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jueves, 10 de julio de 2014

Jesús Carrasco: Intemperie

Comencé a leer Intemperie animado por lo que me habían contado de su lenguaje, más original  que lo que acostumbramos a ver en la novela española actual.  Y he de decir que en este sentido me decepcionó un poco, seguramente porque esperaba unos hallazgos al modo de Juegos de la edad tardía, de Landero, y lo que me encontré sobre todo era la recuperación de un léxico rural que ya conocía por experiencia propia (como Carrasco, yo también procedo de ese mundo rural de estepas, ganados, aperos de labranza, castillos y pueblos casi abandonados). De todas formas, aunque Carrasco no llega a ser un Azorín o un Delibes o que a algunos lectores su estilo les acabe pareciendo un poco artificial, también hay que reconocerle ese esfuerzo y esos logros para hacer que su estilo -léxico y sintaxis sobre todo- sea tan protagonista como la historia que nos cuenta -sin quitarle fuerza- y que esta novela haya que ponerla por delante de otras de autores mucho más conformistas o anarcisados.

      Lo que realmente me enganchó fue la historia y la forma de contarla. Carrasco no baja la tensión en ningún momento, y ese lenguaje cuidado y al mismo tiempo sin pedantería, va completamente acorde a la intensidad de la huida del chico, a su relación con el cabrero y sus  escondites y escapadas y desventuras con el alguacil y el tullido. Igualmente, el comienzo de la misma es de esos que dejan la intriga bien sembrada y que ya hacen imposible el abandonar la historia. El progreso y el final de la misma no defrauda, y los momentos climáticos están bien dosificados. La amistad entre el chico y el cabrero tiene también una individualidad que la impedirá convertirse en un tópico, por tratarse de una relación donde ambos personajes funcionan al mismo tiempo conectados y por impulsos propios, imprevisibles, de modo que ni ellos ni el lector llega a anticiparse por completo a sus acciones. En este sentido, la historia es un continuo encuentro con la novedad y lo inesperado, pero, de nuevo, sin efectismos ni pirotecnias extrañas.

        De la misma forma, los interrogantes que el propio lector va haciéndose a lo largo de las páginas, acerca de las causas de la huida del chico, de su familia, del personaje del alguacil, etc., quedan discreta y sobriamente respondidas en su lugar apropiado. Además tampoco las descripciones de los momentos extremos de dolor, soledad, crueldad, padecimientos, etc., caen en el morbo y andan igualmente unidas por un mismo tono que se reparte a lo largo de toda la novela y que el autor sabe mantener muy bien. En este sentido, me parece que el libro no tiene ninguna fisura.

        En una reseña más larga se podría hablar del simbolismo universal de la anécdota y el paisaje, ya que no se menciona ningún lugar concreto ni se da nombre a ningún personaje. También de las referencias religiosas, sobre todo al Nuevo Testamento y a los momentos de la Pasión de Jesucristo, con un continuo mundo en dolor, la cruz de una de las tumbas y esa referencia a un Dios que al final de la historia permite dar un respiro a los personajes, a ese débil bien que ha estado intentando sobreponerse al mal y que casi siempre lo ha conseguido. Creo que esta lectura es la que más le acerca a Cormac McCarthy, tanto en The Road como en No Country for Old Men. 

       Y aquí, una reseña que me ha gustado tanto o más que la mía. El libro mereció el Premio de los libreros, en 2013, y se ha traducido al menos a 15 idiomas, todo ello, a mi juicio, con entera justicia. Ahora sólo hay que esperar que Carrasco no se deje tentar por ninguna oferta editorial que le obligue a publicar un libro cada año y prefiera sacar cada libro cuando esté maduro y pueda considerarse propio y original. (Jesús Carrasco: Intemperie. Barcelona: Seix Barral, 2013, 224 pp.)







Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie Jesús Carrasco: Intemperie

domingo, 30 de marzo de 2014

Alicia Giménez Bartlett: ‘Donde nadie te encuentre’


Con esta novela,
 el Nadal se sigue
aPlanetando
(o aplatanando)
Tenía cierta inquietud por leer algo de Giménez Bartlett, después de haber escuchado algunos elogios acerca de sus novelas protagonizadas por la inspectora Petra Delicado.  Como mis últimas experiencias con el género policiaco han sido más bien negativas, al final elegí esta novela, que no es propiamente detectivesca, aunque sí tiene muchos rasgos análogos. También la seleccioné por haber recibido el Nadal de 2011 y confiar, por ello, que sería de cierta calidad. Pero al final su lectura no me resultado muy convincente. 

     Para matizar, digamos que esa lectura empezó siendo casi depresiva, pues tanto a nivel argumental como a nivel estilístico no acababa de encontrarle méritos por ninguna parte. El lenguaje era de lo más tópico y a la autora no se le veían por ningún lado ningún deseo o posibilidad de salir de frases desgastadas y sin ninguna marca personal. Igualmente el argumento tampoco acababa de arrancar y de crear un ambiente de intriga o incertidumbre con la suficiente tensión como para conseguir un interés mínimo por la historia. La relación personal entre los dos  investigadores (Carlos Infante y  Lucien Nourissier) parecía también un tanteo que la autora no sabía adónde llevar y que parece haber sido una mera transferencia de la pareja Delicado-Garzón de sus otras novelas.

      Con el pasar de las páginas la cosa cambió para bien, aunque de forma sólo parcial, pues esa mejora me parece que sólo afecta al nivel argumental o anecdótico del libro. El lenguaje sigue siendo tan prosaico y mediano como al comienzo, y la oralidad con la que se quiere infundir a los  parlamentos de la Pastora me parece muy lejana de lo que han conseguido maestros como Juan Rulfo o José Jiménez Lozano. Lo que sí creo que mejora la novela es el progresivo crecimiento de la figura de la Pastora, su relieve y protagonismo, y cuya historia se van intercalanado –con otro tipo de letra– en la historia de las pesquisas de Infante y Nourissier.  Y aunque esto esté bien conseguido, me quedan las dudas de cuánto debe esa encarnación del personaje a la biografía histórica en la que se basa la autora (José Calvo: La Pastora: del monte al mito: Antinea: 2009, 652 pp.). Me temo que demasiado. 

      A favor de Bartlett hay que mencionar, sin embargo, que ésta no ha caído en la tentación del simplón maniqueísmo que se veía en Inés o la alegría, de Almudena Grandes. Aquí tanto la Guardia Civil como el maquis y la Pastora cometen atropellos y errores a diestro y siniestro, no se idealiza a nadie, aunque la Guardia Civil suele ser ser siempre el malo de la película (y los tontos también).  Las víctimas de ambos grupos suelen ser los masoveros, aunque entre ellos tampoco figuran muchos héroes ni idealistas, pues se incluyen delatores, arribistas, vergonzosas prostituciones, traiciones, etc.  En este sentido la novela es bastante deprimente y simplificada también, y creo que lo único que se salva sea la corporeidad histórica de la Pastora-Florencio, un poco más verosímil que el resto de los personajes, con los que creo que la autora quiere simbolizar a España. 

       Por ello la figura del francés Lucien, que también tiene sus debilidades, opina más de una vez sobre nuestro país  con unas frases que recuerdan mucho al Sans-Delai de “Vuelva Ud. mañana" de Mariano José de Larra. En este sentido,  aunque los tonos sean más trágicos aquí, la sensación de una España caótica es la misma en los dos relatos. Por eso, y a pesar de alguna figura redentora aislada, como Mariano Vinuesa, que aparece al final de la novela, no creo que sea un libro para leer en momentos de depresión. Esta parte argumental se complementa relativamente bien con algunos recursos propios de lo que me imagino es la novela detectivesca de Bartlett: dobles juegos de muchos de los personajes, giros de identidad inesperados y a última hora, etc.  Al mismo tiempo, es un buen ejemplo de cómo una sociedad apoyada en la mentira simplemente no puede funcionar. ¿Suena actual?


Como se ve en esta foto y en las siguientes,
la novela podría haber
sacado mucho  más jugo literario al
paisaje natural del Maestrazgo



       De todas formas, los méritos que pueda haber en todo esto, no llegan a compensar lo que me parece una de las limitaciones más graves de la novela, y es la ausencia de color local y de lirismo propio de este tipo de narraciones. No sé muy bien cuál es el conocimiento directo del Maestrazgo que tiene la autora pero en la novela se echan mucho de menos descripciones que hagan revivir el campo y el tipismo de la región; apenas hay uno o dos párrafos donde aparezcan con autonomía propia nombres de plantas, comidas, aperos de labranza, elementos climáticos que se noten experimentados en primera persona; todo eso, aquí, no pasa de sonar a libresco o a aprendido de los mapas o libros al respecto. Y esto, en una novela ambientada en el campo, y a la que se quiere dar un color local, con una heroína igualmente local, no deja de parecerme una seria limitación.

      Otro punto y aparte lo merece la personalidad de la Pastora-Florencio. Por supuesto no tengo nada contra los gays, pero mis teorías de la conspiración no me dejan tranquilo al pensar que ese niño al que hacen niña y luego de mayor vuelve a  ser niño, anda muy cercano de lo que ahora nos ha dado por llamar políticamente correcto. Y si no deja de ser una historia en parte real y una figura que merezca recuperación  histórica, como novela, y debido a esas limitaciones estilísticas, no entiendo muy bien  por qué ha podido ganar el premio Nadal; a no ser que, como dicen las chicas de la Patrulla de Salvación, este caso responda también a los intereses  del lobby gay. Y aquí también la reseña de Ricardo Senabre en El Cultural, que coincide en demasiados puntos con la mía.

      Al fin, no creo que merezca la pena meterse quininentas páginas entre pecho y espalda para leer un ladrillote más bien deprimente, medianamente escrito y con aciertos aislados que se pueden encontrarse en cualquier novela detectivesca.  Me temo que al lector interesado en el tema le va a resultar más útil leerse la biografía histórica de La Pastora. (Alicia Giménez Bartlett: Donde nadie te encuentre. Barcelona: Destino, 2011, 509 pp.). 

Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre  Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre Alicia Giménez Bartlett Donde nadie te encuentre 

jueves, 20 de marzo de 2014

Alicia Giménez Bartlett: maquis, comunistas y masoveros

Estoy leyendo Donde nadie te encuentre, la novela de Alicia Giménez Bartlett sobre el maquis del Maestrazgo. La novela ganó el Premio Nadal de 2011 y creo que será la que ocupe la próxima reseña del blog. Por ahora puedo decir que frente a Inés o la alegría, de Almudena Grandes, tiene en su contra la simpleza estilística, pero también, a su favor, un maniqueísmo un poco más diluido y una recreación de los posible desmanes y abusos del maquis que no creo que fueran inverosímiles. Ya se sabe que, en las guerras, no suele haber ni buenos ni malos. 

    Recojo algunas citas al respecto, que no creo que cupieran en el estrecho mundo de la Grandes. La primera la tomo como muestra del idealismo ingenuo de algunos de estos combatientes, luego desmentido por sus propias acciones, las citas que siguen, y la propia historia del comunismo. La segunda porque ese idealismo del maquis no encajaría con el 'amor libre' de aquel 'libro rojo del cole' de los años 70-80; para algunos ojos actuales sería una frase propia de la Legión de la Decencia o algo así.  Y la tercera procede de uno de los masoveros de la novela, pillado entre los abusos de la Guardia Civil y los el maquis; el masovero está siendo cuestionado por Francisco, el guerrillero compañero de Florencio-La Pastora. 

1) "En el partido comunista (sic) te enseñan que las personas, sean como sean, tienen una dignidad y se merecen un respeto, y eso se aprende leyendo lo que hay que leer y teniendo libertad. (p. 248)."

2) "¿Has visto, Pastora? ¿Has visto lo que se ha hecho con el pueblo? Son gente sin moral, sin dignidad, que por un poco  de dinero venden [prostituyen] a la  [su] mujer y a la [su] madre también. Delante de los maridos, de los hijos que han tenido con hombres diferentes. Para eso luchamos ¿comprendes?, para que los  humanos no vivamos como animales que igual les da una cosa que otra." (p. 305)

3) "Ayudo a los guardias (civiles) justo lo que me mandan en el pueblo, ¿o es que quiere que me pelen? ¡Y poca gracia que me hace, no vaya a pensar (...) Pero no se crea que es a mí solo, eso obligan a todos los masoveros (...) Así que no me venga que soy un fascista, que entre los unos y los otros lo que están haciendo  es amargarnos la vida a la gente del campo que sólo queremos trabajar" (pp. 341-342).

Algunas fotos al respecto:

Maquis capturados por la Guardia Civil

Maquis con un 'trofeo'

viernes, 28 de febrero de 2014

Juan Manuel de Prada: 'Me hallará la muerte'

Me hallará la muerte, 
de Juan Manuel de Prada, 
no pasa de ser 
un bestseller barroco
Esta novela, cuyo título está tomado de uno de los versos del “Cara al sol”, es la segunda que leo de Juan Manuel de Prada. Si la primera (Las esquinas del aire) me pareció recomendable con algunas prevenciones de mayor o menor entidad, no puedo decir lo mismo de ésta.

       En primer lugar, sigue Prada con su innecesario barroco; entiendo que cada autor es su estilo, pero también creo que todo buen escritor debe siempre estar un poco insatisfecho consigo mismo en todos los órdenes; y si aquí el argumento y personajes se parecen muy poco a los de la Las esquinas del aire, ese barroquismo parece haberse anquilosado o incluso agravado. Las frases siguen siendo ampulosas y la mirada de combate periodístico del autor, lleno de arranques emocionales y verborrea de relleno, no ayuda para nada ni al desarrollo natural de la historia ni a la individualización psicológica o elocutiva de los personajes.

     Y esto por no comentar los muy probables anacronismos lingüísticos que se dan en la novela: aunque no estoy completamente seguro, no creo que palabras como ‘bofia’, ‘trullo’, ‘interrupción del embarazo’ fueran de uso común en la España de los 40 y 50. También me parece que ubicar a los tecnócratas del franquismo en plena década de los 50, cuando fueron más propios de fin de esa década y sobre todo de la de los 60, no ayuda mucho a la verosimilitud histórica de la novela y más bien parecen un intento de desahogo o vendetta política del autor.

      Tampoco me ha convencido lo que podría considerarse el nervio principal de la historia, es decir la trayectoria de Antonio, el principal protagonista. Sus comienzos de ratero de poca monta en la España de la inmediata posguerra  y sus duras  también cínicas experiencias en los campos de prisión soviéticos me parecen que, tal como los describe el narrador, no pueden explicar al criminal falto de todo tipo de escrúpulos en que llega convertido ese personaje a su regreso de Rusia. Sobre todo, me parece que no se ha querido o podido ahondar en los vaivenes que la conciencia de Antonio debería haber sufrido en esos años de cautiverio, y de cómo luego eso pudo explicar su comportamiento al regreso.

    Porque al final Antonio, a pesar de las casi seiscientas páginas del libro, parece más un estereotipo de personaje de aventuras (malo en este caso) que una figura de carne y hueso. Además, podría cuestionarse la verosimilitud de su transformación. Es decir, que el autor nos quiera hacer creer que la familia de Gabriel Cifuentes no reconoce la diferencia entre la voz de Gabriel y la de Antonio, a pesar de los años pasados, y sobre la que el autor no se pare a dar ninguna explicación, es de esas convenciones más propias de un bestseller que de una novela que pretende ser seria.

     Porque al final, Me hallará la muerte, da la impresión de ser eso, una novela de aventuras, un besteller, con los mismos méritos que muchos de ellos: haber atado muy bien al final todos los cabos que se han ido abriendo a lo largo del argumento, haber mostrado una gran habilidad para pasar de escena a escena de forma rápida, haber fabricado una amplia galería de personajes y haber creado unas cuantas y acertadas sorpresas y giros inesperados y de haber llevado a cabo la justicia poética y sentimental de premiar a los personajes más inocentes  e idealistas y castigar a todos los perversos o inconsecuentes.  Pero nada más; no llega a ser una novela literaria.  (Juan Manuel de Prada: Me hallará la muerte. Barcelona: Destino, 2012, 589 pp.) (En Embajador en el infierno, un blog nacionalcatólico,  hay también una reseña que coincide en mucho con lo que aquí he querido decir, y que además lo ha hecho con más gracia que yo).




Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte Juan Manuel de Prada Me hallará la muerte

domingo, 10 de febrero de 2013

Una novela casi perfecta ( 'El día de mañana', de Ignacio Martínez de Pisón)

Este libro  de Martínez de Pisón recibió el Premio Nacional de la Crítica de 2011 y creo que con razón. Aunque Foto de familia, el otro libro suyo aquí comentado, no me convenció del todo, esta novela me ha parecido muy bien  construida y con un color de ambiente muy bien logrado, a pesar de que la historia en sí y varios de los personajes son  demasiado parecidos a los de otras novelas de posguerra.  

     Esos doce personajes cuentan a alguien (el narrador/nosotros) sus contactos y vida con Justo Gil, que los une a todos ellos, aunque el mismo  Justo nunca aparece hablando con voz propia (y tampoco se echa de menos). Lo mejor de la novela es esa habilidad  para que cada personaje cuente su propia historia contando a la vez la de Justo, y, de paso, la de algún personaje más del conjunto. Todas las historias individuales forman un tapiz muy bien
 entretejido y van creando sorpresas y giros realmente inesperados. También hay que decir que el comienzo de la novela es poco lento y hay que esperar un buen número de  páginas hasta llegar al nudo de la historia, pero a partir de ese momento ésta no falla.

     S
i alguna limitación seria hay que ponerle  creo que sería el lenguaje. Por un lado  se quiere hacer hablar a esos personajes con una oralidad que no llega a individualizarlos. Salvo el caso de Hilario Lazcano, todos los demás parecen hablar exactamente igual, y con un estilo más propio del lenguaje escrito que del oral. No digo que sea fácil, pero, la verdad, aquí he echado de menos los méritos  de Álvaro Pombo o Jiménez Lozano. También puede añadirse que el lenguaje de Pisón no presenta los hallazgos estilísticos  o las sorpresas de un lenguaje fresco y original y un poco renovador que creo que debe esperarse en todo escritor de primera línea. No es que sea un lenguaje pobre o limitado, que no lo es, pero tampoco tiene unas claras marcas de individualidad ni es un lenguaje para lectores de poesía, que buscan la sorpresa en cada verso.

     La novela tiene algunos momentos crudos y a veces un vocabulario un poco pesado que creo que no gustará a algunos de mis alumnos pero también tiene algunos capítulos realmente logrados y divertidos, como la primera intervención de Noel León y la historia de su familia y los palíndromos. Y a pesar del final triste que le toca sufrir a Justo, la redención del mismo, al ser convertido a su modo en un personaje artístico, lo redime del pesimismo o la crueldad amarga que por fortuna Pisón suele evitar. Le daría cuatro estrellas si no fuera por las limitaciones que le veo con el lenguaje. Recomendado. (Ignacio Martínez de Pisón: El día de mañana. Barcelona. Seix Barral, 2010, 379 pp.).




lunes, 30 de mayo de 2011

La buena letra (Rafael Chirbes)

La lectura de La buena letra ha venido a compensar la decepción que, en diferente grado, me produjeron Demasiadas preguntas e Inés y la alegría. La buena letra es de esos libros que dejan al lector con una actitud final de admiración y con la sana envidia de ser capaz de escribir algo parecido.  
          El argumento y la perspectiva narrativa son bastante sencillos. Ana, la protagonista, cuenta a su hijo en primera persona la historia de su familia inmediata, de sus buenas y –principalmente- malas fortunas en la España de la posguerra. Son varios los recurso que hacen de esa confesión que hacen de ella una lectura fácil y emotiva. Así el tono del monólogo de Ana es familiar y cercano, gracias a una escritura que recurre a la oralidad sin abusar de ella  y que tampoco se pierde en exquisiteces estilísticas. Los capítulos son breves, a veces de una sola  página, pero están llenos de hondas emociones que se presentan al mismo tiempo escalonadas pero sin desmesuras. Por ello el argumento se va desenvolviendo poco a poco, revelando gradualmente y en el momento preciso aquellos elementos y situaciones que hacen que vaya creciendo el sentido de intriga. Así se llega de forma natural hasta el lógico pero también inesperado y doloroso clímax final, donde ese hijo que solo era oyente en los primeros capítulos aparece como protagonista y viene a culminar el itinerario vital de Ana (no puedo ser más específico, pues la novela merece esta discreción).
          A algunas  narraciones semejantes a esta, ambientadas en la Guerra Civil o en la posguerra, les he achacado en este blog cierto maniqueísmo ideológico. Aquí también asoma esto, pero realmente nunca llega a ocultar que el verdadero contenido del relato, que es el mucho más el humano que el político o el ideológico. Y aquí sí, Chirbes presenta unos personajes  y una historia familiar y un ambiente de posguerra que podrían ser reconocible como propios por muchos de sus lectores. Por todo esto, por su exacta brevedad, por la sencillez aparente pero muy trabajada del lenguaje y por ese tono emocional pero contenido, que no llega a extremos  melodramáticos, me ha parecido una novela que puede y debe servir de referencia a muchas otras que van por ahí haciendo mucho ruido y ganando demasiados premios.  
            La nota aclaratoria que Chirbes incluye al comienzo del libro merece también un breve comentario. En ella explica que en esta versión de la novela ha decidido eliminar la adición de un capítulo final o colofón que había añadido en ediciones anteriores. No conozco esas versiones, pero me imagino que se refiere a una posible reconciliación entre Ana y su cuñada Isabel. Si ese es el caso, también pienso que la ausencia de ese capítulo es un acierto.  Sería un episodio que no encajaría bien en una historia que deja espacio para los momentos soleados y los asomos de felicidad y esperanza pero que pretende sobre todo centrarse en los tonos tristes y las desgracias familiares, la hipocresía y el egoísmo de quien se esconde tras una buena letra. Por ello ese final alternativo vendría a alterar todo ese tono tan bien conseguido y tan unitario de la novela. Ana habría quedado completamente desfigurada y su experiencia vital, tal como aquí se presenta, es todo un ejemplo de logro literario. (Rafael Chirbes: La buena letra. Barcelona: Anagrama, 2002, 156 pp.).


martes, 19 de abril de 2011

Inés y la alegría (Almudena Grandes)

Después de leer (entero) Inés y la alegría no es mucho lo que tengo que cambiar a mi entrada anterior sobre el libro. Reconozco que hay momentos en que la protagonista consigue desprenderse de su condición de símbolo-maniquí y aparecer como una persona de carne y hueso, sobre todo en las escenas familiares del tercer capítulo o en algunos de los vaivenes amorosos de su relación con Galán. Sin embargo, en su conjunto lo que me parece más claro de ella es que representa simplemente la voz de su 'amo' y la de toda la visión política que defiende la novela.

     También hay algunas cosas que no me encajan en la elaboración de este personaje, por parecer cabos sueltos. Un ejemplo: en varios momentos, sobre todo al inicio, se nos presenta a Inés como una gran lectora, algo que no son -obviamente- las mujeres del bando contrario. De esas lecturas no volvemos a saber nada ni por la narradora ni por la propia Inés. Lo lógico es que de una una protagonista así de culta salieran al menos algunas digresiones relativamente profundas sobre los temas claves de la historia, tales como el concepto de alegría, las bondades del comunismo o las maldades del fascismo. Sin embargo todo esto se da por hecho y se vive y se presenta de forma automática, como meras obviedades que no pueden o no deben cuestionarse o sobre las que no caben más matices que los que se nos dan en la novela. Y si coincido con el libro en algunas de esas ideas, no estoy tan de acuerdo con otras. Por ejemplo ¿puede seguir uno pensando en el comunismo como una utopía después de Tiananmen, Camboya, Cuba, Corea del Norte...? Puede que Inés y Almudena Grandes tengan sus razones para opinar así, pero la novela no nos da ninguna razón de fondo para llegar a esa conclusión... (Por supuesto, la novela tampoco hace mención alguna a las checas de Madrid, ni a Paracuellos, aunque sí a las luchas internas del PCE, algunas veces realmente vergonzosas. Y aquí que reconocer que Grandes no tiene empacho en mostrar esos trapos sucios, aunque, eso sí, un poco edulcorados). También he echado de menos alguna reflexión  de Inés sobre su concepto de alegría, porque esta, la 'alacritas' de los clásicos, creo yo que va un poco más allá del buen comer, del 'buen folgar' que diría el Arcipreste de Hita, y del hecho que tu partido político gane las elecciones...


     Otro desfallecimiento más me ha parecido prácticamente todo el capítulo tercero, no porque no sea pertinente, sino porque tal como lo presenta Grandes resulta bastante lento y aburrido. En ese capítulo se relata el repliegue de Inés, Galán y el resto de los guerrilleros a Toulouse, tras el fracaso de la invasión de Arán. Pero todo ello se presenta como en un estado de beatitud  e idealización que disminuye o reduce todo tipo de tensión narrativa. El capítulo sí contiene momentos de  incertidumbre e intriga pero en realidad son pequeños conflictos caseros donde no hay ningún antagonista serio o externo a ese grupo cuya presión genere una expectación  similar al de una novela de aventuras o una policiaca. Quizá se le haya olvidado a Grandes aquello que afirmaba el gran Julio Ramón Ribeyro, es decir, que la felicidad y la utopía no pueden ser asuntos narrativos ya que son situaciones estáticas y las novelas están hechas precisamente de rupturas y alteraciones.

     Esto podría deberse al empleo de las voces narrativas que usa Grandes, que son tres: la de Inés y la de Galán en los episodios y capítulos relacionados directamente con la aventura, y una tercera, la de la propia autora, que aparece en capítulos más reflexivos o más volcados con el contexto político que envuelve la historia principal. Al narrar solo con las voces de Inés y Galán, y escuchar solo sus puntos de vista, el lector queda encerrado en un mundo demasiado pequeño o claustrofóbico del que le podría haber salvado un narrador omnisciente que hubiera creado situaciones más intensas o complicado la anécdota de manera más libre e interesante. (Ha sido en ese tercer capítulo en el que más veces me he contagiado del vocabulario de Grandes, y en el que más veces he pensado con expresiones como -con perdón- "¡Joder, qué coñazo de historia!'").

    Algún pegote más: la moralina de la "conversión" de Adela, la cuñada de Inés y mujer de Ricardo, su hermano falangista. Al final Adela reconoce que "estos chicos [comunistas] no son tan malos", además se echa un amante y, Ricardito, su hijo, pasa a formar parte de las bases más activas del partido. Todo, de nuevo, dulce y rosado. El episodio de Ninot, al final de la novela, al que no le veo ninguna función estructural. Y los panegíricos y caricaturas de  figuras como La Pasionaria o Pilar Franco, etc.), que de tan descaradas y poco elegantes llegan a dar vergüenza ajena y hacer pensar que uno está leyendo un mero panfleto.

     Lo que sí me ha satisfecho un poco más se refiere sobre todo a algunos aspectos técnicos y formales. En la entrada anterior criticaba el recurso a las repeticiones de distinto tipo que aparecían en la novela. Leídos ahora en su totalidad, esas repeticiones  pueden tener su utilidad en una narración como esta. Muchos de ellos funcionan como leitmotivs que ayudan a mantener la unidad de una novela que por su extensión y sus tres voces narrativas podría tender fácilmente a la dispersión.  Reconozco igualmente que el estilo de Grandes es fluido y de léxico y de recursos amplios. Claro que esto tiene la contrapartida de caer a veces en lo verborreico y también en algunas frases desaliñadas, como les pasaba a los escritores románticos más exaltados (Espronceda, etc.), o en frases que quieren ser rotundas pero se quedan a medio camino. De todas, formas, en su conjunto, hay una unidad formal que me parece más positiva que negativa. Igualmente ese recurso a la comida y a la cocina, a pesar de algunas enumeraciones de platos y alimentos cansinas y casi interminables, acaba dando un toque de humanidad y cálido realismo a unos personajes que, sin ello, hubieran resultado mucho más etéreos y estereotipados.

    Termino anotando que ese lenguaje funciona a la vez como una especie de bálsamo y engaño; se disfruta de él pero también hace que se olvide que se ha puesto al servicio de una historia que podía haberse contado de otra manera mucho más simple y 'resultona', como hubiera sido, por ejemplo, la utilizada por Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. Es también a don Benito a quien Grandes pretende homenajear y, me temo, utilizar para provecho propio, incardinándose ella misma en la tradición de los grandes narradores españoles. Pero para conseguir eso creo que los próximos volúmenes de esta serie deben ser menos extensos y estar menos politizados. O que por lo menos la autora, para ser más sincera con todos nosotros, cambie el subtítulo de la serie, y en lugar de "Episodios nacionales de una guerra interminable" los llame mejor "Episodios interminables de una guerra nacional" (Almudena Grandes: Inés y la alegría. Barcelona: Tusquets, 2010, 729 pp.).



sábado, 8 de enero de 2011

El tiempo entre costuras (María Dueñas)

Parece que empiezo el año con buen pie. Esta primera novela de María Dueñas me parece un acierto y una agradable sorpresa.  Un acierto porque es verdad que la novela usa muchos estereotipos y lugares comunes de la novela de aventuras, de la de espías, de la novela histórica y de la novela amorosa, pero también es cierto que la forma de organizar el argumento y la singularidad que alcanzan muchos de sus personajes, especialmente Sira, están realmente logrados.
        Quizá lo más original haya sido el empleo del mundo de la costura, de las modas y del glamour para encadenar el ascenso social, las aventuras y la evolución interior de Sira, la protagonista. A través de él conocemos la vida en el Madrid de la Segunda República, en el Protectorado español de Marruecos, en el Madrid franquista de la posguerra y de la Lisboa de esos mismos años de la II Guerra Mundial en que ingleses y alemanes pugnan por hacerse con los favores de políticos y empresarios. A través de la labor de modista de Sira llegamos también a su cambio de personalidad, simbolizada en esos trajes que se quitan y se ponen, o se hacen y se deshacen continuamente, y también en esos maquillajes y poses que van cambiando con cada situación y a lo largo de todo el el libro.
      No oculto que en su conjunto ese ascenso social de Sira, su propia evolución psicológica de humilde modistilla a espía de primer nivel y algunos episodios concretos me pareceren un poco peliculeros, pero también me parece claro que en la dinámica interna de la novela todo ello está muy bien armado, con los momentos de transición engarzados con naturalidad y sin forcejeos, y salpicados convenientemente de sorpresas y momentos de incertidumbre. Por ello la lectura de sus más de seiscientas páginas no debe hacerse pesada; la intriga se mantiene bien a lo largo de toda la historia y la proyección de cada capítulo hacia el futuro surge naturalmente del propio argumento, sin que la autora necesite sacarse continuamente de la manga algún 
'deus ex machina'.

       A través de ese mundo conocemos también a una gran galería de personajes, tanto históricos  como ficticios, que Dueñas sabe mover muy bien de un lado a otro. Salvo en Sira, en los demás he echado de menos un poco más de profundidad psicológica, pero también creo que esta novela no pretende ir por ese camino y que, a pesar de todo, esos personajes quedan lo suficientemente caracterizados como para que no puedan confundirse con los estereotipos más socorridos. Igualmente la presencia de personajes históricos más o menos singulares como Juan Luis Beigbeder, Rosalinda Fox o Alan Hillgarth hace que los ficticios adquieran más vida y resulten más cercanos y verosímiles. En este sentido, la autora consigue mantener bien el equilibrio, para no hacer de la novela ni un manual de historia ni un mero cuento de hadas ni tampoco una simple invención libresca. Su narración conecta vida, historia y literatura de forma hábil y convincente, y éste creo que es su principal mérito. Su final abierto y algunos cabos que pueden parecer sin atar (¿Ramiro? ¿Ignacio?) hay que entenderlos también en ese contexto.

      He agradecido también que lo referido a la Guerra Civil no se haya convertido en un alegato político barato y la autora haya preferido seleccionar lo más humano de todo ello (el sufrimiento de todos los españoles de a pie, independientemente de la zona en que vivieran). Como las mejores novelas sobre este periodo, aquí tampoco aparecen maniqueísmos tontos o reductores. Otra cosa es su tratamiento de franquistas, alemanes e ingleses, donde casi todos ellos parecen cortados por el mismo rasero, de buenos y malos, y donde creo que podría haberse huido un poco más de los tópicos. Un atribulado o dubitativo agente doble, por ejemplo, hubiera podido ser un buen complemento para todos ellos. 

       Lo mismo puedo decir del lenguaje. No es una novela de una estilista que vaya buscando sistemáticamente frases rotundas e imprecederas, pero tampoco cae en el prosaísmo, en la frase hecha o en la expresión cursi. Lo mejor de todo es que ese lenguaje surge de forma natural, sin que se note el esfuerzo, con frases y expresiones originales que menudean por esas páginas sin llegar a convertirse en una obsesión. En otras palabras, El tiempo entre costuras es una novela mucho mejor escrita que muchos bestsellers que circulan por ahí con ventas millonarias o con autores de nombre casi divinizado. Al contrario que esos bestsellers, el de Dueñas posee un estilo y un lenguaje con identidad propia y con una continua capacidad de evitar el anquilosamiento e inventarse a sí mismos. (Como nota al margen, es probable que algún lector necesite un diccionario español-inglés, sobre todo en las entretenidas intervenciones de Rosalinda Fox.).

      No es una novela profunda, pero si una novela buena (muy buena) en su género, y un buen bestseller. Un interesante debut, como dice Javier Cercas Rueda, bien hilvanada, como afirma Ariodante, y a la que los reproches deben entenderse más como compromisos críticos que como limitaciones serias, como concluye El Cultural. (María Dueñas: El tiempo entre costuras. Madrid: Temas de Hoy, 2009, 631 pp.).


sábado, 13 de noviembre de 2010

Viejas historias y cuentos completos (Miguel Delibes)

Este volumen es también de necesaria lectura para todo seguidor de la narrativa breve contemporánea. Y sobre todo es un libro que se disfruta. Se disfrutan las historias, todas llenas de humanidad, de normalidad verosímil, sin necesidad de personajes ni situaciones extremas. A Delibes, como a otros grandes escritores, eso no le hace falta. La vida ordinaria, la intrahistoria de Unamuno, es lo suficientemente rica para proveer de material y situaciones con los que fabricar unos relatos entretenidos y llenos de verdad literaria. Por ellos discurrren los mundos y referentes habituales de Delibes: la vida rural castellana, esos niños a los que el mundo adulto no acaba de entender... las clases medias y pobres con sus luchas, sus miserias y sus ilusiones truncadas. Y se disfruta también el lenguaje, pleno de hallazgos felices, con un vocabulario amplísimo, con palabras únicas que parecen hechas para la frase en que aparecen, muy escueto en retoricismos. Y se disfruta también esa hábil naturalidad con que Delibes usa diferentes técnicas y voces narrativas, o combina monólogos, diálogos y descripciones.

     Quizá por razones biográficas (me crié en un area muy cercana a la de Delibes), los relatos que más me han llenado han sido los ambientados en la vida rural. En ellos 
la naturaleza parece llenar de vida a personajes y narrador y disminuir esa sensación de melancolía, tristeza o impotencia que les invade frente a un destino más bien trágico. Confieso que me he saltado casi todo el texto de "Los raíles" por tratarse de unos apuntes de una novela que se quedó a medio hacer. "La mortaja"  es uno de los cuentos necesarios del volumen, de hecho el que más le agradaba a su autor. Pero también me han llenado especialmente "El conejo"  y "Los nogales", quizá  también por razones biográficas. La única pega, me parece, es que a los personajes y al narrador les cuesta demasiado reír o sonreír, y es que, en el mejor sentido de la expresión, para Delibes 'la sombra del ciprés es alargada". Muy útil para ampliar el vocabulario de los alumnos, también porque los cuentos ambientados en la vida rural habrá que leerlos con un diccionario a mano.  (Miguel Delibes: Viejas historias y cuentos completos. Palencia: Menoscuarto, 2006, 530 pp.).




jueves, 19 de agosto de 2010

El embrujo de Shanghai (Juan Marsé)

Ambientada en la Barcelona de la posguerra, esta novela resume muy bien el mundo ficcional y las dotes de narrador que tiene el autor catalán. Al leerla se notan las ganas de contar una historia, depensar en el lector, con un lenguaje que fluye como a borbotones, imparable, con un vocabulario amplio, un registro también variado y una galería de personajes singularizados hasta donde lo permite la extensión del libro. El mundo de El embrujo de Shanghai es el habitual de Marsé, la Barcelona  de la posguerra, de ese mundo y de esos personajes que cargan inevitablemente las consecuencias de la Guerra Civil, que parece estar en el fondo de la conciencia de todos ellos y seguir determinando su conducta. 

Una lectura simbólica de su argumento nos podría hacer pensar que Susana, la protagonista tuberculosa, es esa España o esa Barcelona a la que Daniel, el propietario de la voz narrativa, hace compañía y procura dibujar y conocer para luego tratar solucionar su enfermedad. Alrededor de Susana y Daniel se mueven una serie de personajes con vidas llenas de heridas o falsedades, que a veces tratan de ayudarla o ayudarlos pero que cuyos intentos casi siempre acaban en empresas frustradas.  Shanghai es la ciudad que funciona como alternativa a ese ambiente provinciano y gris. En Shanghai se desarrolla una aventura que al final acaba siendo también un desengaño pero que por lo menos reviste momentos de grandeza y alberga la posibilidad de acciones heroicas o ideales. No en vano toda la metanarración sobre Shangai (es uno de los personajes el que narra esa aventura dentro del marco general de la anécdota de Susana), se lee como  una película de cine, con sus estereotipos y sus lugares comunes, pero también con su aura de obra de arte.


Las técnicas narrativas muestran también a un novelista dueño de sus estrategias. Con naturalidad y sin que se note esfuerzo alguno, se comienza con un punto de partida simbólico (el pozo de una de las calles del barrio),  se pasa luego a la acción principal (el mundo de Daniel y Susana), y el relato de ésta se va contrapunteando con esa narración del viaje y la misión del padre de Susana en Shangai, con una alternancia de ambiente provinciano y mediocre y estático, con otro cosmopolita y (cinematográficamente) grandioso, lleno de acción e intriga. El resultado es el de una lectura ávida o casi imparable por parte del lector, facilitada también por ese lenguaje rico pero no elitista, y un estilo espontáneo pero correcto y fluctuante pero nada alambicado.


Si algo no me ha gustado de la novela es precisamente la imposibilidad de redención que planea sobre todo ese mundo y todos esos personajes. Todo ello parece condenado a la infelicidad, la dicha es siempre pasajera y los personajes viven casi siempre en una especie de agujero sin salida o con una esquizofrenia que no cuentan con alternativas. O quizá cabe la alternativa de la imaginación (del cine de la última escena), pero las películas también tienen su final y también son un escape pasajero de esa realidad que espera a la salida. En definitiva, una novela que recomiendo por su calidad estética, pero que no me parece completamente realista -en el sentido no literario del término- porque creo que la vida también puede tener sus momentos felices y sus héroes, como hayan podido ser Gandhi, la madre Teresa o Martin L. King.

La primera edición del libro es de 2002, y con él ganó Marsé el Premio de la Crítica y el Premio Europa.
 (Juan Marsé: El embrujo de Shangai. Barcelona: Lumen, 2009, 302 pp.).




viernes, 9 de julio de 2010

Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey (Álvaro Pombo)

He tenido que hacer un viaje y he podido dejar de lado a Amado Nervo y sacar tiempo para acabar esta breve novela de Álvaro Pombo. Y ha merecido la pena. Es uno de los libros que más he disfrutado últimamente, tanto por su originalidad técnica  como por el mundo tan humano  que retrata. Esta vez la contraportada no engaña. Realmente es un libro "comovedor y divertidísimo", con el hallazgo de esa voz narrativa inolvidable que es Ceporro, o como él mismo se llama  "S.M. el Rey", por ser el dueño de la palabra y el narrador de la historia.

En la novela existe esa sola voz narrativa, que relata una entretenida serie de anécdotas ubicadas en la posguerra española y protagonizadas por dos niños (el Ceporro y el Chino) y una niña alemana (Elke) adoptada por unos familiares. Hay de todo, y todo positivo: momentos de humor desternillante, emoción tierna pero nada cursi, ironía sin acritud y dolor sin amargura. Pero quizá más que la propia historia, lo más logrado sea el manejo del lenguaje y el narrador. Ceporro narra como habla y narra cuando habla. Pombo ha sabido recrear una oralidad casi perfecta y un discurso en el que va diseminando  interesantes filosofías sobre el poder encantador de la palabra. No hacen falta ni se echan de menos diálogos, descripciones, narradores omniscientes ni recursos de otro tipo. La voz del Ceporro es suficiente y autosuficiente, y los leitmotivs de la historia (los vencejos que marcan el paso del tiempo con sus idas y venidas, las relaciones amorosas o casi-amorosas de Rodolfo y Belinda, y del el triángulo o cuadrángulo de Ceporro-Chino-Elke y Covadonga) sostienen la unidad estructural de fondo sin permitir que nada quede suelto o incompleto. Uno sólo echa de menos que no haya segundas partes. Un libro ideal para explicar a los alumnos lo que es la oralidad en literatura. Quizá les cueste leerlo a aquéllos que estén acostumbrados a narraciones tradicionales, en tercera persona, con narrador omnisciente, etc. Pero el esfuerzo merece la pena.


   Un solo
caveat: de Pombo sólo he leído este libro y el cuento "Tio Eduardo", recogido en la antología de Fernando Valls comentada ya en este blog. Si es posible comparar  peras con manzanas, el cuento me pareció bueno pero inferior a la Aparición... Y me temo que quizá esté pasando lo mismo con sus otras novelas. Es el bendito riesgo de escribir una historia tan lograda como ésta. No en vano el mismo Pombo afirmaba que la "Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey es mi mejor novela."  (Álvaro Pombo: Aparición del eterno femenino contada por S.M. el Rey. Barcelona: Anagrama, 1993, 191 pp.).








jueves, 6 de mayo de 2010

Juegos de la edad tardía (Luis Landero)


Una de las novelas que más me ha interesado hasta ahora. Aunque al comienzo al argumento le resulta un poco difícil aterrizar y encontrar referentes reales, el resultado final es la aparición de un micromundo único y original, que es lo que creo que hay que pedir a todo novelista. Aparte de ello, o precisamente por ello, algunos de los logros son tan únicos como realmente hilarantes y apropiados para el tono de la novela (la asociación de maridos cornudos, por ejemplo). Recordar los méritos estilísticos y formales del autor no está de sobra en este caso. No es que se trate de una novela del lenguaje ni experimental, pero sí ha conseguido demostrar que el castellano literario todavía puede renovarse y salir de la medianía en la que se mueven tantas otras narraciones. De todas formas aunque a Landero se le sigue adjetivando como escritor cervantino, me parece que su perspectiva paródica es menos humana y un poco más agria que la del autor del Quijote. Sus personajes no llegan a ser humanos, aunque encajan perfectamente en el mundo que para ellos y con ellos ha querido crear Landero. A mis alumnos se les hizo un poco pesado leerla por esa dificultad para aterrizar referencialmente el mundo de la novela y algunas complejidades léxicas y estilísticas, pero aquéllos que entraron a fondo quedaron bastante satisfechos del esfuerzo. (Luis Landero: Juegos de la edad tardía. Barcelona: Tusquets, 1989; Premio de la Crítica 1989, Premio Nacional de Literatura, 1990).


lunes, 3 de mayo de 2010

El viento de la Luna (Antonio Muñoz Molina)


La primera novela que leo de Muñoz Molina. Me han parecido original lo que creo que es su mensaje central (el viento de la Luna como ese símbolo de moderna libertad que debe airear el mundo cerrado de Mágina) y también la versatilidad de las voces narrativas hábilmente creadas por el autor con un lenguaje rico y fluido. De todas formas no me acaba de convencer. Aparte de algunos maniqueísmos simplones (todos los curas son tontos o están en las nubes -Muñoz Molina debería leer a Bernanos-) y del uso casi obsesivo del despertar sexual como equivalente de la entrada en la pubertad, no estoy convencido de que la voz autobiográfica sea la más apropiada para recrear un micromundo propio, en este caso el de Mágina. Todo resulta demasiado egocéntrico, ralentizado y claustrofóbico, y Mágina aparece más como un simple marco externo que como un ámbito con vida propia. El protagonista es la conciencia del muchacho, Mágina parece quedar demasiado lejos. Si son los dos elementos sobre los que el autor quiere sustentar su narración, estos no acaban de encontrarse. La estrategia de una novela río o poliédrica hubiera sido mucho más acertada. Creo que a mis alumnos les aburriría demasiado. (Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna. Barcelona: Seix Barral, 2006; Premio Nacional de Narrativa, 1988, 1992).
    


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