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En la
entrada a anterior que le dedique a José María Merino, a propósito de Cuentosdel Barrio del Refugio, me quejaba de que el lenguaje o el estilo de su libro
no hacía justicia al título, en el sentido de que me parecía que al final ese
lenguaje no era lo suficientemente lírico o emotivo como para producir un espacio urbano con vida propia. Por el
contrario, notaba que me agradaba bastante la capacidad de Merino para crear
historias y anécdotas nuevas y originales en un tipo de literatura –la fantástica– que tiende a ser bastante rígida.
Al leer El caldero de oro he tenido, en cierta medida, la impresión inversa. Aquí gran parte del texto consiste en evocaciones subjetivas realmente cargadas de lirismo y realmente emotivas, con un lenguaje rico y completamente dominado en su léxico. No se nota ni que haya repeticiones superfluas ni carencias llamativas. Esto es especialmente notorio en esos capítulos escritos en segunda persona –algo no muy fácil o frecuente- pero que leídos despacio y sin prisas, se puede llegar a superar la incomodidad que suele ser propia de las novelas líricas, es decir la falta de movimiento o de acción. Por otro lado, esos capítulos encajan muy bien en lo que es el tema general de la novela, la búsqueda del pasado, de la identidad del pasado histórico, de cómo el presente es el resultado de todas esas reencarnaciones que se nos evocan en segunda persona. Olores, sonidos, sensaciones táctiles, recuerdos, evocaciones, sugerencias… Se dan cita en esos capítulos para al final de cada uno –con alguna excepción– producir un retrato completo de una época del pasado. Tampoco cabe duda de que a esto contribuye grandemente la carga autobiográfica de la historia, muy ambientada en el León rural que tango gusta a Merino y con claras alusiones a su vida familiar también.
El contrapunto de la novela son los capítulos que narran la anécdota del presente, es decir, el viaje del protagonista a casa de su abuelo para buscar y lograr encontrar su pasado, su acumulación de reencarnaciones iniciada en los orígenes de ese caldero de oro, etc. Y esa parte del libro es lo que quizá cueste más leer si lo que se busca ahí es una anécdota entretenida, con clímax fuertes y momentos de tensión. No es que no los haya o que no se hayan podido crear, sino que toda la historia está narrada en un tono tan frío o sereno que al final aparece como sin relieve, sin llegar a enganchar en el nivel de las emociones.
Al leer El caldero de oro he tenido, en cierta medida, la impresión inversa. Aquí gran parte del texto consiste en evocaciones subjetivas realmente cargadas de lirismo y realmente emotivas, con un lenguaje rico y completamente dominado en su léxico. No se nota ni que haya repeticiones superfluas ni carencias llamativas. Esto es especialmente notorio en esos capítulos escritos en segunda persona –algo no muy fácil o frecuente- pero que leídos despacio y sin prisas, se puede llegar a superar la incomodidad que suele ser propia de las novelas líricas, es decir la falta de movimiento o de acción. Por otro lado, esos capítulos encajan muy bien en lo que es el tema general de la novela, la búsqueda del pasado, de la identidad del pasado histórico, de cómo el presente es el resultado de todas esas reencarnaciones que se nos evocan en segunda persona. Olores, sonidos, sensaciones táctiles, recuerdos, evocaciones, sugerencias… Se dan cita en esos capítulos para al final de cada uno –con alguna excepción– producir un retrato completo de una época del pasado. Tampoco cabe duda de que a esto contribuye grandemente la carga autobiográfica de la historia, muy ambientada en el León rural que tango gusta a Merino y con claras alusiones a su vida familiar también.
El contrapunto de la novela son los capítulos que narran la anécdota del presente, es decir, el viaje del protagonista a casa de su abuelo para buscar y lograr encontrar su pasado, su acumulación de reencarnaciones iniciada en los orígenes de ese caldero de oro, etc. Y esa parte del libro es lo que quizá cueste más leer si lo que se busca ahí es una anécdota entretenida, con clímax fuertes y momentos de tensión. No es que no los haya o que no se hayan podido crear, sino que toda la historia está narrada en un tono tan frío o sereno que al final aparece como sin relieve, sin llegar a enganchar en el nivel de las emociones.
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Por momentos no he podido evitar que las estrategias de búsqueda de ese pasado-caldero de la novela de Merino me recordara a las de Asterix y Obelix en busca de su caldero de sextercios |
Un asunto
aparte –y se podría escribir todo un artículo académico al respecto- se refiere
a las estrategias y mundos creados por Merino para recuperar ese pasado. Ahí
tenemos el recuerdo recurrente de la infancia, la amistad con el abuelo y la
frialdad con sus padres, el simbolismo de la casa y sus diferentes estancias –que
habría servido muy bien para ilustrar la poética del espacio de Gaston Bachelard– esos contrapuntos evocadores del
pasado…, etc. Todo ello me encaja y me convence, salvo el personaje de Olvido o,
bueno más que el personaje, su nombre en sí. Es cierto que conviene al
ambiente mítico y un poco parabólico de la historia, pero también es cierto que
es el único nombre que me parece excesivamnete simbólico y obvio. Es decir, frente a
otros como Lupi, Felisa, etc, de personajes de carne y hueso, Olvido es un
nombre que hace que su personaje sea más bien etéreo, difícil de
conciliar con el resto de los nombres. Se ha acertado con él si lo que se
quiere es mostrar que la recuperación del pasado no puede evitar los olvidos y los
vacíos, pero me parece que al final da la impresión de ser una alegoría o una
idea a la que se la ha forzado a vivir en un
mundo de seres reales. Y eso no ayuda a la unidad del mundo que la novela ha querido crear. Me parece.
En resumen, una novela recomendable para quien guste de novelas líricas e inquisitivas. Muy lograda en este sentido. Menos la disfrutará quien vaya buscando en ella emociones y enganches. Es una novela para leer con sensibilidad poética, paciencia e intereses filosóficos, pero no tanto para disfrutar de argumentos, de personajes y de ambientes. Muy bien escrita pero un poco sosa, como me decía un colega a propósito de otras obras de Merino. (José María Merino: El caldero de oro. Madrid: Alfaguara, 1981, 196 pp.)
En resumen, una novela recomendable para quien guste de novelas líricas e inquisitivas. Muy lograda en este sentido. Menos la disfrutará quien vaya buscando en ella emociones y enganches. Es una novela para leer con sensibilidad poética, paciencia e intereses filosóficos, pero no tanto para disfrutar de argumentos, de personajes y de ambientes. Muy bien escrita pero un poco sosa, como me decía un colega a propósito de otras obras de Merino. (José María Merino: El caldero de oro. Madrid: Alfaguara, 1981, 196 pp.)