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Novela breve, de psicologías y ambientes, no apta para lectores de bestsellers |
Ésta es una
novela muy diferente a las dos anteriores que he leído de Antonio Muñoz Molina:
El viento de la luna (que casi incluyo
en mi lista de infumables) y Beltenebros
(que casi incluyo en mi lista de recomendados). En este sentido, y dado que En ausencia de Blanca me ha parecido
también una buena novela, a Muñoz Molina lo voy incluyendo en ese grupo de
escritores que procuran no repetirse a sí mismos y seguir buscando nuevos tipos
de historias y nuevas formas de contarlas. Muy al contrario de los satisfechos
consigo mismos.
Tengo la
impresión de que esta novela está cargada de bastante autobiografía, no sólo
por su ubicación en Jaén sino porque la relación amorosa entre Mario y Blanca
contiene unos tonos y detalles menores que resultan mucho más fácil explicar
como experiencias directas que como invenciones librescas. Me temo que habría
que preguntárselo a Marilena Vico o a Elvira Lindo para saberlo. En cualquier
caso, en este aspecto, me parece una novela conseguida, aunque no entiendo my
bien por qué su autor no la menciona en su autobiografía. Quizá se deba a
que se trate de una obra menor en extensión y ambición que las otras dos; sin
embargo a mí me ha parecido bastante más intensa y condensada, más cuidada en
su lenguaje y con menos flecos sobrantes.
La relación
amorosa del mediocre Mario con la más bohemia y vitalista Blanca es una buena
fuente para ver un interesante contraste de personalidades, dependencias e
identidades literarias; igualmente el capítulo inicial consigue despertar unas
inquietudes e incertidumbres a propósito de la identidad de Blanca y del propio
Mario que a mi juicio quedan satisfactoriamente resueltas al final de la novela.
También me ha gustado esa crítica que hace el autor del mundo artístico provinciano
o menos provinciano, ajeno a esa idealización que suele pasarnos oculta cuando
sólo lo conocemos a través de los suplementos culturales, de El País, o de
cualquier otro periódico. Un mundo poco envidiable, por lo que se ve.
El lenguaje
no aparece forzado ni como intentando llegar forzadamente a lugares que no le
corresponden –Pérez-Reverte, Juan M. de Prada–. Muñoz Molina escribe aquí con
sobriedad y precisión, sin sentir la necesidad de decir más de lo que dice ni
de lo que la historia necesita ni tampoco de asombrar al lector. De la misma
forma, la anécdota de la novela, que podría haberse convertido fácilmente en un
culebrón sentimental, se contiene dentro de unos límites sensatos y bastante
realistas.
Quizá lo
único que le falte a esa relación amorosa es que aparece volcada o cerrada
sobre sí misma, algo muy romántico y literario en sí mismo, pero poco verosímil
me parece a mí en la vida real, donde ese tipo de relaciones cerradas a
trascendencias, suelen acabar en fracasos de uno u otro tipo. A eso quizá se
refiera el cambio de identidad de Blanca, o de la percepción que Mario tiene de
ella al final de la novela. (Antonio Muñoz Molina: En ausencia de Blanca. Barcelona: Círculo de Lectores, 1999, 127 pp.)
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