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jueves, 10 de julio de 2014

Jesús Carrasco: Intemperie

Comencé a leer Intemperie animado por lo que me habían contado de su lenguaje, más original  que lo que acostumbramos a ver en la novela española actual.  Y he de decir que en este sentido me decepcionó un poco, seguramente porque esperaba unos hallazgos al modo de Juegos de la edad tardía, de Landero, y lo que me encontré sobre todo era la recuperación de un léxico rural que ya conocía por experiencia propia (como Carrasco, yo también procedo de ese mundo rural de estepas, ganados, aperos de labranza, castillos y pueblos casi abandonados). De todas formas, aunque Carrasco no llega a ser un Azorín o un Delibes o que a algunos lectores su estilo les acabe pareciendo un poco artificial, también hay que reconocerle ese esfuerzo y esos logros para hacer que su estilo -léxico y sintaxis sobre todo- sea tan protagonista como la historia que nos cuenta -sin quitarle fuerza- y que esta novela haya que ponerla por delante de otras de autores mucho más conformistas o anarcisados.

      Lo que realmente me enganchó fue la historia y la forma de contarla. Carrasco no baja la tensión en ningún momento, y ese lenguaje cuidado y al mismo tiempo sin pedantería, va completamente acorde a la intensidad de la huida del chico, a su relación con el cabrero y sus  escondites y escapadas y desventuras con el alguacil y el tullido. Igualmente, el comienzo de la misma es de esos que dejan la intriga bien sembrada y que ya hacen imposible el abandonar la historia. El progreso y el final de la misma no defrauda, y los momentos climáticos están bien dosificados. La amistad entre el chico y el cabrero tiene también una individualidad que la impedirá convertirse en un tópico, por tratarse de una relación donde ambos personajes funcionan al mismo tiempo conectados y por impulsos propios, imprevisibles, de modo que ni ellos ni el lector llega a anticiparse por completo a sus acciones. En este sentido, la historia es un continuo encuentro con la novedad y lo inesperado, pero, de nuevo, sin efectismos ni pirotecnias extrañas.

        De la misma forma, los interrogantes que el propio lector va haciéndose a lo largo de las páginas, acerca de las causas de la huida del chico, de su familia, del personaje del alguacil, etc., quedan discreta y sobriamente respondidas en su lugar apropiado. Además tampoco las descripciones de los momentos extremos de dolor, soledad, crueldad, padecimientos, etc., caen en el morbo y andan igualmente unidas por un mismo tono que se reparte a lo largo de toda la novela y que el autor sabe mantener muy bien. En este sentido, me parece que el libro no tiene ninguna fisura.

        En una reseña más larga se podría hablar del simbolismo universal de la anécdota y el paisaje, ya que no se menciona ningún lugar concreto ni se da nombre a ningún personaje. También de las referencias religiosas, sobre todo al Nuevo Testamento y a los momentos de la Pasión de Jesucristo, con un continuo mundo en dolor, la cruz de una de las tumbas y esa referencia a un Dios que al final de la historia permite dar un respiro a los personajes, a ese débil bien que ha estado intentando sobreponerse al mal y que casi siempre lo ha conseguido. Creo que esta lectura es la que más le acerca a Cormac McCarthy, tanto en The Road como en No Country for Old Men. 

       Y aquí, una reseña que me ha gustado tanto o más que la mía. El libro mereció el Premio de los libreros, en 2013, y se ha traducido al menos a 15 idiomas, todo ello, a mi juicio, con entera justicia. Ahora sólo hay que esperar que Carrasco no se deje tentar por ninguna oferta editorial que le obligue a publicar un libro cada año y prefiera sacar cada libro cuando esté maduro y pueda considerarse propio y original. (Jesús Carrasco: Intemperie. Barcelona: Seix Barral, 2013, 224 pp.)







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martes, 10 de mayo de 2011

Las manos pequeñas (Andrés Barba)

He decidido leer esta breve novela por dos razones. La primera porque después del ladrillo de más setecientas páginas que fue Inés y la alegría, mis ánimos me pedían algo más ligerito y llevadero. La segunda porque acerca de André Barba he leído tanto reseñas positivas como otras un poco más escépticas, estas últimas dudando sobre todo de si se trata de un escritor realmente original y prometedor o simplemente  de un autor de moda, de esa moda de escritores jóvenes que nos quieren vender las editoriales.

Después de leer
Las manos pequeñas me queda claro Barba no es un autor comercial y facilón, pero tampoco me parece excesivamente inaccesible o hermético. Se ve que persigue una literatura con voz propia y calidad formal. En Las manos pequeñas creo que lo consigue mediante varios recursos. Por un lado usando en sus capítulos, de forma alternada, dos perspectivas distintas, la propia del narrador y la de las compañeras de orfanato de Marina, la niña protagonista. También con ese sentido del ritmo que se construye con la combinación de frases narrativas y otras más reflexivas o líricas y con  la repetición de algunos leitmotivs, como es la frase inicial acerca de la muerte de los padres de Marina o esas muertes, mutilaciones y enterramientos de orugas y muñecas que anuncian el desenlace final. Todo esto me ha parecido bien organizado y sólido, así como ese vocabulario y esos recursos retóricos variados y cuidadosamente seleccionados.

Mis objeciones vienen más al pensar en el lector más general, y también un poco en mí mismo.  Es innegable que la anécdota tiene fuerza, pero creo también que ese narrar desde una perspectiva oblicua, sin presentar los hechos de forma más directa o transparente va a hacer que algunos lectores piensen que se trata de un artificio más bien innecesario, que enturbia la lectura en lugar de hacerla más atractiva.  Cuando leo historias como esta casi siempre me vienen a la memoria los escritores del realismo clásico del siglo XIX, que usando unas técnicas más simples conseguían una intensidad emocional más alta y también más accesible. Y eso no les impidió ser grandes autores, ni tampoco disminuyó su originalidad. Ya me ha pasado con varias otras novelas comentadas en este blog.

Otras noticias que me han llegado de Barba es que recurre al morbo quizá con demasiada frecuencia, aunque sin llegar a extremos indigestos. El caso de Las manos pequeñas es un buen ejemplo. Se relata una historia original pero también más o menos típica acerca de la crueldad y el sufrimiento infantiles. Y ahí hay momentos en que esa crueldad está más o menos contenida dentro de lo verosímil y en otros que me parece que ese límite se sobrepasa.  En este sentido esa perspectiva narrativa ‘oblicua’ camufla un poco la morbosidad de la anécdota, pero no evita que el conjunto sea el de un paisaje donde todo son sombras y no hay ninguna luz, un mundo demasiado negro, de orfanato demasiado estereotípico en este sentido. (A ello contribuye la un poco forzada soledad de Marina, a la que tras la muerte de sus padres el narrador manda directamente al orfanato, sin plantearse la posibilidad de la existencia de algún familiar de la niña pudiera hacerse cargo de ella).


En resumen, una novela que me ha sembrado la inquietud de seguir leyendo a Barba, a quien sí le notan modos y voces personales y exclusivas, pero que no me ha convencido completamente en algunos puntos de relativa importancia, sobre todo en esa sumisión de los medios a los fines y en ese forzar la verosimilitud para presentarnos un asunto que otros novelistas habrían tratado de forma más sencilla y con la misma eficacia.
 (Andrés Barba: Las manos pequeñas. Barcelona: Anagrama, 2008, 108 pp.).


sábado, 19 de marzo de 2011

Paraíso inhabitado (Ana María Matute)

No soy un especialista en la materia pero creo que esta novela cabe dentro de las llamadas de 'despedida de la infancia'. Por pertenecer a un subgénero concreto se mueve dentro de unos tópicos habituales, como en este caso son la presencia de un mundo adulto próximo y amenazante, la aparición de personajes secundarios que ayudan a Adriana, la protagonista, a sobrellevar ese destierrro, y también de otros niños/as que hacen que esa infancia sea a veces un paraíso y a veces otro pequeño infierno. Hasta aquí, Paraíso inhabitado no parece tener mucho de singular.

 Y sin embargo esta es una narración original, con un personaje principal redondo y muy bien caracterizado y cuyas circunstancias  son también muy singulares. Quizá lo mejor ha sido la habilidad de la narradora para crear ese mundo aislado, ese paraíso inhabitado en que se mueve la niña, un mundo que consiste de lecturas, juegos, escondites, y también una infantil historia de amor. Y es también un paraíso constantemente amenazado, con ese Unicornio simbólico que aparece y desaparece con cada vaivén emocional de la niña y de la historia.   

Paraíso inhabitado
es también una novela de contrapuntos, donde alternan los momentos felices de la protagonista con los de sufrimiento, donde esa niña es una veces la víctima y otras veces el verdugo, como, por otro lado, pueden serlo a veces los/as niños/as. De todas formas me ha parecido que la autora carga un poco la mano en este último aspecto. Y es también una novela con final triste, donde esa traumática despedida de la infancia corre paralela con la Guerra Civil española cuya presencia va creciendo en los capítulos finales y que conlleva igualmente la descomposición total de la familia de Adriana, que había empezado desde la terrible frase inicial de la novela ("Nací cuando mis padres ya no se querían").

La acción se narra en primera persona, como si la autora estuviera reviviendo sus primeros años, y de hecho algunos de los episodios son realmente autobiográficos. Está organizada por capítulos pero la acción progresa en una sucesión de anécdotas que discurren con fluidez y naturalidad y, salvo en el capítulo final, en orden lineal y cronológico. Por otra parte, esas anécdotas y situaciones son variadas y nada monótonas,  mostrando progresivamente facetas nuevas de Adriana, de Gavrila -su 'novio'-,  o de personajes tan entrañables como Teo, Tata María o Isabel. La lectura en este sentido es fácil y llevadera, pero -repito- el lector debe estar preparado para sentirse  un poco incómodo con Adriana, que es, sí, una víctima, pero por momentos también cruel y 'mala', como a ella misma le gusta definirse.

El lenguaje tiene los logros habituales de Matute. No es recargado, e incluso a veces puede decirse que un poco prosaico o demasiado espontáneo, pero en él abundan y surgen de forma continua y natural esas expresiones y comparaciones al mismo tiempo sencillas y poéticas, como si escribir combinando esas habilidades fuera algo natural y sin esfuerzo.  También en este sentido la novela se lee fácilmente y permite disfrutar un idioma; el estilo  no suena a frases hechas ni a clichés artificiales y forzados, y más bien parece algo vivo y que sabe encontrarse a sí mismo.


A los lectores interesados en Paraíso inhabitado  les puede resultar útil la entrevista que  le hicieron a la autora en la revista Leer (Marzo 2009, pp. 38-40). Entre otras cosas comentaba  lo que autobiográfico contenía  la novela, que es mucho, y que por eso quizá haya acabado produciendo una historia tan intensa y cercana.


En resumen, una novela de gran calidad, que gustará especialmente a los aficionados a éste subgénero pero que quizá llegue también a incomodar a algunos por la crueldad que con relativa frecuencia asoma en sus páginas. (Ana María Matute: Paraíso inhabitado, Barcelona: Destino, 2010, 395 pp.).




domingo, 5 de diciembre de 2010

El vaso de plata (Antoni Marí)

Otra agradable sorpresa, esta vez recomendada por un amigo. El libro consta de catorce anécdotas o cuentos que llevan como títulos las catorce obras de misericordia cristianas, aunque ni su contenido ni su orientación son propiamente religiosos. En su conjunto es una tierna recuperación del pasado, especialmente de la infancia y la adolescencia, a través de episodios más bien cotidianos a los que en su  momento final el narrador suele dar un giro que les hace únicos e inolvidables. El mundo que se recupera aquí es mucho más humano que literario, pues el autor sólo busca recrear el pasado personal vivido entre la familia, los amigos..., sin ficciones librescas, adornos culturalistas o forzadas verosimilitudes. Todo es humano, posible y, seguramente, cierto.

L
os cuentos están narrados desde  el yo autobiográfico, con sencillez, sin rebuscamientos estilísticos o narrativos. Los catorce episodios van repasando las emociones  humanas  (humor, solidaridad, compasión, dolor...) al compás de las diversas obras de misericordia, tocando muy fácil y amablemente los sentimientos del lector. Mis favoritos: "Sufrir con paciencia los defectos del prójimo" (humor) y "Rogar a Dios por vivos y difuntos" (dolor). En fin, un libro para todos. El vaso de plata ganó el Premio Ciudad de Barcelona y el Crítica Serra d'Or. Mi amigo lo recomienda, y yo también lo recomiendo. (Antoni Marí: El vaso de plata. Libros del Asteroide, 2008, 113 pp.).

jueves, 25 de noviembre de 2010

Aranmanoth (Ana María Matute)

A Ana María Matute, una de mis escritoras preferidas, le concedieron ayer, merecidamente, el Premio Cervantes de Literatura. Como pequeño homenaje recupero la reseña de su libro Aranmanoth, que había publicado en el blog hace unas semanas:

Novela que al final me ha dejado un buen sabor de boca, aunque he tenido que superar algunos pequeños baches. Entre esos baches: 1) el comienzo, al que le cuesta salir de los tópicos de los cuentos de hadas. Al capítulo final le pasa algo parecido, pero creo que es más original, 2) algunos bajones estilísticos, que hacen que algunos párrafos consten de demasiadas frases hechas o den la impresión de haber sido escritos rápidamente, como por encargo, y se hayan pasado por encima descripciones o momentos que hubieran sido necesarios. Como compensación, el resto de la novela está llena del lenguaje cuidado y poético de Matute, con momentos de excelentes aciertos y una combinación perfecta de diálogos, narraciones y descripciones.


El argumento nos lleva por ese mundo de la infancia problemática que la autora conoce tan bien y que ha sabido tratar con tanta personalidad en
Los niños tontos o en Historias de la Artámila. Pero en este caso su ambientación en un mundo a medio camino entre la Edad Media y los cuentos maravillosos presta a la historia y a los personajes unas características únicas, que hacen que toda la narración resulte al final un conjunto original, redondo y compacto. Tanto los encantadores personajes de Aranmanoth y Windumanoth como el más atormentado de Orso son completamente convincentes en ese mundo que combina lo real y o fantástico en una relación inestable y muy apropiada para anécdotas y tensiones de este tipo. El enamoramiento de los dos primeros personajes, la angustia de Aranmanoth acerca de su identidad, el sentimiento de nostalgia y los desengaños que va sufriendo Windumanoth a lo largo de la novela, esos 'personajes malos' que no se convierten en estereotipos... son una suma consecutiva de aciertos que crean un fuerte sentido de intriga en la lectura y hacen que el lector vuelque su empatía con la historia de manera intensa e inevitable.

El final es triste pero internamente lógico. Menos me ha gustado la visión pesimista del mundo y de la vida que se desprende de algunas reflexiones de la narradora o de alguno de los protagonistas.  De todos modos, y a nivel artístico, es una visión que queda perfectamente justificada en el mundo interno de una novela que se lee muy fácil, que no tiene complicaciones estructurales y que frecuenta esos momentos poéticos que redimen a la prosa de ser un simple vehículo informativo. (Ana María Matute: Aranmanoth, Barcelona: Destino, 2008, 191 pp.).



viernes, 9 de julio de 2010

Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey (Álvaro Pombo)

He tenido que hacer un viaje y he podido dejar de lado a Amado Nervo y sacar tiempo para acabar esta breve novela de Álvaro Pombo. Y ha merecido la pena. Es uno de los libros que más he disfrutado últimamente, tanto por su originalidad técnica  como por el mundo tan humano  que retrata. Esta vez la contraportada no engaña. Realmente es un libro "comovedor y divertidísimo", con el hallazgo de esa voz narrativa inolvidable que es Ceporro, o como él mismo se llama  "S.M. el Rey", por ser el dueño de la palabra y el narrador de la historia.

En la novela existe esa sola voz narrativa, que relata una entretenida serie de anécdotas ubicadas en la posguerra española y protagonizadas por dos niños (el Ceporro y el Chino) y una niña alemana (Elke) adoptada por unos familiares. Hay de todo, y todo positivo: momentos de humor desternillante, emoción tierna pero nada cursi, ironía sin acritud y dolor sin amargura. Pero quizá más que la propia historia, lo más logrado sea el manejo del lenguaje y el narrador. Ceporro narra como habla y narra cuando habla. Pombo ha sabido recrear una oralidad casi perfecta y un discurso en el que va diseminando  interesantes filosofías sobre el poder encantador de la palabra. No hacen falta ni se echan de menos diálogos, descripciones, narradores omniscientes ni recursos de otro tipo. La voz del Ceporro es suficiente y autosuficiente, y los leitmotivs de la historia (los vencejos que marcan el paso del tiempo con sus idas y venidas, las relaciones amorosas o casi-amorosas de Rodolfo y Belinda, y del el triángulo o cuadrángulo de Ceporro-Chino-Elke y Covadonga) sostienen la unidad estructural de fondo sin permitir que nada quede suelto o incompleto. Uno sólo echa de menos que no haya segundas partes. Un libro ideal para explicar a los alumnos lo que es la oralidad en literatura. Quizá les cueste leerlo a aquéllos que estén acostumbrados a narraciones tradicionales, en tercera persona, con narrador omnisciente, etc. Pero el esfuerzo merece la pena.


   Un solo
caveat: de Pombo sólo he leído este libro y el cuento "Tio Eduardo", recogido en la antología de Fernando Valls comentada ya en este blog. Si es posible comparar  peras con manzanas, el cuento me pareció bueno pero inferior a la Aparición... Y me temo que quizá esté pasando lo mismo con sus otras novelas. Es el bendito riesgo de escribir una historia tan lograda como ésta. No en vano el mismo Pombo afirmaba que la "Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey es mi mejor novela."  (Álvaro Pombo: Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey. Barcelona: Anagrama, 1993, 191 pp.).








lunes, 7 de junio de 2010

Caperucita en Manhattan (Carmen Martín Gaite)

Esta novela-recreación del cuento de Caperucita apareció en la colección "Las tres edades" de la editorial Siruela, y realmente puede llegar y convencer a todos esos públicos, aunque quizá sea un poco exagerado por parte de la editorial pensar que también es un libro para lectores de 'ocho años'.

   Martín Gaite lleva a cabo una versión a  la vez respetuosa, moderna, divertida y libre del cuento de Perrault, para conseguir al final un relato fácil de leer, con una moraleja que no es moralina y unos simbolismos fáciles de descifrar pero al mismo tiempo vivos y originales. Quizá lo que más me ha gustado ha sido el empleo de todo ese material para  cuestionar el sentido de vida y de libertad que se tiene en la urbe moderna o en el mundo mecánico de hoy.  La pequeña Sara y Miss Lunatic, sus diálogos y acciones en medio de Manhattan, son como un balón de oxígeno entre tanto edificio de hormigón y tanto dinero de papel.

     Es cierto que a veces la edad de Sara y algunos parlamentos de Miss Lunatic pueden parecer un poco forzados, pero creo que esto sólo ocurre en contadas ocasiones. También a algún lector le puede parecer
que se dejan varios cabos sueltos, pero todo ello queda oculto entre tantos otros aciertos, muchos de ellos además con un fino sentido del humor y entretenidos juegos intertextuales. Los aficionados a la literatura fantástica también podrán disfrutar de varios pasajes donde se rompen las leyes del tiempo, o las de la identidad.... Un libro para todas las edades (bueno, no para los más pequeños), en un castellano también asequible a la inmensa mayoría.  Una lectura segura para alguna de mis próximas clases. (Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Madrid: Siruela, 1990, 205 pp.).



(SPAN 2307/8)

lunes, 3 de mayo de 2010

El viento de la Luna (Antonio Muñoz Molina)


La primera novela que leo de Muñoz Molina. Me han parecido original lo que creo que es su mensaje central (el viento de la Luna como ese símbolo de moderna libertad que debe airear el mundo cerrado de Mágina) y también la versatilidad de las voces narrativas hábilmente creadas por el autor con un lenguaje rico y fluido. De todas formas no me acaba de convencer. Aparte de algunos maniqueísmos simplones (todos los curas son tontos o están en las nubes -Muñoz Molina debería leer a Bernanos-) y del uso casi obsesivo del despertar sexual como equivalente de la entrada en la pubertad, no estoy convencido de que la voz autobiográfica sea la más apropiada para recrear un micromundo propio, en este caso el de Mágina. Todo resulta demasiado egocéntrico, ralentizado y claustrofóbico, y Mágina aparece más como un simple marco externo que como un ámbito con vida propia. El protagonista es la conciencia del muchacho, Mágina parece quedar demasiado lejos. Si son los dos elementos sobre los que el autor quiere sustentar su narración, estos no acaban de encontrarse. La estrategia de una novela río o poliédrica hubiera sido mucho más acertada. Creo que a mis alumnos les aburriría demasiado. (Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna. Barcelona: Seix Barral, 2006; Premio Nacional de Narrativa, 1988, 1992).
    


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