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martes, 12 de enero de 2016

Javier Marías: Tu rosto mañana (1. Fiebre y lanza)

Tu rostro mañana,
o nada nuevo bajo el sol
En mi reseña de Los enamoramientos comentaba mis “mixed feelings” acerca de las novelas de Javier Marías. Si por un lado reconozco que su estilo en general tiene unas cualidades muy personales, que la hacen envolvente y hasta hipnotizante a causa de su soltura y su fluidez, por otro, me decepcionaban y preocupaban tanto los parámetros intelectuales posmodernos de los que parecía no querer o poder salir, como la delicuescencia de la anécdota o argumento, que al final casi siempre acababa apareciendo como algo sumamente frágil, con muy poca entidad narrativa y como una excusa para cuestionar la capacidad de Marías de hilar argumentos un poco más complicados.


     Esta novela no ha cambiado esas opiniones, e incluso creo que ha agravado la parte más negativa de ellas. Realmente no noto ninguna diferencia de fondo con Los enamoramientos, escrita diez años después de la primera novela de esta trilogía, aunque también es cierto que quizá tenga que cambiar mi opinión una vez que acabe de leer las otras dos (si llega ese memorable día). De nuevo, tenemos aquí un lenguaje proustiano-benetiano, fluido y suelto, pero de sintaxis complicada, lleno de enumeraciones, disyunciones, anacolutos, diálogos en estilo libre indirecto, etc, etc, etc. Como digo, si por un lado Marías parece dominar muy bien este formato, por otro quizá deba preocupar que, como gran escritor que argumenta ser, no parezca capaz o no se atreva a intentar otros.

    Más me aburren sus pedaleos relativistas, es decir, todas esas expresiones donde continuamente se pone en duda lo que se ha dicho antes, lo que se está diciendo en ese momento o lo que va a contarse más adelante. Aunque en este sentido haya que reconocer que Marías tiene una especial habilidad para identificar muchas de las situaciones ordinarias en las que eso ocurre, también es cierto que al final la historia parece un continuo desmentido de sí misma y una continua defensa del escepticismo. Y si esto puede estar bien una  dos o incluso tres veces (Corazon tan blanco, Los enamoramientos, Negra espalda del tiempo), a la cuarta creo que el lector no va a dejar de aburrirse y preguntarse si este es el único tipo de novelas o mundos que sabe crear el autor.

    También es cierto que el ámbito que ha elegido en esta novela para mostrar eso (el mundo del espionaje y de las diferencias lingüísticas) resulta muy apropiado para todo ello, pero al mismo tiempo no puede evitar que quien lea la novela con esta perspectiva se aburra de forma soberana (como me ha pasado a mí) y adivine que a cada vuelta de la esquina vamos a encontrarnos con una duda, un desmentido, una doble versión, una mala traducción de algo, un doble personaje, un seudónimo que no es tal, etc. etc., etc. (y por cierto, alguna metedurita de pata como afirmar que en inglés no existe equivalente de la palabra “patria” cuando tenemos “fatherland, motherland, homeland” y no sólo “country”).

       En fin, que no la puedo recomendar ni darle una buena calificación. Me imagino que tendré que acabar la trilogía para ver si cambio de opinión y las otras dos son capaces de atenuar el aburrimiento y la monotonía que me ha producido ésta. Que así sea. (Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Madrid: Alfaguara, 202, 475 pp.)


Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza. Javier Marías: Tu rostro mañana. 1. Fiebre y lanza.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Cómo ser casi felices: 'Mientras la tierra gira', de José Luis Sampedro

Es ésta una  recopilación de cuentos publicados por el autor desde 1945 hasta 1991, y que han sido recuperados gracias en parte a amigos y lectores suyos. Los relatos realmente merecían este rescate, tanto por motivos literarios como historiográficos.

El conjunto lo forman treinta y dos cuentos que se dividen en tres grupos, según un criterio  cronológico y también según una línea temática más o menos equivalente para cada grupo.  Si hay un nervio ideológico común creo que este es el enfoque humanista desde el que Sampedro enfoca sus historias, unas historias que además están narradas con una gran riqueza de recursos técnicosy que muestran que el autor domina perfectamente este género.  En el  primer grupo varios de los relatos recuerdan bastante al realismo social español de los cincuenta, con esos protagonistas de las clases sociales más bajas –en general campesinos– cuya vida es más bien dura o triste y  donde caben sólo algunas alegrías momentáneas. De todas formas Sampedro evita el victimismo fácil y el repetitivo maniqueísmo en el que cayeron otros escritores a quienes se ha considerado más representativos de esa literatura. Sus personajes padecen  no tanto por ser pobres sino por ser seres humanos, pues ese destino parece afectar a todos, aunque sean los pobres los que más intensamente lo sufran. Uno de los mejores relatos del libro (“Gregorio Martín”) ejemplifica bien todo ello.

     El segundo grupo tiene un tono un poco más filosófico e intelectual, y es donde Sampedro emplea también algunos enfoques o historias irónicas como “Arca número dos” o  “Un caso de cosmoteología: la religión hispánica”. También se incluye un  cuento fantástico (“Fantasía de año nuevo”), con el mismo tema que "Bifurcaciones" de  José M. Merino, “Los milagros no se recuperan”, de Bioy Casares y "Nuit caprense cirius illuminata", de Julio R. Ribeyro.  Este grupo de cuentos es igualmente interesante, pero quizá se eche de menos un poco la humanidad y emoción que corría por los anteriores. Todo esto con la excepción de “La bendición de Dios”, a mi juicio el mejor de toda la colección, también porque su frase final puede servir para sintetizar la idea principal del libro es decir, la convicción de que la felicidad está al alcance de la mano, que existen momentos de encuentro con ella, pero que, sin embargo, siempre hay algo inevitable y en parte desconocido que impide su permanencia. También esa frase final (“Pero entonces, ¡maldita sea!, ¿qué es lo que está mal”?) va bien con el título, pues Mientras el mundo gira se refiere a esas escenas o momentos en que felicidad y desgracia se alternan inevitablemente en la vida de los hombres y no es posible detener el ciclo.

 "Un caso de cosmoteología: la religión hispánica",
o el fútbol como rito religioso

     El tercer grupo, el de fechas más recientes, es un poco más heterogéneo y más acorde a la mentalidad o idea de la posmodernidad. Es también el grupo que menos me ha gustado a pesar de que esté tan bien escrito como el resto y a pesar de ese excelente cuento fantástico que es “Felisa”.  Me parece que aquí Sampedro se muestra precisamente más pesimista y más contagiado del cinismo contemporáneo. Su crítica en estos relatos suele ser un poco más acida y desesperanzada (“En la misma piel del tigre”), y presenta a un ser humano que parece no ser capaz de controlar lo que no entiende (“Ebenezer”), que se convierte en un objeto despersonalizado (“El divino diván, “A Erika”) o pierde la sencillez de los protagonistas del primer grupo para pasar a complicaciones típicas del fragmentado sujeto posmoderno (“Felisa”, “Iniciación”).

    Como conjunto, técnicamente, Sampedro muestra una gran habilidad estilísitica y una maestría innegable en sus recursos narrativos, que son variados y no hacen agua por ningún lado. En esto es realmente admirable y ejemplar.  Alterna los recursos y técnicas tradicionales, con otros más innovadores y con juegos metaliterarios y metatextuales, y tanto monólogos, como diálogos o descripciones se usan apropiadamente en todo momento o lugar. Esto y el intelectualismo que permea en varios de ellos puede alejar a los lectores que vayan buscando más emociones o una simple sencillez, aunque no a aquellos que quieran disfrutar de una literatura quizá un poco más difícil pero hábilmente trabajada y conseguida.

     Se trata, pues, de una recopilación que hay que agradecer a su autor y a sus colaboradores, que es uniforme en su altura técnica y estilística y un poco más  heterogénea o irregular en sus líneas temáticas o ideológicas. Esta irregularidad o heterogeneidad daña un poco la unidad interna del libro sobre todo por ese tono pesimista que se concentra en la última serie de cuentos y que, en cierta manera contradice todo lo anterior a ello. Aún así y a pesar de que no guste a lectores menos dados a intelectualismos y a las contradicciones de la mentalidad posmoderna, es una recopilación indudablemente meritoria y digna del rescate. (José Luis Sampedro: Mientras la tierra gira. Barcelona: Destino: 1993, 288 pp.).


sábado, 10 de septiembre de 2011

Los enamoramientos (Javier Marías)

Hasta el momento mi apreciación por la obra de Marías ha ido pasando del entusiasmo (Corazón tan blanco) a la inquietud (Negra espalda del tiempo),  para llegar ahora, con Los enamoramientos, a una preocupante decepción. Decepción por varias razones, a pesar de  mi reconocimiento de la capacidad hipnotizante de su lenguaje. Pero el lenguaje solo no hace una buena novela, y en Los enamoramientos hay poco más que salvar.

      En primer lugar decepción por la disonancia entre el título y el verdadero tema del libro. El título puede hacer pensar que Los enamoramientos versa sobre la entidad y características del amor o de las relaciones amorosas, y puede que hasta el propio Marías haya pretendido convertirlo en el asunto principal. Sin embargo creo que el lector más atento se acabará dando cuenta de que al final toda la historia amorosa, con crimen incluido, no es más que un pretexto para que Marías vuelva sobre uno de sus temas más repetidos, y por eso más cansino y monótono. Y es que al final el amor o los enamoramientos quedan en un segundo plano, desplazados por la idea de que no hay certeza posible, de que todo es incertidumbre o en el mejor de los casos simple palabrería con buenas intenciones.  Por ello se dejan tantos cabos sueltos acerca de los pormenores del asesinato de Miguel, porque el autor cree sencillamente que no puede haber otro modo de hacerlo. Como esto es algo que Marías repite hasta la saciedad en otras novelas, el lector no puede sino quedarse con la duda de si lo que ocurre con Marías es que está tan atrapado  en esas coordenadas que no es capaz de salir de ellas y que todos los demás temas que trate  en sus novelas (amor, guerra, etc.) van a quedar inevitablemente neutralizados por ese escepticismo. 
     Tampoco queda muy claro si el título que ha elegido Marías quiere suplantar al tema del amor como tal o no, pero en cualquier caso y como aviso al lector que espere una novela romántica no puedo más que desaconsejarla. Salvo el caso de Miguel y Luisa, que se presentan verdaderamente como una “pareja perfecta”,  las demás combinaciones (María-Javier; María-Leopoldo, Javier-Luisa, etc.) están más bien definidas por las triangulaciones, el  egocentrismo o la superficialidad que por el verdadero compromiso. De forma análoga, el lector se va a quedar con la duda a cerca de la posibilidad real del amor, de vivir enamorado. Al tratar del amor –o mejor de los enamoramientos– y de otros temas adyacentes en este libro es donde se vierten muchas de las reflexiones  caras a Marías, como pueden ser el olvido, la fatalidad, la impunidad, la conciencia… Entre esas reflexiones algunas son más o menos brillantes, pero también abundan las obviedades y perogrulladas.  Y lo mismo ocurre con otras acerca de asuntos como el amarillismo periodístico, la política española, la vida literaria… Lo grave en este caso es que esa crítica es siempre negativa y cínica, y nunca constructiva. El remate a todo esto lo da María, la protagonista y narradora, que podía haber contribuido a una solución positiva del conflicto, por costosa que fuera, pero que al final decide abstenerse. Esto encaja bien en la filosofía escéptica de Marías, pero me parece que es una estúpida contradicción después de haber estado denunciando la falta de funcionamiento de tantos niveles de la vida española.
      Algunas cosillas más. 1) Como en Negra espalda del tiempo Marías vuelve a cebarse aquí  en la figura del profesor Francisco Rico, que puede representar la erudición inútil o la soberbia académica. No digo que algunos de los momentos no estén logrados, pero tanta repetición, de nuevo, da la impresión de agotamiento e incluso produce el efecto contrario. 2) La voz narrativa elegida por Marías es la de María Dolz, empleada en una editorial. En cuanto a la narración  hay momentos en que esa voz sí suena a femenina, pero en su mayoría se nota demasiado que sigue siendo la voz de su amo, por el estilo y por el tono. A Marías le pasa aquí un poco lo mismo que a Juan Benet, uno de sus maestros,  que al dar tanta prioridad al lenguaje acaban matando a sus propios personajes.  Además al presentar a María desde el principio como trabajadora de una editorial, el lector más avisado  ya sabe que eso va a traer como consecuencia inevitable y aburrida por su falta de originalidad la crítica del mundo literario, de escritores cuyos nombre en clave se ridiculizan. Todo ello, de nuevo sin proponer soluciones de ningún tipo.  3) Los continuos desmentidos  o relativizaciones de partes de la historia contada anteriormente (versiones diferentes de periódicos sobre el crimen,  versiones divergentes del apellido de Miguel, errores de traducciones, etc.) reflejan  bien esa idea de la imposible certeza que propone el libro, pero al final dejan la historia con una consistencia tan frágil que uno no sabe si realmente qué partes de ella son ciertas y cuáles no. Esto puede gustar una vez, como en Corazón tan blanco, pero al repetirse de nuevo, el lector tiene derecho a preguntarse si un escritor que ha recibido tantos elogios es capaz o no de crear mundos y registros diferentes, como lo hicieron o lo están haciendo Miguel Delibes, José Luis Sampedro o José Jiménez Lozano
      Al final, para mí, solo se salvan la descripción de la felicidad amorosa inicial de Luisa y Miguel, el momento en que se revela la cara en principio oculta del asesinato de Miguel y el lenguaje de Marías. Por eso creo que la foto de la portada es un buen resumen de todo el libro; una feliz pareja pero vista como reflejo, no como realidad, porque ya se encarga el narrador de decirnos, una vez más, que esa realidad no es fija, que no existe. Pero esto es algo que nos lleva diciendo desde hace mucho tiempo y que nos lleva a concluir, con el refranero español, que “para este viaje no hacían falta tantas alforjas”, ni tampoco cuatrocientas páginas.  (Javier  Marías: Los enamoramientos. Madrid: Alfaguara, 2011, 401 pp.). 


miércoles, 31 de agosto de 2011

El club Dumas (Arturo Pérez Reverte)

Pues no me ha decepcionado tanto como me habían hecho pensar mis lecturas de Alatriste, y aunque a ratos ha llegado a entretenerme y a cambiar un poco mi previa opinión sobre su autor, tampoco creo que sea una novela que con el tiempo vaya a pasar a la lista de los grandes libros.   
      Parte de mis reparos se debe al lenguaje de la novela. No digo que sea de léxico limitado o pobre, sino que no noto logros estilísticos de calidad o altura, y por el contrario sí muchas frases o giros que se me quedan muy a medio camino de lo que debe esperarse de un escritor que además es académico. No digo que no haya aciertos aislados, que sí los hay, pero en su mayoría es un lenguaje que es original por ser propio, por ir con la personalidad del autor, pero no por ponerse al nivel de lo que consiguen hacer otros escritores hacer con el vocabulario o la sintaxis del idioma que manejan. Los diálogos, por ejemplo, no son individualizados, y todos los personajes parecen hablar con un único registro, el de su autor. Hay que reconocer que esto tampoco es fácil, dada la cantidad de personajes que aparecen en la novela, pero al menos es lo que deberían mostrar de aquellos que como Lucas Corso o Boris Balkan, el narrador, se supone que se mueven en mundos diferentes. Así todos ellos personajes acaban soltando aquí y allá frases lapidarias que servirían muy bien para un guión de un
spaghetti western. Yendo a lo concreto, no sé qué hacer por ejemplo con frases como “Varo Borja sonreía como un tiburón en busca de un bañista” (p. 69), “Aquello podía ya ser la leche” (p. 355),  o “Corso le hizo un guiño al vacío, descubriendo el colmillo de lobo sarcástico” (399). 
     Otro de los problemas, común a muchos best-sellers, es su componente didáctico o informativo. Es decir, cuando en este caso las reivindicaciones del autor sobre el folletín y la novela de aventuras las lea un conocedor en ese tipo de literatura, me temo que le van a parecer de una simpleza agobiante. Yo no soy experto en ese campo –y en este sentido he agradecido bastante la información ofrecida por el libro y he echado de menos alguna lectura mía al respecto– pero esa es la impresión que saqué en Alatriste y sus opiniones sobre el castellano del Siglo de Oro, que eran ideas que cualquier conocedor de la literatura española ha leído por activa y pasiva en manuales de historia y crítica literaria y que, sin embargo, al leerlo en boca del narrador de Íñigo de Balboa, uno tenía la impresión de que su autor nos estaba contando la invención de la rueda como algo de rabiosa actualidad.
     Tampoco todo es negativo, y me parece que en cuanto remedo y homenaje de las novelas de folletín El club Dumas funciona bien en su a trama, en su tipo de personajes, en los juegos intertextuales, y en esas mezclas de diferentes niveles de realidad (verosimilitud, metaliteratura, lo sobrenatural, etc.).  El argumento llega a intrigar, aunque a veces se sienta demasiado lento. La imbricación de la trama folletinesca y la policial me parece, en general, bien resuelta, aunque también es cierto que el doble desenlace al que se ve obligado el autor puede entenderse fácilmente como un error de cálculo o de proporción. De los personajes realmente no se puede decir mucho, pues Reverte se maneja principalmente con estereotipos, el hérore-antihéroe (Corso), la mujer fatal (Liana-Milady), malos malísimos (Varo Borja, ’Rochefort’), etc. Aunque seguramente se trata de una versión de algún personaje de Dumas, en este grupo creo que también es justo reconocer la originalidad de la chica joven anónima, que es a la vez chico-ángel-demonio y que va ocupar el lugar del Nikón, el antiguo amor de Corso y también un homenaje del Pérez Reverte periodista a la cámara fotográfica.
     Igualmente algunas escenas están bien logradas en narración y perspectiva, como el incidente de Corso y ‘Rochefort’ en las escaleras del Sena, pero otras se me han hecho demasiado morosas y hasta innecesarias en la trama, como la escena erótica entre la chica y Corso. Por el contrario, el arribo a la identidad del club Dumas y el encuentro con su sede y sus socios debería haberse desarrollado  más, primero por ser lo que da título al libro y segundo porque al acabar la novela desconectado de eso y volcado sobre la solución del enigma del libro diabólico todo pierde unidad y el lector se queda con la idea de que realmente habría sido mejor concentrarse en un solo tema –el club Dumas– y haber dejado completamente de lado el segundo. Para acabar de rematarlo, el enigma final extraído del libro demoníaco después de tantas idas y venidas y de tantos cálculos y laberintos se acaba  resolviendo de forma literalmente imposible, pues el reflejo del anagrama final resulta en realidad ilegible en un espejo –como pide el narrador por boca de Varo Borja (p. 487)–, y solo una lectura a la inversa, es decir comenzando por el final, daría el significado del mismo (El lector puede hacer la prueba si quiere: OGERTNE EM ISA leído a la inversa da ASI ME ENTREGO, pero reflejado en un espejo resulta algo completamente distinto y hasta cierto punto indescifrable). Pero el narrador necesita el espejo para mostrar la ‘buena demonización’ de Corso y parece que no le importa saltarse su propia lógica. Y que esto ocurra precisamente en el clímax de esta segunda trama me parece realmente grave y una falta de respeto para los lectores.
     También tengo mis problemas con la perspectiva narrativa elegida por Reverte. Aunque al final la identidad del narrador se revela en una sorpresa bien trabada, por momentos también da la impresión de ser algo a lo que Pérez Reverte no acaba de encontrar el nervio. Le ocurría en Alatriste, con esa voz en off de Íñigo Balboa que quiere ser a la vez omnisciente y testigo, y en El club Dumas en algunos momentos clave. Las explicaciones que se ponen en boca del narrador no dejan de parecerme una excusa: “De nuevo tengo que pasar a segundo plano, como narrador casi omnisciente de las andanzas de Lucas Corso. Así de acuerdo con ulteriores confidencias del cazador de libros, podrá ordenarse la relación de trágicos sucesos que vinieron después” (p. 92). Me imagino que esto tiene que ver con la poética de Pérez Reverte, que busca una narración más simple o directa, inocente, como dice él en algún momento de la novela, pero precisamente en momentos como este es cuando se diferencia un escritor de calidad de otro que no lo es tanto. El primero sabe complicar el argumento para luego trabajarlo y acabar presentándolo como algo simple y asequible (Por si acaso, el recurso de Pérez Reverte al narrador-personaje-antagonista tampoco es original; ya Borges lo había empleado de forma muy similar en “Hombre de la esquina rosada”).
     Creo que la moraleja de la novela va en dos direcciones, la literaria y la existencial, que entiendo como nietzscheana o posmoderna. En la literaria es clara la reivindicación que Reverte hace del folletín, de la literatura de entretenimiento, de la metaliteratura y también del mundo de la lectura y la bibliofilia. Y en esto no hay mucho que objetar, y sí mucho que agradecer. Pero también creo que al mismo tiempo que se puede escribir literatura de entretenimiento se puede escribir literatura de calidad literaria. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán,  y esa lectura inocente que reclama Reverte, que es una de las mejores cosas que tiene esta novela, no puede convertirse en excusa para  desfallecimientos técnicos o estilísticos  como los que he señalado. Libros clásicos de literatura infantil como los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga o La edad de oro, de José Martí, podrían servir de ejemplo para esa combinación.
      Más contradictoria me parece la moraleja niestzcheana que creo adivinar en esos coqueteos de la novela con lo demoniaco, a través de la chica-chico, etc. (Por si acaso tampoco Pérez Reverte es original en este acercamiento, pues antes que él lo han tratado escritores como Clarín –“La noche mala del diablo”–, Amado Nervo –“El diablo desinteresado”–, Julio Garmendía “El alma”, Rómulo Gállegos –“El carnaval del diablo” – etc.). Y en todos ellos ocurre algo parecido a lo que vemos en El club Dumas. Porque si, como quería Nietzsche, hay que estar más allá del bien y del mal, Corso y Pérez Reverte acaban fracasando, y es que al final la relación entre Corso y la chica es, simplemente, una historia de amor, es decir una historia de atracción por el bien y la belleza, como ya habían advertido los clásicos.
     En fin, una novela bastante mejor que lo que conozco de Alatriste, con limitaciones que parecen insalvables, pero que puede ser entretenida si el lector está dispuesto a perdonar a Pérez Reverte un buen número de limitaciones que oscilan entre lo inevitable y lo ilógico. (Arturo Pérez Reverte: El club Dumas. Madrid: Alfaguara, 1997, 493 pp.).





Enlaces: mi anterior entrada sobre Pérez Reverte y Alatriste aquí.

jueves, 30 de junio de 2011

Mi hermano Salvador y otras mentiras (Carmen Posadas)

Después de leer esta colección de cuentos me he quedado con una sensación más bien agridulce. Positiva me parece la variedad de ambientes que se recrean en el libro, todos ellos con autonomía propia, que muestran la facilidad de su autora para moverse de unos mundos a otros, y de fabricar también una variopinta galería de personajes. Igualmente su lenguaje y estilo no pueden calificarse de sobresalientes pero tampoco se quedan en la mediocridad. Se notan algunas frases hechas o algunos rebuscamientos innecesarios, pero en general es a la vez asequible y deja ver el esfuerzo por ser cuidado y evitar el tópico. Se agradecen también las variedad de voces narrativas, que incluyen perspectivas objetivas, irónicas, cartas, narraciones en primera o tercera persona, etc. En este caso esa variedad no implica complicación ni oscuridades innecesarias, y  prácticamente todos los relatos son fáciles de seguir.
        Menos me han convencido las historias y argumentos en sí. Algunas veces por tratarse de temas y motivos de los que nuestra literatura empieza a estar saciada o porque, a la vez, solo parecen perseguir la truculencia por la truculencia, cayendo también en la inverosimilitud, como  creo que es el caso de “Las bodas de Margarita”. Otras veces por moverse dentro del tópico y no llegar a la singularidad, como ocurriría en “Danza”. Por el contrario, en otras ocasiones se les quiere dar tanta individualidad que llegan a parecerme más bien inviables (“La moral del esnob”), o a proponer una moraleja un tanto tópica o vacía, ya repetida demasiadas veces en la cuentística moderna (“El Club de los Millonarios Aburridos”). En otros el final es demasiado previsible, sobre todo si el lector está familiarizado con el subgénero al que pertenece cada pieza. Es lo que creo que pasa con “El hombre de mi vida” o “La manzana podrida”. Y no es que Mi hermano Salvador… no contenga algunos finales logrados, pero creo que la mayoría de ellos son obvios y aguan un poco las expectativas que se ha podido ir creando la intriga a lo largo de la narración.  La conclusión del cuento que da título al libro -el que más me ha gustado- es una de las agradables excepciones a esa regla.    
          En otras palabras, creo que la actitud ante este libro va a depender mucho de la familiaridad y conocimiento que cada lector tenga con el género  del cuento moderno. Para quienes no hayan leído muchos libros de este tipo, Mi hermano Salvador… puede resultar una colección original, atractiva y de fácil lectura. Pero para quienes sean aficionados al género y conocedores del cuento moderno, me temo que van a acabar su lectura con un tono de decepción, pues no creo que encuentren muchas aportaciones originales en él, a no ser esa facilidad para saltar de un ambiente a otro o de unos personajes a otros.
          De todas formas más negativo que lo anterior me ha parecido el panorama humano que presenta Posadas en este volumen. La mayoría de los cuentos están unidos por el motivo del amor o de las relaciones familiares, pero un amor o unas relaciones que no funcionan, protagonizadas por unos personajes esquizofrénicos, ególatras, frustrados o ensimismados.  Demasiados antihéroes y demasiados fracasos para mi gusto. Para Posadas parece que el mundo simplemente no tiene solución y  además es ya algo final, sin remedio y sin posibles salvadores (de ahí la amargura irónica del título del libro).  No sé si la autora ha querido hacer con ello un retrato de la vida social moderna; si es así lo ha conseguido en parte, pero también ha olvidado la posibilidad de la normalidad y, sobre todo, la capacidad redentora y elevadora del amor, algo que nos recordaba Manuel Rivas en su libro de cuentos reseñado en este blog. El cual es un buen antídoto si el lector decide leer el libro de Posadas.  La reseña del libro de Manuel Rivas aquí. (Carmen Posadas: Mi hermano Salvador y otras mentiras: Barcelona: Seix- Barral, 1990, 136 pp.).


sábado, 5 de febrero de 2011

La velocidad de la luz (Javier Cercas)

Pues no, creo que al final voy a tenerme que leerme alguna novela más de Javier Cercas para convencerme de además de ser un buen escritor es también un gran escritor. Es obvio que no se pueden negar  los aciertos y méritos de La velocidad..., entre ellos ese estilo fluido y ligero,  pero rico también, que permite leer la narración con facilidad y disfrutando del léxico. También son interesantes esas reflexiones sobre la violencia y la guerra, de mano del narrador y de mano también del 'loco lúcido ' de la novela, Rodney Falk, veterano de la Guerra de Vietnam, cuya historia debía también ser contada. Igualmente son interesantaes las que el narrador elabora acerca del éxito literario, a partir de los comentarios más o menos autobiográficos sobre  Soldados de Salamina. Algunos personajes también tienen su singularidad, sobre todo Rodney, e igualmente esa galería de personajes secundarios que se mueven en torno a ambos, a Rodney y al narrador.  

Pero el resto me ha recordado excesivamente a Soldados de Salamina. Ahí tenemos por ejemplo la misma perspectiva autobiográfica para narrar la historia, pero también acompañada de un continuo vaivén de lo ficticio a lo histórico con una frecuencia que realmente llega a cansar, por no añadir nada nuevo a las técnicas de Soldados.... Cansan también esas vueltas y revueltas de escepticismo posmoderno después de tantas afirmaciones que acaban siendo desmentidas o cuestionadas justo después de ser enunciadas. Igualmente el tono entre desengañado y pesimista -con destellos de esperanza e ironía- en que se mueve este narrador es exactamente el mismo que en su otra novela. Pero quizá lo menos acertado haya sido repetir la estrategia metaliteraria de Soldados..., es decir convertir en argumento de la novela el proceso de elaboración y creación de la misma. Para quienes hayan leído Soldados... y recuerden este recurso, La velocidad de la luz no les aportará tampoco nada nuevo, e incluso puede que lleguen a acertar el final de la novela.


No he leído todavía Anatomía de un instante, el último trabajo de Cercas, pero después de estas dos novelas, mi esperanza es que su autor haya conseguido lograr otros tonos y mostrar que domina otros recursos y otros  formatos. Por supuesto, ni Soldados... ni La velocidad... son en sí mismas novelas mediocres, pero vistas en conjunto muestran demasiadas repeticiones, demasiadas similitudes; el autor puede seguir explorando esos caminos y seguramente seguirá ofreciendo aciertos como éstos, pero no mostrará todavía que es de esos escritores que se mueven con completa soltura por un amplio número de ámbitos y que no se limita a repetir mecánicamente las fórmulas que le han llevado al éxito.  De nuevo, cada escritor es libre de elegir el camino que quiera, pero creo que también es verdad aquello que decía Gabrielle D'Annunzio: 'rinnovarse ó morire'. (Javier Cercas: La velocidad de la luz. Barcelona: Tusquets, 2005, 305 pp.).

P.D. Mi reseña de Soldados de Salamina, aquí.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Invención para una duda (Antonio Prieto)


Creo que lo primero que tengo que decir de esta novela es que se trata de una narración metaliteraria y además bastante cargada de  reflexiones librescas e intelectualistas. Por ello no creo que sea del gusto de quienes buscan en la literatura historias más o menos reales o verosímiles ni de aquellos que leen buscando emociones y afectividades. Sin embargo, como juego de ficción y como metaliteratura, y también por algunas reflexiones concretas, como las que giran en torno al tiempo pasado y a episodios librescos de la historia cultural, resulta una obra interesante y bien lograda.
        El conjunto de la narración es más bien una historia fría si la juzgamos en términos convencionales. Aunque los dos nervios de la acción (las inquisiciones que el protagonista  hace tras haber descubierto que ha sido personaje de una  novela y las que giran en torno a la inexplicada muerte de otro de los coprotagonistas), proporcionan una dosis de intriga suficiente, ésta no acaba de tener el enganche o empuje que habría tenido en otro tipo de novelas. Esto se debe principalmente a que esas inquisiciones se van resolviendo a base de diálogos más bien filosóficos o intelectuales, que ralentizan la acción y reducen la carga emocional al mínimo imprescindible. Al mismo tiempo, esos diálogos son jugosos y originales,  con frases que son auténticos hallazgos en su contenido y en su estilo. Esto es especialmente visible en la segunda mitad del libro, pues en la primera, de vez en cuando, hay algunas frases o páginas donde la repetición de palabras o conceptos (ej. pág. 52) puede llevar a  pensar en una excesiva limitación léxica por parte del autor. De la misma manera hay que elogiar los numerosos guiños al lector que hace Antonio Prieto, como el alias de ese delincuente llamado Zapatos, que no puede dejar de evocar a cierto político español, o ese giro que se produce en las páginas finales de la novela, donde se da una vuelta de tuerca más a la confusión entre ficción y metaficción, para dejar toda la historia en una incertidumbre ideal. Eso creo que es lo que quiere decir el título del libro, que realmente es una invención (un encuentro, un invento, una ficción) para esa confusión de ámbitos y de identidades. 
        En resumen, una novela casi exclusiva para los aficionados a la metaliteratura, pero que en este ámbito funciona bastante bien, a pesar de algunas limitaciones mínimas de construcción o de lenguaje. (Antonio Prieto: Invención para una duda. Barcelona: Seix-Barral, 2006, 223 pp.). 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Las virtudes peligrosas (Ana María Moix)

Esta colección de cinco cuentos más o menos largos me ha parecido un poco desigual. Empezando con los méritos, no puede negarse la facilidad para la palabra y la fluidez léxica de la autora, cuyas palabras parecen nacer sin esfuerzo y llegar al final de cada cuento sin notarse desgastadas o repetitivas. Es un estilo de tonos 'proustianos', de frases largas aunque no excesivamente alambicadas o sinuosas. De todas formas no será fácil de leer para quienes gusten de sintaxis lineales y transparentes. También me ha convencido la intensidad que la autora logra en algunos de esos relatos, especialmente en "Los muertos", el que más me ha gustado, aunque también creo que en este caso hubiera convenido un tono más lúdico y menos angustioso por la intención satírica (hacia el mundo literario y cultural español) que late en el fondo del relato.

Menos me han convencido la perspectiva narrativa y la cosmovisión que se percibe en ellos. La voz narrativa es casi siempre una conciencia que narra o evoca desde el interior de sí misma, con poco o nulo espacio para el narrador externo o tradicional, o para  una presentación 'objetiva' de los hechos que permita al lector acercarse a éstos sin la mediación de una subjetividad tan absorbente. Al final, la atmósfera resultante es más bien claustrofóbica, y creo que más de un lector echará de menos un poco de aire libre. Desconozco el resto de la narrativa de Moix, y no  sé si usa otros registros o no; si lo hace, confío en que lo haga con tanta maestría como lo hace con éste; pero si no, la verdad es que me parecería más una limitación que un mérito.

Tampoco las anécdotas narradas me han acabado de llenar. Dos de ellas ("Érase una vez" y "El problema"), tienen cierta originalidad, aunque son demasiado tópicas en su posmodernidad. La primera es una deconstrucción de los cuentos tradicionales clásicos -algo que abunda y sobreabunda por ejemplo en el género del microrrelato- y la segunda es la reivindicación de la incertidumbre frente a cualquier certeza o cualquier identidad prefijada. Nada nuevo en este sentido. Finalmente, el relato que da título al cuento tiene sus momentos de intensa individualidad, pero en el fondo se queda en una revindicación ideológica demasiado obvia y simplificada como para considerarla verdaderamente humana. Como ejemplo, la autora lucha para hacer del general un personaje de carne y hueso pero al final se queda en un simple arquetipo  del patriarcado y la tradición. 


En resumen, una colección de relatos para admirar esa conciencia narrativa que se extiende invadiendo todos los espacios, para admirar también ese lenguaje tan bien unido  a esa conciencia y unos relatos que, en sí mismos, resultan redondos y bien acabados. Pero seguramente tampoco se podrá evitar un recelo hacia esas narraciones  con un sólo punto de vista, con una subjetividad casi obsesiva y con un clímax que no se da tanto en la anécdota cuanto en los vaivenes de esa voz que las relata y que deja al lector un campo de acción excesivamente reducido. El libro ganó el Premio Ciudad de Barcelona en 1985. (Ana María Moix: Las virtudes peligrosas. Barcelona. Lumen, 2002, 191 pp.).



martes, 5 de octubre de 2010

El sueño de Venecia (Paloma Díaz-Mas)

Del entusiasmo al casi-desencanto, así es como creo que podría resumir el itinerario de mi lectura de esta novela, de cuya autora conocía el cuento "Las sergas de Hroswith", de grata memoria. El libro está organizado en cinco capítulos y en torno un hilo conductor que son los vaivenes de un cuadro-retrato de los dos protagonistas del primer capítulo. Este primer capítulo es realmente un logro en cuanto a imitación del castellano del siglo XVI se refiere. Precisamente ahora estoy explicando 'El Lazarillo' en mis clases, y a veces he sentido como si fuera un 'tratado' más del libro que dio inicio a la picaresca. Quizá pueda resultar forzado el 'final  feliz' de la historia, con la boda del pícaro con una mujer que podría ser casi su abuela, pero la forma de recrear la vida del Madrid del Siglo de Oro, los guiños al lector de El Lazarillo con ese Zaide negro que recuerda al padrastro de Lázaro, o ese nombre de Pablos tomado de El Buscón, hacen de este capítulo una pieza casi única.

El resto de los capítulos sigue una tónica semejante. Se pasa luego a comienzos del siglo XIX, a través del género epistolar, y por medio de unas cartas escritas por un viajero inglés en la España de Carlos IV volvemos a encontrar el cuadro, con su historia ya un poco más distorsionada. El siguiente capítulo es una recreación de la España del realismo burgués de mediados del  XIX, con un narrador omnisciente, un lenguaje un poco prosaico, una historia de líos más o menos matrimoniales y el cuadro que aparece al final un poco  más irreconocible. En este caso creo que el homenaje es en parte a 'La Regenta', con ese indiano galante de nombre Álvaro y que quiere ser una réplica de Álvaro Mesía, el seductor de Ana Ozores. El siguiente nos ubica en la España de la posguerra, con un narrador de novelas experimentales que habla desde la perspectiva de una niña lectora del
capitán Trueno y en cuya habitación se encuentra el cuadro ya completamente transformado. La conclusión llega con el informe final, que parece remedar el estilo de los catálogos de anticuarios o de salas de subastas o de exposiciones de pintura. Al final una versión falsa de la historia del cuadro queda consagrada como verdadera o más plausible la versión real de la misma resulta descartada por ridícula.

Como puede verse, los méritos del libro dependerán del aprecio que el lector tenga por la metaliteratura y la consideración que le merezca la habilidad de Díaz-Más para imitar los diferentes estilos. A mí particularmente me han convencido el primer y el cuarto capítulos. El segundo y el tercero me han parecido bastante más tópicos, aunque quizá esto sea inevitable, ya que se trata de evocar esas épocas históricas tal como las ha reflejado la literatura.  Así toda esta metaliteratura se convierte en el mérito y en la limitación de la novela, pues por un lado muestra la habilidad proteica del estilo de Díaz-Mas pero por otra encierra esas historias en unos motivos que pueden llegar a ser lugar común y a aburrir al lector 'más ilustrado'. Por lo mismo, los lectores que no hayan leído la picaresca, la literatura epistolar del XVIII, la literatura de viajes, o los otros tonos que trata de revivir la novela, acabarán entendiendo ésta de forma bastante limitada. Algo parecido puede decirse de la conclusión final, es decir la ironía sobre la verdad y la ficción, sobre la confusión entre verdad y mentira. Original dentro de la novela, pero tópica y demasiado repetida en la narrativa posmoderna.

A
l final una narración entretenida y quizá iluminativa para lectores con interés por la historia literaria y la metaliteratura, pero quizá demasiado monótona para aquellos que ya estén familiarizados con ese mundo. La novela ganó el Premio Herralde de novela en 1992. (Paloma Díaz Más: El sueño de Venecia. Barcelona: Anagrama, 1992, 221 pp.).



lunes, 9 de agosto de 2010

La escala de los mapas (Belén Gopegui)

En esta novela de Gopegui me ha dejado realmente sorprendido, para bien, el empleo del lenguaje, muy cuidado, muy original y que además da la sensación de fluir de forma natural y sin esfuerzo. El texto se llena de expresiones felices y de metáforas únicas con un continuo sabor de novedad, sin llegar a cansar, y tan personales que difícilmente pueden convertirse en tópicos. El lector tiene la sensación de caminar de acierto en acierto y de ir descubriendo nuevas posibilidades del idioma en cada párrafo y en cada página.

Con el argumento y los personajes no soy tan entusiasta, aunque sigue habiendo logros realmente ejemplares, como esa figura femenina de Brezo, que en una novela con más vuelos podría haberse convertido en un personaje antológico, en una amada ideal en la estela de Beatriz, Laura o Dulcinea. El amor que por ella siente Sergio Prim, el propietario de la voz narrativa, es también único y consigue salvarse de los tópicos, aunque a veces la relación se vive en tonos de un sexualismo automático más evocado que descrito y más propio de Hollywood que de una historia de amor con conflictos psicológicos de hondura. 


Esa voz narrativa es también un acierto, en su mayor parte. Es una voz que se dirige a la vez a los lectores y a Brezo, y a veces a ella misma, retratando perfectamente la fragmentación interna de Sergio, el pusilánime antihéroe de la  narración. Un antihéroe muy posmoderno, que anhela los refugios y  huye de la posibilidad de la verdad, buscando o viviendo entre los huecos de esa realidad que le resulta abrumadora  e intentando ubicarse en el vacío, en esa escala de los mapas del título, en esos mapas que por alterar la percepción del espacio convierten el mundo en algo relativo y maleable.


Pero aquí es donde veo también la mayor debilidad de la novela. Se ha querido construir toda la historia sobre la base de la voz narrativa, y a menudo ésta se pierde entre los brillos del estilo y las divagaciones intelectuales, la anécdota se difumina  y el libro parece convertirse en una novela de tesis, ideológica, demasiado filosófica, que sobre todo desencarna a Sergio y hace que éste sea más un ser de papel que de carne y hueso. Al final, el sentido de realismo y verosimilitud quedan gravemente disminuidos. Recuerda un poco a los protagonistas de
Los juegos de la edad tardía, de Luis Landero, pero si allí la visión irónica y lúdica del autor justificaba  la delicuescencia de los personajes, aquí me parece que la figura tan disminuida de Sergio  no casa con el tono de seriedad y trascendencia que se quiere para la narración. Un poco menos de intelectualismo y un poco más de realidad, y para mí la novela hubiera merecido con toda justicia el Premio Tigre Juan que recibió en 1993. (Belén Gopegui: La escala de los mapas. Madrid: Anagrama, 1993, 229 pp.).




lunes, 10 de mayo de 2010

Soldados de Salamina (Javier Cercas)

Aunque se trató de todo un best-seller y una consagración  de su autor, su lectura a mí me dejó con 'mixed views', como dicen en EE.UU. Me llenaron completamente la primera y la tercera parte, por su hábil simbiosis de realidad y ficción, el nacimiento y desarrollo natural y fluido del argumento, y el arribo verosímil a un clímax tan interesante como humano, y al mismo tiempo tan antiheroico y posmoderno. La segunda parte me pareció –y espero estar equivocado- un pastiche literario y lingüístico al que todavía no acabo de ver redimido de ninguna manera.

     De todas formas el resultado final merece la pena, sobre todo si uno está cansado de maniqueísmos sobre la Guerra Civil, pues la novela recupera esos momentos de la contienda en que ni todos los malos son malos ni todos los buenos son buenos. O donde el corazón del hombre asoma en sus dudas, incertidumbres y medianías, y la conciencia en su libertad responsable. Fácil de leer para los alumnos, que agradecerán también la visión nada maniquea de un conflicto bélico que, como todos los demás, tanto se resiste a simplificaciones (Javier Cercas: Soldados de Salamina. Barcelona: Tusquets, 2001).



jueves, 6 de mayo de 2010

Juegos de la edad tardía (Luis Landero)


Una de las novelas que más me ha interesado hasta ahora. Aunque al comienzo al argumento le resulta un poco difícil aterrizar y encontrar referentes reales, el resultado final es la aparición de un micromundo único y original, que es lo que creo que hay que pedir a todo novelista. Aparte de ello, o precisamente por ello, algunos de los logros son tan únicos como realmente hilarantes y apropiados para el tono de la novela (la asociación de maridos cornudos, por ejemplo). Recordar los méritos estilísticos y formales del autor no está de sobra en este caso. No es que se trate de una novela del lenguaje ni experimental, pero sí ha conseguido demostrar que el castellano literario todavía puede renovarse y salir de la medianía en la que se mueven tantas otras narraciones. De todas formas aunque a Landero se le sigue adjetivando como escritor cervantino, me parece que su perspectiva paródica es menos humana y un poco más agria que la del autor del Quijote. Sus personajes no llegan a ser humanos, aunque encajan perfectamente en el mundo que para ellos y con ellos ha querido crear Landero. A mis alumnos se les hizo un poco pesado leerla por esa dificultad para aterrizar referencialmente el mundo de la novela y algunas complejidades léxicas y estilísticas, pero aquéllos que entraron a fondo quedaron bastante satisfechos del esfuerzo. (Luis Landero: Juegos de la edad tardía. Barcelona: Tusquets, 1989; Premio de la Crítica 1989, Premio Nacional de Literatura, 1990).


miércoles, 5 de mayo de 2010

Corazón tan blanco (Javier Marías)


Algunos logros de esta novela son realmente sobresalientes, aunque otros me pusieron los pies en el suelo e hicieron que bajase a Marías de las nubes donde lo han colocado algunos hagiógrafos. Entre los primeros, sobre todo, es magistral esa organización del argumento en torno al leit-motiv de los pares y parejas que escuchan y ven, o son escuchados y vistos, pero nunca establecen una comunicación plena. Pero en este caso –no así en Negra espalda del tiempo– no me llenó tanto ese lenguaje que algunos califican de proustiano,y que quizá lo sea, y que sin embargo no me parece a la altura de los deseos interiorizantes que Marías pretende aquí con sus personajes. La escena desencadenante del desenlace me recordó quizá demasiado al recurso un poco forzado que utiliza Clarín en La Regenta para dar inicio al  anticlímax de su novela. Lo mismo puede decirse de algunas reflexiones acerca del matrimonio, por ejemplo), o la tesis principal del libro (sobre la conveniencia de saber o ignorar la verdad). Como problemas novelescos o ficcionales, no dejan de ser interesantes. Cuando se les ubica en un nivel filosófico o de la vida práctica, que creo que es adonde quiere llevarlos Marías, no aguantan el mínimo embate serio. ¿El pensamiento débil, quizá? Algunos de mis alumnos disfrutaron la novela, y a otros les pareció demasiado interior y repetitiva o con un morbo innecesario en algunos momentos. (Javier Marías: Corazón tan blanco. Madrid: Anagrama, 1992; Premio de la Crítica 1993).
  
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