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martes, 10 de febrero de 2015

Escritores y Dios: José María Merino y la Madre Teresa

En ambientes intelectuales anglófonos circula la frase "media does not get religion", es decir, que los medios de comunicación no entienden la religión fuera de los parámetros desde los que informan, sean estos políticos, económicos, sociales, etc. Algo así acaba uno pensando de algunos escritores contemporáneos, como parece ser el caso de José M.  Merino, al menos en esta frase de una entrevista suya a propósito de su novela El río del Edén:

José María Merino: "Tenemos una idea de la felicidad contaminada por la religión, como si la felicidad pudiese existir liberada de la pena, del dolor, de las insatisfacciones diarias (Revista Leer, núm 238,2012-2013, p. 77).


No sé cómo verán las cosas en otros sistemas religiosos, pero en cuanto al cristianismo, y como como contraste a la frase de Merino, recojo este pensamiento de la Madre Teresa, más profundo de lo que parece a primera vista y que indirectamente aclara al autor de El caldero de oro que él tampoco gets religion right. Pongo en cursivas la frase que me parece clave:

Madre Teresa: “Espero que tengas: Suficiente felicidad para hacerte dulce. Suficientes pruebas para hacerte fuerte. Suficiente dolor para mantenerte humano. Suficiente esperanza para ser feliz.” 



También lo vemos en El Caldero de oro. Una de las voces narrativas, evocando una ceremonia religiosa en la que varios soldados españoles son sacrificados a manos de los aborígenes dice: "Los indios arrojaron el cadáver por las gradas. Otros sacerdotes  lo descuartizaron, separando con destreza brazos y piernas, y lo repartieron entre la multitud, que lo recogía como el convite común de una romería. Dios, pensaste, Jesucristo, Virgen Santa, no podéis permitirlo (...) Aquí, Dios, Jesucristo, la Virgen del Camino, los Santos Ángeles Custodios, la mismísima Vera Cruz, no tenían influencia alguna"

       Comentar esto daría para meternos en demasiadas hoduras acerca de por qué Dios permite la libertad de los hombres, con todas sus consecuencias, positivas y negativas, o también para aclarar la diferencia entre la magia, donde el hombre domina a los dioses, y la religión, en la que los dioses están por encima de los hombres en sabiduría y conocimiento. Pero, como antes, prefiero citar a la Madre Teresa: "El sufrimiento de unos puede ser provocado por la ambición [léase también 'ignorancia'] de otros."  


viernes, 30 de enero de 2015

José María Merino y Astérix: 'El caldero de oro'


En la entrada a anterior que le dedique a José María Merino, a propósito de Cuentosdel Barrio del Refugio, me quejaba de que el lenguaje o el estilo de su libro no hacía justicia al título, en el sentido de que me parecía que al final ese lenguaje no era lo suficientemente lírico o emotivo como para producir un espacio urbano con vida propia. Por el contrario, notaba que me agradaba bastante la capacidad de Merino para crear historias y anécdotas nuevas y originales en un tipo de literatura –la fantástica que tiende a ser bastante rígida.

     Al leer El caldero de oro he tenido, en cierta medida, la  impresión inversa. Aquí gran parte del texto consiste en evocaciones subjetivas realmente cargadas de lirismo y realmente emotivas, con un lenguaje rico y completamente dominado en su léxico. No se nota ni que haya repeticiones superfluas ni carencias llamativas. Esto es especialmente notorio en esos capítulos escritos en segunda persona –algo no muy fácil o frecuente- pero que leídos  despacio y sin prisas, se puede llegar a superar la incomodidad que suele ser propia de las novelas líricas, es decir la falta de movimiento o de acción. Por otro lado, esos capítulos encajan muy bien en lo que es el tema general de la novela, la búsqueda del pasado, de la identidad del pasado histórico, de cómo el presente es el resultado de todas esas reencarnaciones que se nos evocan en segunda persona. Olores, sonidos, sensaciones táctiles,  recuerdos, evocaciones, sugerencias… Se dan cita en esos capítulos para al final de cada uno –con alguna excepción producir un retrato completo de una época del pasado. Tampoco cabe duda de que a esto contribuye grandemente la carga autobiográfica de la historia, muy ambientada en el León rural que tango gusta a Merino  y con claras alusiones a su vida familiar también.

      El contrapunto de la novela son los capítulos que narran la anécdota del presente, es decir, el viaje del protagonista a casa de su abuelo para buscar y lograr encontrar su pasado, su acumulación de reencarnaciones iniciada en los orígenes de ese caldero de oro, etc. Y esa parte del libro es lo que quizá cueste más leer si lo que se busca ahí es una anécdota entretenida, con clímax fuertes y momentos de tensión. No es que no los haya o que no se hayan podido crear, sino que toda la historia está narrada en un tono tan frío o sereno que al final aparece como sin relieve, sin llegar a enganchar en el nivel de las emociones.  

Por momentos no he podido evitar que las estrategias de 
búsqueda de ese pasado-caldero de la novela de Merino me 
recordara a las de Asterix y Obelix en busca 
de su caldero de sextercios
     Un asunto aparte –y se podría escribir todo un artículo académico al respecto- se refiere a las estrategias y mundos creados por Merino para recuperar ese pasado. Ahí tenemos el recuerdo recurrente de la infancia, la amistad con el abuelo y la frialdad con sus padres, el simbolismo de la casa y sus diferentes estancias –que habría servido muy bien para ilustrar la poética del espacio de Gaston  Bachelard esos contrapuntos evocadores del pasado…, etc. Todo ello me encaja y me convence, salvo el personaje de Olvido o, bueno más que el personaje, su nombre en sí. Es cierto que conviene al ambiente mítico y un poco parabólico de la historia, pero también es cierto que es el único nombre que me parece excesivamnete simbólico y obvio. Es decir, frente a otros como Lupi, Felisa, etc, de personajes de carne y hueso, Olvido es un nombre que hace que su personaje sea más bien etéreo, difícil de conciliar con el resto de los nombres. Se ha acertado con él si lo que se quiere es mostrar que la recuperación del pasado no puede evitar los olvidos y los vacíos, pero me parece que al final da la impresión de ser una alegoría o una idea a la que se la ha forzado a vivir en un  mundo de seres reales. Y eso no ayuda a la unidad del mundo que la  novela ha querido crear. Me parece.

    En resumen, una novela recomendable para quien guste de novelas líricas e inquisitivas. Muy lograda en este sentido. Menos la disfrutará quien vaya buscando en ella emociones y enganches. Es una novela para leer con sensibilidad poética, paciencia e intereses filosóficos, pero no tanto para disfrutar de argumentos, de personajes y de  ambientes. Muy bien escrita pero un poco sosa, como me decía un colega a propósito de otras obras de Merino. (José María Merino: El caldero de oro. Madrid: Alfaguara, 1981, 196 pp.)



sábado, 23 de junio de 2012

José María Merino, Gustavo Adolfo Bécquer y sus fantásticas mujeres

Hace unos días comentábamos en clase la leyenda de Bécquer titulada  "La corza blanca" y el cuento de José María Merino titulado "La prima Rosa". Ambos relatos comparten uno de los motivos más repetidos de la literatura fantástica, que es la ruptura o el intento de ruptura de la ley de identidad, pues las dos mujeres  protagonistas no son en realidad lo que aparentan o no son solo lo que aparentan (no doy más detalles porque los dos relatos merecen la pena ser leídos). Otros leitmotivs recurrentes en ambas historias son  la experiencia en solitario del testigo, el lugar aislado y un poco gótico de la transformación, el agua como elemento intermedio de la metamorfosis, etc.


    Comento esto no  para sugerir que Merino esté copiando a Bécquer, ni mucho menos, ya que la literatura fantástica es una de las que sigue esquemas más rígidos y repetitivos; además el cuento de Merino fue uno de los que más gustó a mis alumnos. Lo que me interesa es simplemente recordar que también aquí los clásicos han llegado antes a muchos lugares que creemos que están siendo descubiertos por los modernos, o dicho de otra forma, que para llegar a donde nos quieren llevar los modernos sigue siendo imprescindible pasar primero por los clásicos. Solo se trata de que leamos a los modernos a la luz de la historia; si no podemos acabar creyendo que estamos descubriendo la rueda por enésima vez. (Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas. Madrid. Cátedra, 1996, pp. 327-346; José María Merino: "La prima Rosa", en Joan Estruch i Tobella, ed. Los mejores relatos fantásticos de habla hispana. Madrid: Alfaguara, 2002, pp. 89-101).



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jueves, 22 de abril de 2010

Cuentos del Barrio del Refugio (José María Merino)

Cuando leo a José María Merino no puedo evitar una doble sensación. Por un lado admirarme ante su capacidad de fabulación y habilidad para encontrar en un mundo de partida realista esos caminos que le llevan al lector a destinos inesperados y mágicos. Es quizá uno de los escritores que mejor ha sabido anclar lo fantástico en el mundo de todos los días. Por otro lado, y debido quizá a lo anterior, su lenguaje es siempre correcto y preciso, pero a veces también demasiado correcto, demasiado preciso y demasiado académico, y por todo ello demasiado frío. Creo que son los parámetros que mejor pueden explicar este conjunto de relatos, que nos revelan que el otro mundo existe o lo podemos encontrar en cualquier barrio de cualquier ciudad española contemporánea. Merino, sus voces narrativas, sirven simplemente para ayudarnos a llegar hasta ellos y convencernos de que existen. Pero al mismo tiempo, ese estilo tan histórico y objetivista acaba quitando vida al barrio, que no funciona como un ser vivo sino más bien como un marco externo de las anécdotas. Un poco más de lirismo habría hecho de ese barrio otro personaje más. (José María Merino: Cuentos del Barrio del Refugio. Barcelona: Alfaguara, 1994).
  

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