sensación de ir hallazgo tras hallazgo y de  estar presenciado un descubrimiento continuo de las posibilidades del lenguaje etc., etc. Esta vez, sin embargo, he notado más algunas limitaciones del mismo, quizá debidos a la dificultad de Gopegui de separar su labor de narradora de su labor de guionista de cine.  Por ello, y como ocurre a muchas novelas escritas por poetas, en los diálogos parece hablar sólo una persona, no están individualizados, algo que obviamente perjudica la verosimilitud más clásicamente realista.

    Al final, una novela excelente e inteligente, lastrada en algunos detalles mínimos, pero donde su autora  ha encontrado su voz más personal y donde creo que los lectores se van a sentir más cómodos leyendo una historia y una denuncia que a muchos les hubiera gustado vivir o presenciar y que puede hacer olvidar los otros desfallecimientos de su autora. (Belén Gopegui: Lo real. Barcelona: Anagrama, 2001, 387 pp). 




Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real
Belén Gopegui Lo real  Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real
Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real Belén Gopegui Lo real

viernes, 30 de mayo de 2014

Escritores y Dios: Belén Gopegui


En la serie de entradas que estoy incluyendo en la etiqueta 'literatura y cristianismo', comenté hace poco el 'catolicismo' de Juan Manuel de Prada, que me parecía algo más oficial o apologético que algo profundo o asimilado con la profundidad de otros escritores. Hoy voy comentar tres citas de Lo real, de Belén Gopegui, que hasta ahora me está pareciendo, con mucho, la mejor de sus novelas reseñadas en este blog. Lástima que algunas de sus frases sobre el cristianismo no acaben de convencerme y me parezcan, por ejemplo, resultado de la "desinformación general de los medios" (de ahí la ilustración de la entrada).

     En la primera habla Irene Arce, la narradora (p. 12): "Tampoco el sarampión me interesa a no ser para encontrar una vacuna y modos de aliviarlo, pero nunca para incurrir en el discurso cristiano que convierte el sufrimiento en experiencia privilegiada". No es del todo exacto. El sufrimiento es algo universal, o sea, nada de privilegios. Lo único que el cristianismo le da es valor redentor, significado, y en ese sentido sí es privilegio, pero eso depende del sujeto. El cristiano no es  masoquista. A mi favor está también "Alegría" el poema de José Hierro, que añade a ese valor redentor otro revelador o iluminativo. Desde este punto de vista, también para Hierro el dolor es una experiencia privilegiada. De nuevo, depende del sujeto, no del objeto.

Sigue hablando Irene Arce (p. 17): "No dejaré que crezcan los quizás, los acasos, ni diré que hay momentos ocultos, instantes guardados en la manga como el que se reserva el católico para el arrepentimiento final". Otro tópico extendido. Normalmente uno muere como ha vivido. Si no ha practicado el arrepentimiento durante su vida, no va a ser muy fácil que lo haga en el lecho de muerte, a no ser con un poco de ayuda. Por otro lado, me imagino que Gopegui está hablando de los 'católicos tramposos', no de gente como la madre Teresa o el papa Francisco, que más de una vez han mostrado que arrepentirse o confesarse no es sólo para moribundos (aquí).  

Y la última, conversan Edmundo y su madre (p. 99):
"-Yo dejé de ir a misa más o menos al mismo tiempo que tú.
-¿Cuando lo de papá?
- Sí. Al principio no quería encontrarme con nadie en la misa de doce  y empecé a ir a primera hora de la mañana. Tu padre se enfadaba conmigo por seguir manteniendo relaciones con el último culpable de sus males"
     Ya estamos: Dios es el último culpable de los males humanos, como si la libertad del hombre no tuviera nada que ver con esos males, o con esos bienes, que de todo hay en esta vida, como de todo -bienes y males- hay en la novela de Gopegui. O sea que, siguiendo su lógica, también Dios sería el último culpable de los bienes de la madre de Edmundo y del resto de los personajes de Lo real. Una pena que hasta donde llevo leído, ni el narrador ni ningún otro personaje se haya parado a explicarle estas cosas a la madre de Edmundo o a la narradora. Belen Gopegui Lo real
Belen Gopegui Lo real Belen Gopegui Lo real Belen Gopegui Lo real Belen Gopegui Lo real Belen Gopegui Lo real Belen Gopegui Lo real  Belen Gopegui Lo real



lunes, 20 de enero de 2014

Belén Gopegui: Acceso no autorizado

Acceso no autorizado,
un frustrado intento
de originalidad
Ésta es la cuarta novela de Belén Gopegui que me leo y poco tengo que decir que no haya dicho al respecto de las dos últimas (La conquista del aire, Deseo de ser punk). Como en esas dos, aquí Gopegui vuelve a mostrar que es una escritora inteligente y llena de recursos, tanto estilísticos como de composición argumental pero, al mismo tiempo, que sigue encerrada en unos parámetros que le impiden pensar y escribir "outside the box", como dirían los americanos.

    El lenguaje vuelve a deslumbrar en algunos momentos, sobre todo en los más líricos y en los párrafos o diálogos menos ligados a la reciente historia de España. Realmente recuerdo pocos escritores actuales que en este sentido me entusiasmen tanto como Gopegui. Al contrario que otros muchos, en esos casos su lenguaje suena siempre a nuevo y al mismo tiempo indeleble.  Menos afortunados y más tópicos son aquéllos en que Gopegui  presta su voz al narrador o a los personajes para que éstos opinen sobre las vicisitudes de la política española; en esos momentos el estilo no se despega de la retórica típica de este discurso y se convierte en algo prosaico y panfletario.  Hay que añadir también que la carga de thriller-bestseller de esta novela hace que también algunos momentos ese lenguaje responda a algunos tópicos del mismo tono y suene a algo prefabricado o de molde.

        El argumento está organizado también al modo de un thriller pero con algunas originalidades o modos que, al menos, no conocía hasta ahora y que lo elevan por encima de lo que es habitual en los bestsellers más típicos.  Me refiero sobre todo a la estrategia del contrapunto de la primera parte, con unos vaivenes en el tiempo que me parecen bastante conseguidos. En la segunda y la tercera parte  esos vaivenes desaparecen (para bien), pero no la tensión, que va creciendo hasta llegar al clímax final, como es normal en este género. En esto Acceso no autorizado se parece demasiado a Deseo de ser punk, pues las dos acaban con un clímax que consiste en la emisión al público de un mensaje reivindicativo y de denuncia.  También me ha interesado su habilidad para captar con gran competencia el mundo de los hackers y la terminología cibernética. Visto desde este lado, sin embargo, es donde al mismo tiempo la novela es más tópica; es decir, se convierte en el fondo en una lucha de buenos y malos en un mundo de habilidades informáticas que no sería muy diferente de una mediana película o  -lo que es peor- de una novela como La fortaleza digital, de Dan Brown.

    El mérito en este sentido puede haber sido el ensamblar eso relativamente bien con algunos personajes en clave de la política española, como esa vicepresidenta-heroína Julia Torres-Teresa Fernández de la Vega u otros de la nueva o vieja guardia del PSOE. Pero ahí también entran sus debilidades. Realmente no me parece que al final ese vaivén de lo histórico a lo ficticio acabe dando  lugar a una novela redonda. Sus observaciones políticas suenan demasiado a realidad periodística o a conversación de mítin y quedan demasiado lejos de lo más propiamente literario.  Y al final hacen que Acceso no autorizado pueda reducirse a una simple novela de denuncia política con personajes maniqueos, héroes y heroínas al modo más típico, donde los buenos se identifican únicamente con los ideales de Gopegui. Y así, lo que podría haber sido un original bestseller y una gran novela acerca del derecho a la intimidad y de las ventajas y desventajas de la globalización digital se nos queda en un simple cartel electoral. Una pena.

    Pero quizá el mayor problema es un poco más profundo. Gopegui parece seguir su batalla personal contra lo que ella considera la traición del PSOE a la democracia y pensando que la culpa de todo está en el aparato político. Creo realmente que hay que ser ingenuo para pensar que después de tantos fracasos el socialismo más comunista puede arreglar el mundo (uno podría preguntar a sus amigos exiliados cubanos, a las víctimas de los gulags o de los jemeres rojos, etc).  Y lo que Gopegui  propone de las acciones políticas de base se me queda igual. Al final eso deviene en partidos que siguen siendo un mal necesario pero que deberían quedar supeditados a las iniciativas de las instituciones intermedias, como pueden ser la familia, las ONGs, o las asociaciones culturales. Gopegui sigue pensando que la solución a los problemas pasa por los políticos; yo pienso que la iniciativa debe pasar primero por los ciudadanos y los políticos deben intervenir lo menos posible. Un país con buenos políticos pero malos ciudadanos no puede funcionar; la situación inversa, por el contrario, me parece completamente viable. (Belén Gopegui: Acceso no autorizado. Barcelona: Mondadori, 2011, 314 pp.).






Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado

viernes, 10 de enero de 2014

Belén Gopegui, 'Acceso no autorizado' y Rafael Conte

Hace unos meses dediqué una entrada a la contraportada de Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. En ella reproducía algunos de los elogios que Anagrama había seleccionado entre los muchos recibidos por la autora de La escala de los mapas, entre ellos el de Rafael Conte acerca de El lado frío de la almohada. El caso es que ahora he empezado a leer Acceso no autorizado (Mondadori 2011) y en la contraportada me encuentro el mismo elogio, sin ningún otro que lo acompañe.

 Lo cito completo: "La única sorpresa que nos puede deparar cada nuevo libro de Belén Gopegui no es la de su calidad -siempre indiscutible-, sino la de conocer su verdadero acierto"

Parodiando un poco la cita, lo que se podría decir en la contraportada o en las solapas de la próxima novela de Gopegui es que "La única sorpresa que nos puede deparar cada nuevo libro de Belén Gopegui no es la de su contraportada -que incluye el famosísimo elogio de Rafael Conte-, sino la de conocer su verdadero acierto" Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado Belén Gopegui Acceso no autorizado

domingo, 20 de enero de 2013

Los malos estudiantes de Belén Gopegui ("Deseo de ser punk")

Comencé leyendo este libro como hago con casi todos los del blog, es decir, con el afán de comentarlo o criticarlo desde el punto de vista técnico y del contenido. Pero hacia la mitad y sin que pudiera controlarlo surgió mi faceta de docente se me vino a la cabeza  algo así como "con estudiantes como Martina, la protagonista,  ni la educación, ni la economía ni la sociedad van a llegar a ningún sitio". Puede que este pensamiento suene un poco carca pero al final de la lectura de la novela no he cambiado de opinión. 
 
     Como
La escala de los mapas y La conquista del aire, Deseo ser punk es también un libro que deja ver lo bien que escribe Gopegui, su amplitud de recursos narrativos y su fina sensibilidad para captar visiones y detalles de lo real propias de un buen poeta y de cualquier escritor original. Sin embargo la historia me parece de lo más chata e intrascendente. Una chica que es al mismo tiempo rebelde y apática, y que usa la música rock como medio para  canalizar sus enfados sociales y cuyo objetivo vital más alto parece ser vivir en una casa de okupas y acabar llevando ese mensaje de rebeldía rockera a los cerebros de los radioyentes...La verdad es que todo esto  no me dice nada, ni a estas altura me suena a rebeldía social ni a nada que no haya visto fracasar bajo la bota implacable del tiempo.  Todo lo más -y sería un verdadero mérito de profeta- puede entenderse como un vaticinio de lo que fue (en pasado) el 15M... Y tampoco e encaja que esa rebeldía musical se quiera combinar con ese materialismo dialéctico que tanto gusta a Gopegui pero que me temo que ni Martina ni sus amigos saben realmente de qué va (p. 89).  Porque al final, lo único que se propone es una rebeldía vacía y una música que puede gustar -a mí personalmente me atraen varios de los grupos que se mencionan-, pero la propuesta alternativa es la de un vacío total. 

      Volviendo al comienzo, creo que lo que necesitamos para salir de donde nos han metido es trabajo serio y no protestas baratas y sin intención constructiva (y por supuesto, una purga total de políticos, banqueros y sindicalistas choriceros), y unas buenas remesas de estudiantes idealistas e ilusionados. Esos son los que mejor resultados me dan en clase y los que más acaban contribuyendo a arreglar los problemas que podamos tener. Mi experiencia con estudiantes como Martina es más bien desoladora. 
Y, de nuevo, es una pena, porque Gopegui podría escribir cosas totalmente brillantes si mirara en otras direcciones. (Belén Gopegui: Deseo de ser punk. Barcelona: Anagrama, 2009, 187 pp.)



jueves, 10 de enero de 2013

Santa Belén Gopegui ('Deseo de ser punk')

Estoy empezando a leer Deseo de ser punk, de Belén Gopegui, y las primeras páginas me han hecho pensar lo que ya dije de La conquista del aire, es decir, que nos encontramos ante una gran escritora que desgraciadamente está desperdiciando su genio poniéndolo al servicio de causas o ideas no solo periclitadas sino bastante vacuas o triviales. Por eso los elogios que leo en la solapa de este libro me dejan un sabor agridulce.

    Como es lógico, el editor ha elegido aquellas citas que ponen a su autora por las nubes, pero vistas en su conjunto dan la impresión de que Gopegui no solo es la mejor escritora del momento (afirmación que no me inquietaría mucho), sino que tiene una visión del mundo casi profética o definitiva. Y, sintiéndolo mucho, por ahí no paso, aunque espero que alguna de las novelas suyas que no he leído me haga cambiar de opinión. Además el editor no ha sido parco al elegir, pues hay un total de ocho citas, que, si no recuerdo mal, es el número de elogios más alto que he visto condensado en una "sola solapa". Una verdadera y solemne canonización de Gopegui. La verdad, no creo que al conocedor de su obra hagan falta tantos recordatorios; tanta profusión de elogios incluso da la impresión de que el editor no está muy convencido de ello y de que quiere vender algo que deberia venderse por sí mismo. Por ahora cito algunos de esas alabanzas, para justificar el título de mi entrada: 


Ignacio Echevarría, acerca de La conquista del aire: "Una  novela ineludible en la reciente narrativa española"

Francisco Umbral, acerca de Lo real: "Gopegui es la increíble demostración  de que existe una novela  culta, intelectual, coherente, realísima y experimental, muy madrileña y muy europea, muy intelectualizada y muy emocional"

Rafael Conte, acerca de El lado frío de la almohada: "La única sorpresa que nos puede deparar  cada nuevo libro de Belén Gopegui no es la de su calidad -siempre indiscutible- sino conocer su verdadero acierto"

      A ver si
Deseo de ser punk consigue arrancarme de mi pluma encomios parecidos...

lunes, 20 de febrero de 2012

Que Belén Gopegui vuelva a sus comienzos, please (La conquista del aire)

Mi primer contacto con la obra de Belén Gopegui fue la lectura de La escala de los mapas (1993), que en parte me entusiasmó y en parte me dejó un poco escéptico. Después de La escala… he seguido oyendo hablar de Gopegui sobre todo como escritora comprometida  o “convertida” a la causa de un socialismo-comunismo bastante radical. También recuerdo una entrevista en El Mundo en la que, escandalosamente, defendía incluso lo más indefendible de la Cuba de Castro. 

lunes, 9 de agosto de 2010

La escala de los mapas (Belén Gopegui)

En esta novela de Gopegui me ha dejado realmente sorprendido, para bien, el empleo del lenguaje, muy cuidado, muy original y que además da la sensación de fluir de forma natural y sin esfuerzo. El texto se llena de expresiones felices y de metáforas únicas con un continuo sabor de novedad, sin llegar a cansar, y tan personales que difícilmente pueden convertirse en tópicos. El lector tiene la sensación de caminar de acierto en acierto y de ir descubriendo nuevas posibilidades del idioma en cada párrafo y en cada página.

Con el argumento y los personajes no soy tan entusiasta, aunque sigue habiendo logros realmente ejemplares, como esa figura femenina de Brezo, que en una novela con más vuelos podría haberse convertido en un personaje antológico, en una amada ideal en la estela de Beatriz, Laura o Dulcinea. El amor que por ella siente Sergio Prim, el propietario de la voz narrativa, es también único y consigue salvarse de los tópicos, aunque a veces la relación se vive en tonos de un sexualismo automático más evocado que descrito y más propio de Hollywood que de una historia de amor con conflictos psicológicos de hondura. 


Esa voz narrativa es también un acierto, en su mayor parte. Es una voz que se dirige a la vez a los lectores y a Brezo, y a veces a ella misma, retratando perfectamente la fragmentación interna de Sergio, el pusilánime antihéroe de la  narración. Un antihéroe muy posmoderno, que anhela los refugios y  huye de la posibilidad de la verdad, buscando o viviendo entre los huecos de esa realidad que le resulta abrumadora  e intentando ubicarse en el vacío, en esa escala de los mapas del título, en esos mapas que por alterar la percepción del espacio convierten el mundo en algo relativo y maleable.


Pero aquí es donde veo también la mayor debilidad de la novela. Se ha querido construir toda la historia sobre la base de la voz narrativa, y a menudo ésta se pierde entre los brillos del estilo y las divagaciones intelectuales, la anécdota se difumina  y el libro parece convertirse en una novela de tesis, ideológica, demasiado filosófica, que sobre todo desencarna a Sergio y hace que éste sea más un ser de papel que de carne y hueso. Al final, el sentido de realismo y verosimilitud quedan gravemente disminuidos. Recuerda un poco a los protagonistas de
Los juegos de la edad tardía, de Luis Landero, pero si allí la visión irónica y lúdica del autor justificaba  la delicuescencia de los personajes, aquí me parece que la figura tan disminuida de Sergio  no casa con el tono de seriedad y trascendencia que se quiere para la narración. Un poco menos de intelectualismo y un poco más de realidad, y para mí la novela hubiera merecido con toda justicia el Premio Tigre Juan que recibió en 1993. (Belén Gopegui: La escala de los mapas. Madrid: Anagrama, 1993, 229 pp.).




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