Comentarios y reseñas sobre la novela española contemporánea (y algunas cosillas más:-)
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jueves, 29 de octubre de 2020
Cartas de Tomás Moro ("For all Seasons")
Acabo de leer For all Seasons una selección de las cartas de Tomás Moro, y la verdad es que me han dejado sorprendido. Ya conocía los tópicos de su historia y su negativa a doblegarse a los caprichos de Enrique VIII, pero leerlo en sus cartas te lleva a ver todo ese episodio histórico y la personalidad de Moro de una forma mucho más atrayente y viva. Algunas cosas que me han sorprendido: su amistad con Erasmo de Rotterdam, y la admiración de Erasmo por Moro; la profunda humanidad de Tomás Moro: su sentido de la amistad, su amor y cuidado por su familia, su sentido del humor, su honradez política, su fortaleza para defender sus derechos y cumplir con sus deberes, etc. et,; en fin, una galería ejemplar para tantos políticos de ahora. El libro incluye además cartas de Enrique VI a Ana Bolena, y de Ana Bolena a Enrique VIII; cartas de Catalina de Aragón, cartas de la hija de Moro, de sus muchos amigos, el testimonio de su juicio,... No puedo más que recomendarlo; es como un soplo de aire fresco en medio del ambiente político en que vivimos en tantos países. Quizá por eso, no he podido relacionar a Moro con ningún político contemporáneo, aunque sí con algunos buenos escritores. Y es que Moro, además, escribe muy bien. (Stephen Smith (ed): For all Seasons. Selected Letters of Thomas More. Princeton: Scepter, 2012, 361 pp.)
martes, 27 de octubre de 2020
Harriet Beecher Stowe: 'La cabaña del Tío Tom'
Éste es otro de los audiolibros que me he leído en mis idas y venidas por las carreteras de Texas, y que también he descargado de Librivox. En este caso la novela está leída por una sola voz, lo que le da un poco más de profesionalidad; no llega al nivel la lectura que Bob Inglis hace de El señor de los anillos pero el efecto es mucho más satisfactorio que el de otros audiolibros comentados aquí, como El castillo de Otranto o Drácula.
En general, el libro me ha gustado, sobre todo la primera parte, donde se despliegan los personajes y las acciones en una serie de trayectorias bien dispuestas y que anuncian bastante intriga y una compleja interacción entre todos ellos. Aunque hay un poco de maniqueísmo también hay otras zonas grises e inciertas que hacen que esta parte de la novela mantenga vivo el interés del lector. Por el contrario la segunda parte, me parece peor como novela de acción, aunque bastante más interesante como novela-ensayo, ya que está cargada de diálogos y controversias en torno al problema de la esclavitud y llena de interrogantes al respecto que no siempre son fáciles de solucionar.
Es cierto que a veces esos diálogos o las moralejas de la autora o del tío Tom son un poco cargantes o repetitivos, y que Flaubert podía tener su puntito de razón cuando calificó a Beecher Stowe de aburrida y puritana. Esto junto al simplismo de algunos personajes (el propio Tío Tom, la angelical Eva, etc.). Sin embargo, todo eso me parece que queda compensado por la verosimilitud histórica de la misma. No parece que haya nada que no haya podido ser real y, además, la fuerza de algunas escenas y la exposición de las lacras del sistema esclavista de forma tan dura hace también que el libro no siempre sea una novela rosa ni un besteller de final feliz. Y hay momentos como la huida de Eliza por el río o personajes como la hipocondríaca madre de Eva o Topsy que merecerían estar en cualquier antología.
Y ahora que estoy trabajando en esto de la literatura y secularización en la literatura hispanoamericana, me ha costado menos entender por qué el cristianismo pudo encajar tan bien entre la población negra americana. Por un lado, creo que no les costaría identificarse con Jesucristo, como víctima inocente -el pasaje de la agonía de Tom es quizá uno de los mejores ejemplos-. Y por otro porque si la Biblia la usaron algunos para justificar la esclavitud, otros la supieron emplear para justificar su liberación, especialmente en sus analogías con la salida de Israel del Egipto. El caso de los cuáqueros abolicionistas que ayudan a Eliza y a su esposo a escapar a Canadá puede ser un buen ejemplo de esto.
En fin, una novela que por momentos puede resultar un poco lenta o cargante, pero que merece la pena leer por otros muchos motivos, tanto literarios como extralitearios. Entre estos últimos, la idea de que pudo haber sido el detonante final para el comienzo de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, lo que no es poco decir. En este sentido, no recuerdo muchos libros con una trascendencia similar o que sean tan necesarios para entender la historia de un país.
En general, el libro me ha gustado, sobre todo la primera parte, donde se despliegan los personajes y las acciones en una serie de trayectorias bien dispuestas y que anuncian bastante intriga y una compleja interacción entre todos ellos. Aunque hay un poco de maniqueísmo también hay otras zonas grises e inciertas que hacen que esta parte de la novela mantenga vivo el interés del lector. Por el contrario la segunda parte, me parece peor como novela de acción, aunque bastante más interesante como novela-ensayo, ya que está cargada de diálogos y controversias en torno al problema de la esclavitud y llena de interrogantes al respecto que no siempre son fáciles de solucionar.
Es cierto que a veces esos diálogos o las moralejas de la autora o del tío Tom son un poco cargantes o repetitivos, y que Flaubert podía tener su puntito de razón cuando calificó a Beecher Stowe de aburrida y puritana. Esto junto al simplismo de algunos personajes (el propio Tío Tom, la angelical Eva, etc.). Sin embargo, todo eso me parece que queda compensado por la verosimilitud histórica de la misma. No parece que haya nada que no haya podido ser real y, además, la fuerza de algunas escenas y la exposición de las lacras del sistema esclavista de forma tan dura hace también que el libro no siempre sea una novela rosa ni un besteller de final feliz. Y hay momentos como la huida de Eliza por el río o personajes como la hipocondríaca madre de Eva o Topsy que merecerían estar en cualquier antología.
Y ahora que estoy trabajando en esto de la literatura y secularización en la literatura hispanoamericana, me ha costado menos entender por qué el cristianismo pudo encajar tan bien entre la población negra americana. Por un lado, creo que no les costaría identificarse con Jesucristo, como víctima inocente -el pasaje de la agonía de Tom es quizá uno de los mejores ejemplos-. Y por otro porque si la Biblia la usaron algunos para justificar la esclavitud, otros la supieron emplear para justificar su liberación, especialmente en sus analogías con la salida de Israel del Egipto. El caso de los cuáqueros abolicionistas que ayudan a Eliza y a su esposo a escapar a Canadá puede ser un buen ejemplo de esto.
En fin, una novela que por momentos puede resultar un poco lenta o cargante, pero que merece la pena leer por otros muchos motivos, tanto literarios como extralitearios. Entre estos últimos, la idea de que pudo haber sido el detonante final para el comienzo de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, lo que no es poco decir. En este sentido, no recuerdo muchos libros con una trascendencia similar o que sean tan necesarios para entender la historia de un país.
martes, 2 de febrero de 2016
Adolf Hitler: 'Mi lucha'
| De cómo la Primera y la Segunda Guerra Mundial fueron la misma Guerra, o lo que pasa cuando la raza o la nación se sacan de madre. (Adolf Hitler: Mi lucha: México: Diana, 1965, 251 pp.) |
martes, 21 de julio de 2015
Shakira y el amor vs. Marx y Jean Paul Sartre
Creo que no soy el único que piensa que la cultura pop-ular contiene más sabiduría y experiencia de la que pensamos. Es lo que me viene a la cabeza cada vez que escucho "No creo", la canción de Shakira en la que el amor deja por los suelos a Carlos Marx (el de la lucha de clases), a Paul Sartre (el de 'el infierno son los otros') y a Brian Weiss (el de en mi vida pasada fui un elefante o quise a la otra más que ahora te quiero a ti). ¿Quién iba a decir a Marx y a Sarte que con el tiempo el amor nos llevaría a bailar metafóricamente sobre sus tumbas y además a ritmo tropical. Abajo os dejo dos vídeos y la letra de la canción. Me gusta más el vídeo en directo, aunque el video oficial es más expresivo con el asunto de Marx y Sartre.
"No Creo"
"No Creo"
Solo tu sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
No creo que el mar algun dia
Pierda el sabor a sal
No creo en mi todavia
No creo en el azar
Solo creo en tu sonrisa azul
En tu mirada de cristal
En los besos que me das
Y en todo lo que digas
Solo tu sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amara asi
Como lo hago yo
No creo en Venus ni Marte
No creo en Carlos Marx
No creo en Jean Paul Sartre
No creo en Brian Weiss
Solo creo en tu sonrisa azul
En tu mirada de cristal
En los besos que me das
Y hablen lo que hablen
Solo tu sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amará así
Como lo hago yo
Ay yo quiero ser tu firmamento
De tu boca una cancion
De tus alas siempre ser el viento
Tu terrón de sal
Un rayo de sol
Que a donde que tú
Quieres que yo vaya voy
Que eres mi desliz, mi país feliz
Mi primavera
Mi escalera al cielo si
Por eso sigo aqui y camino
Contigo
A ti nunca podría decirte que no
Sólo tú sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazón
Sólo tú doblas mi razón
Y por eso a donde tú quieras voy
Tu terrón de sal
Un rayo de sol
Que a donde digas que tú quieres
Que yo vaya voy
Eres mi desliz, mi país feliz
Mi primavera,
Mi escalera al cielo, si
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amará así
Como lo hago
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
No creo que el mar algun dia
Pierda el sabor a sal
No creo en mi todavia
No creo en el azar
Solo creo en tu sonrisa azul
En tu mirada de cristal
En los besos que me das
Y en todo lo que digas
Solo tu sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amara asi
Como lo hago yo
No creo en Venus ni Marte
No creo en Carlos Marx
No creo en Jean Paul Sartre
No creo en Brian Weiss
Solo creo en tu sonrisa azul
En tu mirada de cristal
En los besos que me das
Y hablen lo que hablen
Solo tu sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazon
Solo tu doblas mi razon
Y por eso a donde tu quieras voy
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amará así
Como lo hago yo
Ay yo quiero ser tu firmamento
De tu boca una cancion
De tus alas siempre ser el viento
Tu terrón de sal
Un rayo de sol
Que a donde que tú
Quieres que yo vaya voy
Que eres mi desliz, mi país feliz
Mi primavera
Mi escalera al cielo si
Por eso sigo aqui y camino
Contigo
A ti nunca podría decirte que no
Sólo tú sabes bien quien soy
Y por eso es tuyo mi corazón
Sólo tú doblas mi razón
Y por eso a donde tú quieras voy
Tu terrón de sal
Un rayo de sol
Que a donde digas que tú quieres
Que yo vaya voy
Eres mi desliz, mi país feliz
Mi primavera,
Mi escalera al cielo, si
Si hablo demasiado
No dejes de lado
Que nadie mas te amará así
Como lo hago
martes, 30 de junio de 2015
Bernardo Atxaga: 'El hijo del acordeonista'
No voy a
decir que no tenía ganas de leer este libro. Por un lado la famosa reseña deIgnacio Echevarría, la que le costó el trabajo en El País-Alfaguara, me pareció en principio dirigida más ad hominem, o mejor, contra hominem, que ad
operam, o sea hacia el libro. Es decir, que quería comprobar por mí mismo
hasta qué punto Echevarría tenía razón y hasta qué punto se había dejado llevar
por sus pasiones menos elogiables. Por otro lado, mis dos lecturas anteriores
de Atxaga (Obaba y Siete casas en Francia), acabaron en mi lista de
recomendados, y, la verdad, esperaba que esta vez ocurriera lo mismo.
Pero no ha sido así. La novela me ha parecido estéticamente muy desigual y con una carga política o politizante que, a pesar de algunos esfuerzos compensatorios por parte de Atxaga y de haber recibido el Premio de la Crítica en 2003, no consigue dejar de parecerme un panfleto. Por eso, como decía en la entrada anterior, no me extraña que para la contrasolapa la editorial no haya incluido o no haya podido encontrar ningún crítico que en principio no coincida con las posiciones de Atxaga. Y obviamente no me refiero aquí a lo que me parecen legítimos deseos de recuperar la historia, la cultura y el idioma de la propia región, nación o como quiera llamarse, sino de que hay algunos detalles que no van a resultar muy fáciles de tragar para lectores de otros lugares de la Península, como puede ser la renuncia de David a tocar con su acordeón el himno español, la quema de una bandera española o, sobre todo, esa presentación eufemista de ‘la organización’ (ETA).
Eufemismos que se concretan por ejemplo en la omisión de atentados que hayan causados víctimas humanas, la del sufrimiento de las víctimas del otro lado (como si en una guerra sólo sufriese uno de los bandos) y, lo que quizá más me ha molestado, la inexplicable ausencia de la posibilidad de una tercera vía, la del diálogo, la que habrían propuesto por ejemplo M. Gandhi o N. Mandela y que al final parece haber dado muchos mejores resultados que las de la organización.
Pero no ha sido así. La novela me ha parecido estéticamente muy desigual y con una carga política o politizante que, a pesar de algunos esfuerzos compensatorios por parte de Atxaga y de haber recibido el Premio de la Crítica en 2003, no consigue dejar de parecerme un panfleto. Por eso, como decía en la entrada anterior, no me extraña que para la contrasolapa la editorial no haya incluido o no haya podido encontrar ningún crítico que en principio no coincida con las posiciones de Atxaga. Y obviamente no me refiero aquí a lo que me parecen legítimos deseos de recuperar la historia, la cultura y el idioma de la propia región, nación o como quiera llamarse, sino de que hay algunos detalles que no van a resultar muy fáciles de tragar para lectores de otros lugares de la Península, como puede ser la renuncia de David a tocar con su acordeón el himno español, la quema de una bandera española o, sobre todo, esa presentación eufemista de ‘la organización’ (ETA).
Eufemismos que se concretan por ejemplo en la omisión de atentados que hayan causados víctimas humanas, la del sufrimiento de las víctimas del otro lado (como si en una guerra sólo sufriese uno de los bandos) y, lo que quizá más me ha molestado, la inexplicable ausencia de la posibilidad de una tercera vía, la del diálogo, la que habrían propuesto por ejemplo M. Gandhi o N. Mandela y que al final parece haber dado muchos mejores resultados que las de la organización.
En lo
propiamente literario, la verdad es que la novela me parece mucho más flojita
que Obaba. Las anécdotas de las historias del grupo de amigos me han resultado
de lo más anodinas y sositas de lo que he leído hasta ahora. Nada, pero nada que ver con la intensidad de cuentos que componían Obabakoak ni con el aire cosmpolita de Siete casas en Francia. Muchas historias
de amor que no pasan de ser historietas, alguna que otra feliz invención que no
llega a concretarse en momentos de verdadera tensión climática, una sarta de
nombres de amigos y amigas que parece buscar crear una novela de protagonista
colectivo, pero donde al final todo queda más o menos subsumido en el protagonismo
de David, etc., etc.
Y dos cosas
más. Por un lado ese interés de Atxaga por recuperar el vasco como idioma
vehicular al ponerlo al nivel del inglés o del francés. De nuevo, nada en
contra. Pero, al mismo tiempo, uno no puede dejar de pensar que eso se da
precisamente desde un complejo de inferioridad. La verdad es que puede no ser
fácil conseguir salir de ese encasillamiento, pero también es verdad que me
parecieron mucho más conseguidas y
elaboradas las estrategias que empleó en Obabakoak, con su teoría del plagio y las
reescrituras. Por momentos me ha
recordado a Deseo de ser punk, de
Belén Gopegui, con esa Martina que me parece que queda más en ridículo con la
forma radiofónica de reivindicar su actitud antisistema que con la simple
intención de denunciarlo.
Y la segunda, que me parece más positiva por esa debilidad mía por algunos tipos de metaliteratura, el hecho de que al final estemos leyendo un diario o una biografía escrita a cuatro manos, las de David, el protagonista, y las de Joseba, su amigo escritor. Y también que una misma historia se cuente desde tres ángulos muy diferentes, para continuar con el muy posmoderno cuestionamiento de la verdad escrita. Por supuesto, el problema con esto es que la visión de los que no compartan la visión de Atxaga, Echevarría por ejemplo, tiene exactamente el mismo valor que el suyo. (Bernardo Atxaga: El hijo del acordeonista. Madrid: Alfaguara, 2003, 482 pp.)
Y la segunda, que me parece más positiva por esa debilidad mía por algunos tipos de metaliteratura, el hecho de que al final estemos leyendo un diario o una biografía escrita a cuatro manos, las de David, el protagonista, y las de Joseba, su amigo escritor. Y también que una misma historia se cuente desde tres ángulos muy diferentes, para continuar con el muy posmoderno cuestionamiento de la verdad escrita. Por supuesto, el problema con esto es que la visión de los que no compartan la visión de Atxaga, Echevarría por ejemplo, tiene exactamente el mismo valor que el suyo. (Bernardo Atxaga: El hijo del acordeonista. Madrid: Alfaguara, 2003, 482 pp.)
Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxal hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista
martes, 23 de junio de 2015
Escritores y Dios: Bernardo Atxaga
![]() |
| Lo que Atxaga omite al hablar de Judas, es decir, el tapar sus oídos a los remordimientos simbolizados en esos incómodos chavales |
En lo que
llevo leído de El hijo del acordeonista,
Atxaga parece dar una de cal y otra de arena a la Iglesia y al cristianismo. Me
imagino que será por esa especial relación histórica entre la Iglesia Católica y Euskadi. En las citas que elijo
ahora, selecciono una de cal y una de
arena.
Hablando de
la confesión: “Fue una oportunidad perdida. Si aquel día le hubiese contado la
verdad a don Hipólito (…), si me hubiera confesado con aquel hombre, tal vez mi
espíritu habría encontrado la manera de curarse. Don Hipólito –un hombre de
Loyola– sería una persona práctica, a la vez que prudente, y en seguida habría
encontrado el argumento capaz de calmar a un muchacho de quince años” (p. 100).
No tengo nada que añadir, sólo que ahora que estamos en crisis puede compensar
probar la charla gratis con un sacerdote antes de acabar pagando a un psicólogo
o un psiquiatra. Obviamente no es lo mismo, pero también es cierto que he
conocido gente que después de probar lo primero no han necesitado de lo segundo
nunca más, entre otras cosas porque hay preguntas que los segundos sólo pueden
responder de tejas para abajo.
La segunda,
al final del libro, aludiendo a Jesucristo y a Judas: “Los traidores somos
bestias inmundas. El que todo lo perdonaba no perdonó la traición de su
discípulo. Y el discípulo se ahorcó”. (p. 469). Esta afirmación evangélica de Atxaga me recuerda a las igualmente superficiales de Terry Eagleton en Culture and the Death of God. La cuestión no es que Jesús no perdonase a Judas sino que Judas no le
pidió perdón, como sí hizo Pedro, que sí recibió el perdón de quien todo lo
perdona. Al respecto, una de las mejores escenas de la película de Gibson al
respecto, es la de Judas siendo perseguido y atormentado por esos
niños-remordimientos que le arrinconan hasta llevarle al simbólico cadáver putrefacto
del burro. Todo lo contrario a las lágrimas de Pedro tras la mirada de su Rabí.
martes, 16 de junio de 2015
Contraportadas: Bernardo Atxaga y ‘El hijo del acordeonista’
La lectura de la contraportada y la
contrasolapa de El hijo del acordeonista,
uno no puede sentir sino cierta perplejidad. La contrasolapa, bajo del título de
“La crítica ha dicho” viene con cuatro citas de críticos con apellidos
euskeras. Nada que objetar, por supuesto. Pero la cosa empieza a ser un poco
sospechosa cuando dos de esas críticas proceden de Gara y de Berria y las otras
dos de críticos independientes o
académicos (Andu Lertxundi y Amaia Gabantxo).
El hecho de que no aparezca ningún comentario de otro ámbito me da que
pensar que para esta novela el lector va a tener que disponer de ciertas
tragaderas políticas, quizá las que no tuvo Ignacio Echevarría en la reseña que
le costó el puesto en El País-Alfaguara.
Es lo que parece confirmar la
contraportada, escrita sin duda por el departamento de marketing de la editorial,
que se fija sólo en los méritos literarios o humanos de la novela y que en
absoluto quiere venderla como “la gran primera novela vasca” de la que habla
Amaia Gabantxo en su cita.
Y me temo que en esto va a consistir la novela, una historia con intentos de carga humana y habilidades literarias, pero también con bastante militancia cultural y política. Espero que la balanza se incline hacia el primer binomio, para que así justifique el Premio de la Crítica que le dieron en 2003.
Y me temo que en esto va a consistir la novela, una historia con intentos de carga humana y habilidades literarias, pero también con bastante militancia cultural y política. Espero que la balanza se incline hacia el primer binomio, para que así justifique el Premio de la Crítica que le dieron en 2003.
sábado, 28 de febrero de 2015
Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido.
![]() |
| Un mea culpa con unas propuestas sensatas para la regeneración de España. Una pena que sigan pesando tanto algunos clichés comunistoides del pasado |
He leído
este libro justo después de La civilización del espectáculo, de Vargas Llosa, y
creo que es evidente que los dos se complementan. Si el de Vargas Llosa muestra
algo así como la epidermis de un cuerpo de lentejuelas y huecos oropeles, el de
Muñoz Molina es más bien una radiografía de todo ese cuerpo –en este caso la
sociedad española–, vista en retrospectiva, abarcando más o menos los años de
la Transición y el proceso de deflación al que hemos llegado.
Muñoz Molina
no salva a nadie de la lista de culpables de ese proceso de descomposición del
tejido social nacional, y da palos tanto a derechas como a izquierdas, aunque
obviamente sus preferencias siguen siendo las izquierdistas, o ‘progresistas’,
ese término secuestrado hoy por algunos políticos como en su día lo secuestró
Hitler. Su diagnóstico me ha gustado bastante, aunque no me ha convencido
en todos sus puntos; también en parte porque mi condición de trabajador
emigrante en Estados Unidos me ha confirmado muchas de sus afirmaciones, tanto
en lo bueno como en lo malo, y tanto en lo
referido a España como lo referido a Estados Unidos o a otros países
extranjeros.
Quizá lo que más me haya gustado haya sido su franqueza autocrítica con las izquierdas, que se vendieron al capital y al populismo tanto como las derechas, y que conservaron su retórica tradicional sólo para momentos de ocasión o para las campañas electorales. Lo mismo puedo decir de su crítica a los nacionalismos de índole político o folklórico, esa enfermedad que según Pío Baroja (creo), se cura viajando. O esa denuncia del ambiente chabacano que inunda toda España desde la televisión y que debería ser, me parece, una de las primeras lacras que habría que eliminar. Muy difícil veo que los ciudadanos dialoguen con el respeto y apertura que propone Muñoz Molina mientras tengan como una de sus principales referencias los reality shows televisivos. E igualmente la denuncia de la connivencia entre políticos y periodistas, o sea, la alianza entre los tres poderes de Montesquieu y el cuarto que nos trajo la modernidad.
Un poco
menos me ha convencido la importancia que seguramente por sus cercanías
marxistas da al capital como origen de todos los males, porque esto no es
automático. Como el ejemplifica con su
idealizada Holanda, la abundancia del capital no implica necesariamente
conductas corruptas; creo que es obvio que los corruptos son las personas, no
el capital, que es algo abstracto. En otras palabras, si
al llegar el capital este se hubiera encontrado con personas honestas y otro gallo nos cantaría.
Tampoco me convence su monótona defensa de la educación pública. Como bien debe saber él por su experiencia en Estados Unidos, una enseñanza pública económicamente autosuficiente no significa necesariamente excelencia académica. Estados Unidos es uno de los países que más gasta en este sector y sus alumnos siempre aparecen en los últimos puestos del informe PISA. Además eso contradice una de sus propuestas finales, cuando habla del ejercicio de las libertades, entre las que me imagino que incluiría la libertad de los padres a elegir el colegio de sus hijos y a que esto no les sea doblemente gravoso. Por supuesto, no es que yo esté en contra de la enseñanza pública de la que vengo, pero sí que me parece que Muñoz Molina quiere arreglar en un plumazo simplificador un problema que no puede reducirse a una oposición entre el blanco y el negro.
Otras cosas puntuales me han llamado también la atención, como hablar de la "serena luminosidad" de Velazquez, el pintor de los inquietantes bufones de los Austrias, o decir que The New York Times y New Yorker son publicaciones ejemplares y objetivas en sus contenidos y formas cuando ni en seriedad ni en estilo pueden compararse con el Wall Street Journal o con The Economist.
En resumen, aunque con algunas limitaciones o incoherencias, Todo lo que era sólido es un ensayo interesante y honesto, y al mismo tiempo un exorcismo que intelectuales y escritores españoles deberían frecuentar más. ¿Alguien recuerda alguna mea culpa semejante de novelistas como……..? Pues eso. (Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido. Barcelona. Seix Barral 2012, 256 pp.)
Tampoco me convence su monótona defensa de la educación pública. Como bien debe saber él por su experiencia en Estados Unidos, una enseñanza pública económicamente autosuficiente no significa necesariamente excelencia académica. Estados Unidos es uno de los países que más gasta en este sector y sus alumnos siempre aparecen en los últimos puestos del informe PISA. Además eso contradice una de sus propuestas finales, cuando habla del ejercicio de las libertades, entre las que me imagino que incluiría la libertad de los padres a elegir el colegio de sus hijos y a que esto no les sea doblemente gravoso. Por supuesto, no es que yo esté en contra de la enseñanza pública de la que vengo, pero sí que me parece que Muñoz Molina quiere arreglar en un plumazo simplificador un problema que no puede reducirse a una oposición entre el blanco y el negro.
Otras cosas puntuales me han llamado también la atención, como hablar de la "serena luminosidad" de Velazquez, el pintor de los inquietantes bufones de los Austrias, o decir que The New York Times y New Yorker son publicaciones ejemplares y objetivas en sus contenidos y formas cuando ni en seriedad ni en estilo pueden compararse con el Wall Street Journal o con The Economist.
En resumen, aunque con algunas limitaciones o incoherencias, Todo lo que era sólido es un ensayo interesante y honesto, y al mismo tiempo un exorcismo que intelectuales y escritores españoles deberían frecuentar más. ¿Alguien recuerda alguna mea culpa semejante de novelistas como……..? Pues eso. (Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido. Barcelona. Seix Barral 2012, 256 pp.)
viernes, 20 de febrero de 2015
Mario Vargas Llosa: ‘La civilización del espectáculo’
![]() |
| Tópico y contradictorio en algunas cosas. Original en otras. Un poco maniqueo. Bien escrito. |
Cuando adquirí
este libro la verdad es que creí que me iba a encontrar con un tratado más
filosófico o profundo y un poco menos divulgativo. Quizá por eso al final me haya decepcionado un poco. No quiere decir esto que vargas Llosa me haya parecido
superficial o frívolo, pero sí que se me
queda un poco lejos de la intensidad de sus ensayos de tema propiamente literario,
como La verdad de las mentiras. Y de
hecho el mejor capítulo de La
civilización… y el más original y convincente creo que es el último, el
titulado “Dinosaurios en tiempos difíciles”, su discurso ante
el gremio de libreros y editores alemanes acerca de las ventajas de la cultura letrada sobre la visual. No es que los otros sean flojos, pero sí me parecen
menos originales y me temo que, salvo su contenido personal y su calidad
formal, aportan pocas cosas nuevas al debate entre “apocalípticos e integrados” del que hablaba Umberto Eco.
Tampoco
quiero decir que esté en desacuerdo con las ideas de este ensayo, pero también
es cierto que la oposición entre alta cultura y baja cultura o cultura
popular, y la consiguiente configuración
de los cánones literarios o académicos, es uno de los debates más frecuentes en
los círculos académicos en que me muevo, y que por ello casi todo lo que dice
Vargas Llosa en estas páginas me resulta bastante repetido y, en algunos
momentos, demasiado tópico.
Estoy de
acuerdo, por ejemplo, en la jerarquización estética que separa las grandes
obras literarias de otras de consumo rápido y masivo; a un Tolstoy de un Dan
Brown, por ejemplo. O también la urgencia de denunciar la mercantilización del
cine, y con ello la ausencia actual de directores como Fellini o Bergman.
O también la de la trivialización del sexo, que convierte el cuerpo humano en
mera commodity, y que inevitablemente
acaba desembocando en abusos de todo tipo y en todas las direcciones. O también
con la culpabilidad que deben aceptar algunas capillitas o élites
académicas por la fase de descomposición que se encuentran las Humanidades; en
este sentido he agradecido su crítica de la sofística de Derrida, el
deconstructor convertido también en un efímero espectáculo. O la denuncia de la
vergonzosa actitud de muchos artistas que se venden al mercado
o a la obsesión épatante, pero que carecen de originalidad y de creaciones de altos vuelos. O a la capacidad
igualadora de la televisión o de internet, donde la pantalla hace equivaler las
tragedias humanas con las neurastenias de las celebrities…
Pero
también me parece que su análisis tiene algunas limitaciones o contradicciones.
Una de ellas sería no comentar que muchas de las obras que hoy
consideramos alta cultura fueron en su tiempo obras de consumo masivo o
propiamente popular. Algunos ejemplos serían Don Quijote o los autos sacramentales de Calderón de la Barca,
entre muchos otros. En este sentido no hubieran estado de más algunas reflexiones
sobre el “aura” que Walter Benjamin
adjudicaba a todo objeto artístico y que,
efectivamente, el capitalismo estaría disolviendo. También me parece que
idealiza demasiado el pasado, como si en él no hubiera habido cultura o
actitudes “espectaculares” o culturas populares del gusto de todos los niveles,
o como si los grandes autores hubieran permanecido incólumes a estas “caídas”. Como
ejemplo tenemos la popular novela de folletín cultivada por escritores como
Dumas o Dickens, el teatro de capa y espada (Lope de Vega) o el relato policiaco (Poe).
Igualmente,
su valoración del hecho religioso, al que dedica un buen número de páginas, me
parece contradictorio en alguna de sus
partes. Por ejemplo el que considere la religión como una especie de
consuelo de pusilánimes y que no entre a fondo en cómo una religión como el
cristianismo haya sido capaz de condicionar o alimentar las ideas T.S. Eliot o Marshall McLuhan, dos de los pensadores más
reverenciados en su libro. O el hecho de que la considere parcialmente positiva
como ayuda para la convivencia social, sobre todo por proveer un código moral que ha conseguido evitar desmanes de todo tipo, y no haya una
reflexión más profunda acerca de la antropología religiosa. O que se extrañe de
que lo que él considera sexo liberado de referencias morales haya acabado en la trivialización del mismo y
no en la teología del cuerpo que proponía la filosofía personalista.
Lo mismo podría decirse de su defensa del estado laico. Aunque la suya es la de un laicismo abierto y dialogante, como la de Habermas, al mismo tiempo parece cerrado a analizar la diferencia entre estado neutral y estado neutralizador. Porque a mí me parece que al final un estado laico también acaba imponiendo una religión, es decir el dogma de que ese laicismo es incuestionable y que en el fondo los creyentes son ciudadanos de segunda categoría. Porque creo que no es imposible que un estado confesional (no teocrático) pueda ser mucho más efectivo o respetuoso y abierto que un estado laico. O que los ciudadanos del primero no puedan ser menos corruptos que los del segundo. Vargas Llosa parece olvidar que en cualquier sistema político lo importante no es el aparato sino los ciudadanos.
En fin, un libro que me parece más noble por sus intenciones que por sus contribuciones originales. Una defensa de la alta cultura llevada a cabo desde una perspectiva nostálgica y elitista –en el buen sentido de la palabra–, un poco idealizada y maniquea, pero al mismo tiempo consistente y justamente denunciadora en muchos de sus puntos. Y aunque apocalíptica, también rezuma un sincero aprecio por los logros del espíritu humano y una defensa de la literatura seria y los productos artísticos derivados del esfuerzo y la sana ambición. Y bastante bien escrita, como no podía ser menos. (Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara, 2012, 225 pgs.)
Lo mismo podría decirse de su defensa del estado laico. Aunque la suya es la de un laicismo abierto y dialogante, como la de Habermas, al mismo tiempo parece cerrado a analizar la diferencia entre estado neutral y estado neutralizador. Porque a mí me parece que al final un estado laico también acaba imponiendo una religión, es decir el dogma de que ese laicismo es incuestionable y que en el fondo los creyentes son ciudadanos de segunda categoría. Porque creo que no es imposible que un estado confesional (no teocrático) pueda ser mucho más efectivo o respetuoso y abierto que un estado laico. O que los ciudadanos del primero no puedan ser menos corruptos que los del segundo. Vargas Llosa parece olvidar que en cualquier sistema político lo importante no es el aparato sino los ciudadanos.
En fin, un libro que me parece más noble por sus intenciones que por sus contribuciones originales. Una defensa de la alta cultura llevada a cabo desde una perspectiva nostálgica y elitista –en el buen sentido de la palabra–, un poco idealizada y maniquea, pero al mismo tiempo consistente y justamente denunciadora en muchos de sus puntos. Y aunque apocalíptica, también rezuma un sincero aprecio por los logros del espíritu humano y una defensa de la literatura seria y los productos artísticos derivados del esfuerzo y la sana ambición. Y bastante bien escrita, como no podía ser menos. (Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara, 2012, 225 pgs.)
sábado, 10 de enero de 2015
Belén Gopegui: El comité de la noche
![]() |
| El comité de lo real, otra moralina bien escrita o un thriller sin color local |
Aquí voy también
a empezar diciendo lo que he repetido en otras reseñas acerca de las novelas de
Gopegui, como Deseo de ser punk o Acceso no autorizado, es decir, que
Gopegui me parece una buena escritora, de las mejores que podemos tener ahora
en España, aunque por desgracia lo sigue estropeando todo cuando se mete en
esos vericuetos políticos y en argumentos de intención político-moralizante.
He leído en
otras reseñas precisamente lo contrario, que la peor Gopegui es la del lenguaje
lírico y la mejor es la de las reivindicaciones sociales. La verdad es que no puedo
estar de acuerdo. Primero porque ese lenguaje es quizá de los más originales y
conseguidos de la novela española actual, tan necesitada precisamente de
renovaciones serias y que sean capaces de perdurar en el futuro. Porque, al
paso que vamos, me temo que muy pocos novelistas contemporáneos vayan a
engrosar la lista de clásicos en futuros cánones. Y segundo porque la historia literaria ha
mostrado repetidamente que cuando las novelas se ponen ciegamente al servicio
de una idea política pierden lo que es más deseable en ellas, es decir, su
capacidad de analizar y ensanchar la comprensión de lo humano, de presentarnos
personajes vivos, situaciones complejas y cuestionamiento continuo de valores y
esquemas. Y esto es algo que no ocurre
en El comité de la noche, que en ningún
momento cuestiona la utopía que propone.
No le
quiero negar tampoco los méritos que tiene la novela. Gopegui me parece una
escritora inteligente y llena de recursos; así por ejemplo esos momentos en que
el escritor profesional recibe las narraciones de Carla se pueden convertir en
una estupenda reflexión sobre la creación literaria; o ese cruce de voces y
perspectivas narrativas, que combina la mesura con la variedad, me parece
igualmente acertado.
Sin
embargo, todo lo demás me suena a consabido e incluso a repetitivo. El
planteamiento de fondo es el mismo que en Acceso no autorizado y en Deseo de
ser punk; la denuncia victimista frente al sistema, Estado, capitalismo o como
lo quiera llamar la autora; su nostalgia llena de escrúpulos por un
socialismo que no supo –porque no puede- arreglar los problemas del mundo; la
instalación del capitalismo neoliberal como la principal referencia
socioeconómica, el poder de la gente común (¿15M, Podemos?) para cambiar todo
esto; desahucios, parados, etc., etc.
Como en Acceso no autorizado, aquí se pretende también dar un tono de thriller o bestsller a la acción, con buenos y malos, con espías y dobles
agentes, con giros inesperados (la mochila de Carla, etc.). Algunas de esos
momentos están bien conseguidos, como puede ser también la investigación
implícita en el mercado y técnicas de la conservación de plasma. Sin embargo, y
esto me parece penoso, no veo por ningún lado el color local en las escenas
ubicadas en Eslovaquia. Todo lo referido a estas escenas parece haberse
solucionado con una mera consulta a algún atlas o a alguna lista de nombres
eslavos, pero creo que ningún lector podrá hacerse realmente la mínima idea que
cómo pueden ser las calles, la gente,
los edificios, etc… de esta nación y de su capital. Y esto es algo que es muy difícil perdonar en un libro así.
Finalmente,
tengo que reconocer que parte de mi crítica negativa al planteamiento de este
libro puede deberse a mi propia experiencia en esos comités político-espontáneos
que en mis años de estudiante se creaban en la universidad para arreglar el
mundo o organizar huelgas. Lo que vi es que al final sólo estaban encaminados a servir a
los intereses de algún partido político de nivel nacional, pero muy pocas veces
tenían que ver con las necesidades reales que yo consideraba más urgentes. Y
eso por no hablar de la manipulación que uno sentía al participar en esas
asambleas y del espíritu de impenetrable
camarilla que uno notaba en las élites directoras, “populares e igualitarias”.
Porque la experiencia también me dice que esos mesías
políticos acaban invocando la voz del pueblo para apropiarse de ella y
utilizarla como moneda de cambio. En ningún
comité de esos vi nunca un espíritu de autocrítica ni un reconocimiento de
errores propios, y mucho menos la aceptación de que las personas que no
comulgasen con sus ideas mereciesen, como personas, el mismo trato que ellos
pedían para sí mismos. El victimismo y el mesianismo tienen siempre esos
riesgos. Por eso sigo prefiriendo Lo real, seguramente la más humana de todas sus novelas. (Belen Gopegui: El comité de la noche. Random House, 2014, 272 pgs.)
martes, 30 de diciembre de 2014
Belén Gopegui y sus "madres"
En este
blog he comentado ya varios libros de Belén Gopegui. Vistos en su conjunto y
como ya he dicho en varias entradas, me parecen novelas de una gran escritora
que, desgraciadamente, no está llegando adonde podría llegar, por dedicarse a
narrar historias con un compromiso político no sólo periclitado sino, me
parece, bastante dañino para la literatura, por su reductor maniqueísmo y esas
propuestas utópicas que quieren pasar por posibles o realistas.
A pesar de
todo esto, seguía reconociendo ciertos valores originales e independientes en la
escritura de Gopegui, y por eso lo que menos me
esperaba en El comité de la
noche es ver que la autora haya caído en las redes de lo políticamente
correcto. No quiere esto decir que yo no esté de acuerdo con algunos de sus
postulados, pero ver a Gopegui repitiendo las consabidas proclamas acerca del
lenguaje patriarcal, usando el plural “madres” en lugar del “padres” [“en mis madres
(quiero decir en mis padre y mi madre”)] me parece intelectualmente barato e
improcedente para una escritora de sus posibilidades, que debería estar
cuestionando también esas lecturas tan superficiales de las propiedades del lenguaje [la cita de la novela va sin paginación pues el libro lo he leído en formato digital].
En otra entrada acerca de esta corrección política, incluía un ejemplo de lo absurdo y confuso que podría ser llevar esta práctica al castellano de manera indiscriminada. El ejemplo estaba tomado de un surrealista documento del gobierno de Hugo Chávez. Lo vuelvo a copiar aquí, quedándome con la intriga de cómo arreglarían esto l@s p@rtidari@s de est@ revisi@n linguïstic@ [“revisi@n va sin acento, pues no he encontrado el modo de ponerlo sobre el signo de la arroba]. (La reseña de El comité de la noche será la próxima entrada del blog. Saludos)
En otra entrada acerca de esta corrección política, incluía un ejemplo de lo absurdo y confuso que podría ser llevar esta práctica al castellano de manera indiscriminada. El ejemplo estaba tomado de un surrealista documento del gobierno de Hugo Chávez. Lo vuelvo a copiar aquí, quedándome con la intriga de cómo arreglarían esto l@s p@rtidari@s de est@ revisi@n linguïstic@ [“revisi@n va sin acento, pues no he encontrado el modo de ponerlo sobre el signo de la arroba]. (La reseña de El comité de la noche será la próxima entrada del blog. Saludos)
«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.»
«Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.»
«Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.»
domingo, 30 de noviembre de 2014
Javier Cercas: Anatomía de un instante
Elegí este
libro de Cercas para quitarme el mal sabor de boca que me había dejado La velocidad de la luz y, en menor
medida, Soldados de Salamina. Como
comentaba en las reseñas respectivas, La
velocidad de la luz me parecía una repetición casi automática de los
recursos metanarrativos o metanovelescos de Soldados
de Salamina, hasta el punto de ahogar todo atisbo de seria originalidad. De Soldados… aceptaba sin reparos la primera y la tercera parte, pero
la segunda me pareció un simple pastiche, un ‘copiar y pegar’ de alguna
biografía o tesis acerca de Sánchez Mazas, sin ninguna ambición estilística y
también sin nada que un lector no pudiera encontrar en cualquier enciclopedia
al respecto. Y esto no creo que sea de recibo en un escritor de primera línea.
Para evitar
un desengaño semejante elegí Anatomía de
un instante, el libro que Cercas dedicó al golpe del 23F, del que había
leído bastantes elogios. Me interesaba sobre todo para
conocer la faceta ‘periodística’ de Cercas y ver en qué medida podía
ensamblarse esta con su labor de novelista. Su lectura me recordó en parte la
de Soldados y la de La velocidad, sobre todo por su empleo
de algunos recursos como el leitmotiv, las acotaciones posmodernistas en la que
se matiza que un hecho puede recibir una o varias interpretaciones, y también
ese lenguaje suelto y fluido que sólo en algunas ocasiones acaba tropezando en
el prosaísmo. Mucho más me agradó y sorprendió al leerlo como un trabajo o una
crónica periodística; en esto me pareció ejemplar y un perfecto reflejo del
título. Lo que leí del libro, me
pareció un trabajo hecho a conciencia y fruto de una investigación seria y
múltiple en sus fuentes y en las perspectivas de éstas.
No logré
terminar el libro no tanto por razones de estilo como de contenido. Las luchas
y miserias de la vida política española no son un tema de mi predilección, y
quizá por ello, cuando llegué al momento en que la trama del golpe quedó
anulada (aquí la mejor palabra sería desArmada), perdí todo el interés por
seguir adelante. Lo que realmente me acabó interesando era saber cómo se
fraguó, cuál fue el papel de los principales implicados, cuál fue la intervención del Rey en todo el
asunto. Una vez que tuve esos datos, todo lo que siguió perdió todo interés
para mí. Además, a la vista de cómo estamos ahora, creo el tiempo me ha acabado
dando la razón. No parece haber sido mucho lo que el golpe habría podido
arreglar como tampoco fue mucho lo que su fracaso y el consiguiente desarrollo
político de la democracia ha conseguido para el bien de nuestro país. Las
subsiguientes legislaturas quizá hayan podido modernizar técnicamente el país, pero poco a poco han ido dejando que se
desintegren valores mucho más importantes, como han podido ser la educación, el
sentido de responsabilidad social, la honestidad política, la política
demográfica, etc, etc; y con todo eso, lo único que podemos tener es una crisis
como la que tenemos ahora de la que creo que todos ellos tienen la culpa.
Volviendo
al libro, reconozco que lo que leí, me entretuvo, me dio información que no
conocía y me pareció bien escrito y bien organizado. Además Cercas muestra una
gran capacidad de análisis y matices en un tema en el que podría haber sido muy
fácil caer en repeticiones y maniqueísmos ideológicos. En cuanto a esto, sí que
he de decir que el autor parece un poco escorado hacia la izquierda y que
algunas afirmaciones me suenan o un poco prejuiciadas o tendenciosas. No creo, por ejemplo, que
la situación cívica de 1936 y el consiguiente golpe-rebelión pueda compararse
con la de los años anteriores al golpe de 1981 (pág. 107). Entre otras cosas
porque la violencia de la Democracia era sobre todo de carácter terrorista, con
objetivos muy puntuales (militares o políticos), mientras que la del 36 me
parece más bien un desorden y una violencia civil generalizada en la que,
dependiendo de los casos, el gobierno hacía o no la vista gorda. Algo que creo que nunca
ocurrió con la violencia de ETA o el GRAPO. No estoy justificando el golpe del
36, pero tampoco me parece de recibo que Cercas quiera poner al mismo nivel
ambas reacciones militares.
Como digo,
no he terminado el libro, y no creo que vaya a continuar su lectura, pero por
lo menos me ha mostrado que Cercas es
capaz de escribir bien en otro tipo de género, y me hace confiar que la próxima
novela suya que lea sea mejor, al menos, que La velocidad de la luz. (Javier Cercas: Anatomía de un instante. Barcelona:
Mondadori, 2009, 463 pp.).
miércoles, 30 de julio de 2014
Elogio de Joker y clamor por El Cid
En el momento en que Bane y sus mercenarios liberan a todos los presos que Batman y Gordon habían puesto entre rejas reaparece Scarecrow, el villano del primer Batman (Batman Begins), pero no Joker, el villano del segundo Batman (The Dark Knight). ¿Por qué? Bueno, me imagino que aparte de un posible respetuoso homenaje a Heath Ledger, el tristemente suicida actor que interpretó a Joker, es que la malicia y el ingenio de Joker es superior al de cualquier otro villano.
Haberle dejado suelto implicaría sencillamente otra película para él sólo, para para ver cómo Batman puede anularlo de nuevo, algo que ni Bane, ni Scarecrow ni Ra's al Gul llegan a merecer. En otras palabras Joker, como El Cid, vuelve a ganar otra batalla después de muerto, escapándose de la cárcel sin que ni la cámara, ni el guionista ni el director quieran o puedan hacerse cargo de él.
Lo malo de todo esto es que ahora Joker puede andar suelto. Es lo único que se me ocurre para explicar el caos que se genera todos los días en la vida política. A ver si El Cid también nos salva de ésta.
lunes, 20 de enero de 2014
Belén Gopegui: Acceso no autorizado
![]() |
| Acceso no autorizado, un frustrado intento de originalidad |
El lenguaje
vuelve a deslumbrar en algunos momentos, sobre todo en los más líricos y en los
párrafos o diálogos menos ligados a la reciente historia de España. Realmente
recuerdo pocos escritores actuales que en este sentido me entusiasmen tanto
como Gopegui. Al contrario que otros muchos, en esos casos su lenguaje suena
siempre a nuevo y al mismo tiempo indeleble.
Menos afortunados y más tópicos son aquéllos en que Gopegui presta su voz al narrador o a los personajes
para que éstos opinen sobre las vicisitudes de la política española; en esos
momentos el estilo no se despega de la retórica típica de este discurso y se convierte en algo prosaico y
panfletario. Hay que añadir también que
la carga de thriller-bestseller de
esta novela hace que también algunos momentos ese lenguaje responda a algunos
tópicos del mismo tono y suene a algo prefabricado o de molde.
El
argumento está organizado también al modo de un thriller pero con algunas originalidades o modos que, al menos, no
conocía hasta ahora y que lo elevan por encima de lo que es habitual en los bestsellers más típicos. Me refiero sobre todo a la estrategia del
contrapunto de la primera parte, con unos vaivenes en el tiempo que me parecen
bastante conseguidos. En la segunda y la tercera parte esos vaivenes desaparecen (para bien), pero
no la tensión, que va creciendo hasta llegar al clímax final, como es normal en
este género. En esto Acceso no autorizado
se parece demasiado a Deseo de ser punk,
pues las dos acaban con un clímax que consiste en la emisión al público de un
mensaje reivindicativo y de denuncia.
También me ha interesado su habilidad para captar con gran competencia el
mundo de los hackers y la
terminología cibernética. Visto desde este lado, sin embargo, es donde al mismo
tiempo la novela es más tópica; es decir, se convierte en el fondo en una lucha
de buenos y malos en un mundo de habilidades informáticas que no sería muy
diferente de una mediana película o -lo
que es peor- de una novela como La
fortaleza digital, de Dan Brown.
El mérito en este sentido puede haber sido el ensamblar eso relativamente bien con algunos personajes en clave de la política española, como esa vicepresidenta-heroína Julia Torres-Teresa Fernández de la Vega u otros de la nueva o vieja guardia del PSOE. Pero ahí también entran sus debilidades. Realmente no me parece que al final ese vaivén de lo histórico a lo ficticio acabe dando lugar a una novela redonda. Sus observaciones políticas suenan demasiado a realidad periodística o a conversación de mítin y quedan demasiado lejos de lo más propiamente literario. Y al final hacen que Acceso no autorizado pueda reducirse a una simple novela de denuncia política con personajes maniqueos, héroes y heroínas al modo más típico, donde los buenos se identifican únicamente con los ideales de Gopegui. Y así, lo que podría haber sido un original bestseller y una gran novela acerca del derecho a la intimidad y de las ventajas y desventajas de la globalización digital se nos queda en un simple cartel electoral. Una pena.
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