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martes, 24 de noviembre de 2015

Arturo Pérez Reverte: 'La reina del sur'

En la entrada anterior mencionaba que para algunos críticos ésta puede ser la mejor novela de Arturo Pérez Reverte. Coincido con ellos en parte y digo que  también me ha parecido mejor que El club Dumas y, por supuesto, que las infumables historias de Alatriste. A La reina del sur no se le pueden quitar méritos, entre ellos la abundancia y propiedad del léxico coloquial mexicano y el del hampa narco en particular; igualmente, aunque la historia no se cuenta de forma líneal y hay varios saltos en el tiempo, éstos no son tan complicados como para perder al lector o distraerle con asuntos secundarios; en varios momentos la acción es realmente trepidante y entretenida; las líneas o cabos de la acción se atan y desatan con soltura y los momentos de tensión están bien organizados, para dar un constante crescendo a la historia. Y algunas cosas más, como algún momento de lirismo bastante conseguido y que no suele ser frecuente en el estilo de Reverte.

      El mayor mérito, sin embargo, me parece el derivado de la experiencia periodística de Pérez Reverte. Al contrario de lo que le pasa en Alatriste, donde esa  recreación de la vida y el lenguaje de la España de los Austrias suena a erudición muerta y acartonada (comparado con La gloria de Don Ramiro, de Enrique Larreta, por ejemplo), el mundo de La reina del sur es un mundo cercano, que se nota experimentado o visitado en carne propia  y en primera persona, y todos los datos sobre las maniobras de los narcos, las corrupciones políticas, las investigaciones policiales se perciben al alcance de la mano. También, si se quiere, uno puede entender como mérito de la deuda-homenaje y la cargada intertextualidad que Pérez Reverte sigue mostrando aquí con Alejandro Dumas, pues la novela en cierta parte es la historia de una venganza similar en trabazón a la de El conde de Montecristo, que además es también la lectura de cabecera de Teresa Mendoza, la protagonista.


      Pero las limitaciones no me parecen de escasa importancia tampoco, y coinciden en general con los tópicos del bestseller que enumeraba David Viñas en su libro  sobre este tipo de literatura,  aunque también hay que decir que en algunos de esos tópicos La reina del sur se contiene de forma meritoria: personajes estereotipados, el itinerario del personaje principal  como Bildungsroman, componentes didácticos innecesarios, sexo a tiempo y a destiempo (y aquí Reverte no consigue medirse), sentimentalismo facilón, frases o sentencias que quieren ser literarias o filosóficas y se quedan solo a medio camino, protagonista 'larger than life', exotismo, etc. 


       Mis mayores reparos vienen de esos personajes que no alcanzan a tener vida propia, pues siempre acaban estando cortados por la peculiar personalidad del autor, que hace que sus caracteres y acciones se parezcan demasiado a los de un spaguetti-western o a una novela de Marcial Lafuente Estefanía, con una acartonada mezcla de rudeza, hastío y, como dirían los mexicanos, de valemadrismo. No es que esto esté mal, pero sí me lo parece el hecho de que Reverte, al contrario de otros escritores, no sepa crear personajes diferentes. Aunque aquí no se cae en el fácil maniqueísmo de otros bestsellers  (todos los personajes parece moverse o al margen de la ley o al margen de una moral general), lo cierto es que sin personajes redondos y únicos es muy difícil hacer una novela digna, y menos que la historia que contar sea a la vez buena y profunda. 


       Por eso tampoco me gusta el final, todo lo electrizante que se quiera, pero demasiado peliculero y en nada semejante al de una novela bien redondeada. Es lo que los americanos llaman 'flat final', es decir, un final sin relieve, demasiado obvio y esperable. La conclusión recuerda irremediablemente a esas películas 'basadas en un hecho real' que se cierran contándote la vida que siguieron sus personajes.  Y que el autor te haga esto después de haber repetido por activa y por pasiva que la lectura es mejor que  la televisión el cine y que la literatura es quizá la única redención posible, no deja de ser seriamente contradictorio. 

     Y aparte dejo  el mundo sombrío o pesimista de la novela. Quizá no quepa otra posibilidad en un mundo de novela negra como el que se nos quiere pintar aquí, donde sí aparecen algunos personajes más o menos heroicos o idealistas, pero al final el cinismo y el sarcasmo son los que acaban dominando el cotarro. Por todo ello me parece que La reina del sur no es una mala novela, pero tampoco una narración de primer orden. Y sigo con la duda de que su autor sea capaz de escribir algún día esa gran novela que lo instale entre los grandes.  (Arturo Pérez Reverte: La reina del sur. Madrid: Punto de lectura, 2010, 522 pp.) 





martes, 17 de noviembre de 2015

'La reina del sur' debería venderse con diccionario (Arturo Pérez Reverte)


He empezado a leer La reina del sur, que para algunos es la mejor novela de Pérez Reverte. Hasta ahora no puedo desmentir esa opinión, pero lo que llevo leído tampoco me parece que sea para tirar cohetes. Un mérito que de todos modos sí tengo que reconocer es la riqueza y amplitud de vocabulario  que el autor maneja en los dos principales registros del libro, el del habla coloquial mexicana y el del léxico geográfico y marítimo. Con el primero estoy familiarizado por los años que llevo viviendo en el sur de Texas y las temporadas que he pasado en México, así que no he tenido muchos problemas para descifrarlo. El segundo me parece más lejano, por ser de tierra adentro y no haber navegado tanto como el Capitán Nemo.  Por eso he echado de menos algún mapa o glosario al final del libro. Pero también creo que la mayoría de los lectores se perderán más de una vez con tanto vocabulario nuevo o especializado. Esto, por supuesto, no es una limitación del escritor, pero sí puede serlo de la editorial, que quizá debería haber seguido el ejemplo de otras para obras semejantes. No sea que al final al lector se sienta naufragar, como les ocurre a los marineros del divertido microrrelato de Ana María Shua, que reproduzco abajo: 

"¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio."


Y la próxima semana, la reseña.

sábado, 30 de mayo de 2015

Antonio Muñoz Molina: 'Como la sombra que se va'

Estaba pensando leer Como la sombra que se va, de Muñoz Molina, pero después de ver la reseña que le hacen en Estado Mental (aquí), me he quedado sin gana alguna de ello. Quizá me arrepienta y la reseñe más adelante, por aquello de que todo crítico (y todo editor) debe leer lo que comenta. De todas formas, después de esto y de Hombres buenos, de Pérez Reverte (mi reseña aquí), a uno sólo le viene a la cabeza la idea de que actualmente en España tanto las editoriales como los escritores nos están tomando por tontos. O  que la literatura pretendidamente seria está cayendo en la dinámica del best-seller. Aunque hay sus excepciones, lo normal es que una buena novela salga espontánea o tras varios años de trabajo, pero muy pocas veces como fruto de un contrato previo. Y es como ahora funcionan la mayoría de los consagrados, también los académicos. Una pena. Y ya me gustaría ser más optimista. Mal ejemplo nos dan quien más deberían. (Antonio Muñoz Molina: Como la sombra que se va. Barcelona: Seix Barral, 2014, 536 pp.).

miércoles, 29 de abril de 2015

Arturo Pérez Reverte: 'Hombres buenos'

Interesante metaliteratura pero
tópica moralina y
mediana como novela
Aunque al comienzo y durante buena parte de su lectura, esta novela me estaba pareciendo un poco más ambiciosa que otras de Reverte, al final no he podido evitar una sensación de fuerte decepción. Sobre todo porque no me parece que Hombres buenos vaya más allá de las novelas de tesis del siglo XIX, donde todo se sacrifica a una moralina directriz y se perjudica así lo que hace más duradera a una novela, como suele ser la humanidad de sus personajes, la autonomía de su argumento o la propiedad de su lenguaje.

Hombres buenos no cambia  mi opinión sobre su autor, del que ya he reseñado aquí alguno de sus Alatriste, El club Dumas y El francotirador paciente. Me sigue interesando su afán de contar historias, su empeño para documentarlas seriamente y su habilidad para construir escenas sueltas. Menos me convencen como logros literarios la monotonía de sus diatribas o ese estilo que no acaba de encontrarse a gusto en los niveles lingüísticos más exigentes.  

Y reconozco que a esta novela no le faltan méritos. Entre ellos y de forma principal la esa dimensión metaliteraria conseguida con alternancia de voces entre el autor-novelista que recuerda  la elaboración de la novela y el narrador que cuenta el viaje de los dos académicos. Como asumo que la primera es realmente histórica,  creo que se trata de un libro  especial pues lo normal es que en casos semejantes los autores-novelistas (Juan Valera en Pepita Jiménez por ejemplo) llenen de ficción lo que presentan como  verdadero.  Otros méritos serían la labor de documentación acerca de asuntos como los fondos bibliográficos de la Academia, la literatura libertina, la historia de la marina, la sociedad y costumbres francesas del siglo XVIII, etc, etc. 

Pero al final, me parece que las disquisiciones y debates filosóficos de don Pedro y don Hermógenes, y sobre todo las ideas encarnadas por el primero, acaban empañando seriamente la historia y la vida propia de los personajes. Obviamente, si lo que pretende Pérez Reverte es que nos quede claro lo que piensa él acerca de la tensión entre fe y razón, o de su querida y la vez denostada España, eso está plenamente conseguido, y no creo que haya que objetarle nada, salvo que quizá es la misma historia de siempre. Pero si lo que pretende es crear personajes de carne y hueso me parece que se queda muy lejos.  

Tanto don Pedro, como don Hermógenes, don Manuel o don Justo parecen ser sobre todo figuras de cartón-piedra, símbolos inertes de lo que Pérez Reverte consideraría respectivamente un caballero ideal, un catolicismo dialogante (y un poco tonto), un catolicismo atrincherado o casposo y una pedantería erudita. A veces sí hay respiro de humanidad en ellos, pero es precisamente cuando dejan esos papeles...Esto, por supuesto, tiene el peligro de las reducciones maniqueas. Nada intermedio, nada que haga a unos o a otros cambiar lo prefijado, nada que recuerde zonas grises, vaivenes interiores o posibilidades contrarias. En este sentido quizá sólo quepa salvar a Bringas, probablemente el personaje más auténtico e irreductible de todos.  

Porque tampoco Pascual Raposo, el malo-malo de la peli me ha parecido tan bien conseguido. Es más bien un ejecutor autómata, que pasa la mitad de la novela con prostitutas que nada tienen que ver en la historia y la otra mitad cumpliendo su encomienda pero desde desde lejos y sin mojarse. Y, por supuesto, sus aventuras con esas cortesanas son completamente prescindibles; pocos episodios he leído tan inútiles para una novela como el de las relaciones entre Raposo y la maritornes parisina.  Con la cantidad de historias e incidentes más en línea con la historia principal que se hubieran podido crear en el París prerrevolucionario... Diem perdidi, que dirían los romanos....

Y pasando a la anécdota, como ya he dicho, creo que estamos ante una novela de tesis; por ello demasiado frecuentemente la aventura queda en un segundo plano. Al final de su lectura lo que seguramente el lector acabe pensando es qué bonitos son los ideales ilustrados ejemplificados en don Pedro y cuánto vale sacrificarse por la cultura y el libro…, o cosas análogas. No creo que ese lector acabe viendo en esos personajes figuras verosímiles ni que la historia se haya desarrollado como una novela de aventuras: los viajes de ida y vuelta a París sólo tienen cada uno un momento de complicación, la estancia en París transcurre casi toda entre diálogos filosóficos y galantes y escenas de cama, y por momentos la Enciclopedia o parece prácticamente olvidada o se llega a ella de  forma relativamente facilona,  sin nada que recuerde a la tensión de una buena novela detectivesca. Y qué decir de esa escena inicial del duelo, que luego no es ni mucho menos el asunto principal de la historia… parece como si se hubiera puesto al comienzo de la narración con calzador como una especie de anzuelo, para que el lector quede enganchado con un argumento que, de otra manera hubiera resultado mucho menos atractivo

Dejo de lado otros asuntos menores, unos de mayor agrado o aciertos que otro. Por ejemplo el uso del presente histórico en las escenas de la historia narrada (¿Azorín?), la mezcla de personajes reales e históricos en una pesquisa bibliográfica (¿Borges?), la presencia del profesor Francisco Rico como personaje usado y gastado en las novelas de Javier Marías (el amigo de Pérez Reverte que también publica en Alfaguara), la pulla para Andrés Trapiello (que no publica en Alfaguara), la fragilidad filosófica del racionalismo de don Pedro (que los románticos alemanes o algún apologeta cristiano con más cerebro que d. Hermógenes -F. O'Connor, Chesterton- habrían demolido con un par de frases) o  esos vocablos que me temo sean anacronismos puestos en personajes del XVIII (“rebotarse”, “tío”, “no me jodas”, “tocar los huevos”, “salir de los cojones”)... Pero bueno, ya sabemos que el escritor tiene sus libertades (que sólo la literatura puede limitarle)  y que a Pérez Reverte hay cosas que no puede o no quiere controlar, o que, sencillamente, le importan tres */@*!

En resumen, otra novela de buenas intenciones, que puede funcionar como metaliteratura, pero no como novela, si por esta entendemos el espejo a lo largo del camino de la que hablaba Stendhal o si buscamos algo que vaya más allá de una simple moralina. (Arturo Pérez Reverte: Hombres buenos. Madrid. Alfaguara. 20015, 592 pp.)






miércoles, 8 de octubre de 2014

El Nobel, muy cerca de Marías y de Pérez-Reverte

Bueno, más cerca imposible; lo difícil es saber cuál de los dos está más cerca,   o más lejos...



Las fotos se encuentran en la sección de Flickr del blog de J. Marías pero, no sé por qué, me recuerdan demasiado a las que se hizo Michael Jackson junto a otras celebrities, que pueden ser tanto un homenaje a un amigo o a un maestro como una triste muestra de un complejo de inferioridad; como si los méritos propios no bastasen. Ver fotos abajo:

 

sábado, 28 de diciembre de 2013

Arturo Pérez-Reverte: El francotirador paciente

La última novela de Pérez-Reverte me ha resultado entretenida pero tampoco me ha aportado nada nuevo que no haya leído en otras suyas, e incluso me ha parecido inferior a El Club Dumas y a La Reina del Sur (que ya han aparecido o aparecerán reseñadas en este blog). 

     Creo que lo más le honra Reverte es seguir usando ese periodismo de investigación para poder contar historias ambientadas con bastante precisión en una amplia gama de mundos y ambientes, el de los grafiteros en este caso.      Realmente este aspecto del argumento aparece muy bien documentado y verosímil, con algún momento quizá excesivo como el episodio de Verona, pero en general cumpliendo bien con el didactismo propio de los bestsellers. En este sentido, lo más interesante quizá sean algunas reflexiones y reivindicaciones sobre el arte urbano espontáneo y el valor del graffiti como expresión de rebeldía antisistema. Pero también me imagino que los lectores más críticos sólo van a ver en ello la voz del Pérez-Reverte que desde los suplementos dominicales lanza mandobles a diestro y siniestro contra todo lo que no sea él mismo. Y que esto lo haga un escritor comercial instalado en las oficialidades de la RAE no deja de ser aún más cuestionable.

     El lenguaje de la novela es un poco menos barroco y  más directo que otros anteriores, con unas metáforas o artificios retóricos un poco más comedidos que quizá puedan explicarse también por la brevedad de la narración.

    Pero como artificio novelesco El fancotirador paciente no me acaba de convencer. En primer lugar, la decisión de usar como voz narrativa a una mujer no siempre acaba funcionando. Por supuesto, no es una tarea fácil para un escritor varón –y quizá menos para Pérez-Reverte– encontrar las modulaciones propias del lenguaje femenino,  pero también creo que es algo que se le debe pedir a alguien que se precia de ser miembro de la RAE. Como en otras ocasiones, son muchas las veces que en no sólo en las ideas, sino en el estilo, sintaxis, morfología, etc., queda claro que Lex Varela, la narradora-protagonista, no tiene voz propia, y es simplemente el parapeto desde el que escribe el mismo autor de Alatriste. Una comparación entre sus parlamentos, sus sensibilidades, su forma de ver el mundo y el de narradoras protagonistas de Historia de una maestra (Josefina Aldecoa) o La intimidad (Nuria Amat). La cosa se complica cuando Pérez Reverte hace lesbiana a Lex, pues me parece que sus miradas y comportamientos son mucho más masculinos de lo que el propio autor imagina.

     El desarrollo de la acción tampoco me ha convencido. Es demasiado lineal y episódica. Realmente, desde que Lex empieza su  investigación para llegar hasta Sniper, no se encuentra con dificultades especiales ni el autor parece sentirse forzado o capaz de crear alguna cortina de humo que hiciera más interesante o incierto el resultado de la búsqueda. Lex sólo va de contacto en contacto, sin falsas pistas que despisten, hasta llegar a encontrar al icono de los grafiteros. Hay algunos momentos o escenas inesperadas, pero en general no puede decirse que la novela cree una intriga o incertidumbre semejante a una policíaca. Tan sólo el giro final –demasiado parecido al de El Club Dumas- puede sonar a sorpresa genuina e iluminar el significado del párrafo inicial del primer capítulo.

     Al final un bestseller mediano, que vale más por su contenido periodístico que por sus méritos propiamente literarios. Y que tampoco creo que pase a engrosar la lista de los mejores libros de su autor. No da la impresión de que Pérez-Reverte haya querido superarse a sí mismo con esta novela ni decir nada nuevo a lo que nos ha dicho en otras anteriores. Tampoco creo que valga la pena pagar 20 euros por él. Mejor esperar a que deje de ser novedad o descargárselo en el kindle de turno. (Arturo Pérez-Reverte: El francotirador paciente. Madrid: Alfaguara, 2013, 302 pp.).



viernes, 10 de mayo de 2013

Horóscopos literarios: si eres Aries... (Pérez-Reverte)

Si eres Aries, vas a tener un mes muy agitado. A causa de un malentendido, Pérez Reverte te confundirá con uno de sus habituales chivos expiatorios -críticos literarios, políticos, periodistas, etc.,- y empezará una campaña contra ti en cada una de sus cuentas de Twitter, Facebook, Flickr, YouTube, Blogger, WordPress, MySpace, Tumblr, Pinterest, Instantgram, LinkedIn y Goodreads.

     Como consecuencia tu nombre aparecerá en la sección cultural de ABC, de El Mundo y de El País, y te entrevistarán en TV1, la 2, A3, Tele5 y La Sexta (En la 2 tu entrevista sustituirá al documental de entremesa sobre animales, que ese día se iba a ocupar de los murciélagos rabicortos del Sahara). Todas esas entrevistas te proporcionarán unas tablas televisivas que aprovecharás para participar en el GH como si fueras un fantasma o un personaje virtual, aumentando el nivel de locura y delirio colectivo que ya viven sus participantes y espectadores. Un buen número de gente votará por tu expulsión pero Mercedes Milá no sabrá qué responder y acabará pidiendo ayuda psicológica a Sergio Ramos y a Mourinho. Hollywood se hará eco de tu historia y llamarán a Javier Bardem y Pen Cruz para que te convenzan de las maravillas de mudarte a Los Ángeles y empezar a trabajar como extra en las películas de animación. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Pérez Reverte y 'espejito, espejito...' ('El club Dumas')

En mi reseña de El club Dumas notaba la 'cantada'  o confusión que ocurre en las últimas páginas de la novela. Quienes hayan leído esta recordarán que en esas escenas Lucas Corso y Varo Borja se enfrentan en un clímax apocalíptico y semidemoniaco. Después de todos las peripecias y adivinanzas laberínticas llegamos a la fórmula mágica que ha de leerse frente al espejo para que funcione todo el sortilegio final. Las 'palabras' son las siguientes:





Las cuales, leídas a la inversa, darían: ASÍ ME ENTREGO / ASÍ ME LIBERO / ASÍ ME CONDENO

Pero el caso es que Caro Borja le pide a Corso que les aplique el espejo. Sin embargo, si el lector hace la prueba por su cuenta, el espejo devuelve la siguiente imagen:


Es decir, algo completamente ilegible a no ser por las ayudas de la imaginación. Así que nos quedan las siguientes alternativas: 1) Ni el espejo, ni los protagonistas, ni el autor saben las leyes de la óptica regular. 2) Se trata de un espejo 'supermágico' e inteligente cuya fuerza supera todo lo conocido. 3) Pérez Reverte se está quedando con todo el mundo. 4) Pérez Reverte, tan listísimo él, acaba de descubrir unas nuevas leyes físicas que nos está pasando por los morros a todos, regodeándose en nuestra  supina ignorancia. 5) Al autor le da completamente igual lo que piense yo o los demás lectores que buscan un mínimo de verosimilitud o consistencia en novelas que pretenden ser realistas.

No sé si algún visitante del blog pensará que este detalle es una pejiguera, pero aquí quiero funcionar como 'defensor del lector', y es que te engañen así en el clímax del libro, en la página 487 de las 493 totales, después de haberte traído y llevado por un sinfín de laberintos  y acertijos descabellados, no tiene nombre. Y menos después de lo que dicen de El club Dumas y de su autor algunas citas de la contraportada (edición de 1999, Alfaguara):

"Un auténtico thriller, una trama maravillosamente compleja" (The New York Times) Y tan compleja..., indescifrable diría yo.

"Arturo Pérez Reverte es uno de los maestros del suspense inteligente" (Le Fígaro) Sí, pero aquí se ha pasado y ha dejado completamente estupefactos hasta a los especialistas en efectos ópticos.

"Ni el lector más perspicaz, armado con un diccionario de latín y un ejemplar de Los tres mosqueteros podría anticiparse a las electrizantes sorpresas de este misterio elegante" (The New Yorker). Vamos, que te dan una ecuación sin solución y encima quieres que les des el resultado. Manda h..., que diría Trillo.

(Por cierto, en el espejo de la imagen que encabeza esta entrada 'puede leerse': 'Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha').

domingo, 29 de abril de 2012

Cómo conseguir que ‘El club Dumas’ parezca una buena novela: ‘El juego del ángel’, de Carlos Ruiz Zafón

Al leer El juego del ángel no he podido dejar de ver muchas semejanzas con El club Dumas. Y hasta me han parecido tantas que por momentos he pensado que la novela de Ruiz Zafón ha podido ser una copia, un tributo, una imitación o casi casi un plagio de la de Pérez Reverte. En ambos tenemos un protagonista que vive de y para los libros, una chica  muy espabilada ella que actúa como soporte y principal ayudante de ese protagonista un poco inválido y un poco perdido en todo lo que está pasando, y también ese componente maléfico-diabólico que comparten los malos (o los que parecen malos) en las dos narraciones.  Como se ve todo ello muy típico de la novela de folletín y por lo mismo demasiado repetitivo y estereotipado, como todo buen-mal bestseller

       Y puestos a comparar, creo que
El sello del ángel sale perdiendo, sobre todo en el aspecto estilístico o de manejo del lenguaje. En Pérez Reverte se ve por lo menos un deseo de conseguir un estilo personal  y frases nuevas que huyan de los clichés. En mi reseña de El club Dumas ya dije que ese deseo se queda muchas veces a medio camino. Aquí, sin embargo, ese deseo quizá esté presente en las intenciones de Ruiz Zafón, pero se nota mucho menos y los logros son también mucho menores. Tampoco es un lenguaje pobre o mediocre, pero sí bastante inferior a lo que debe esperarse de un escritor de cierta altura.  Algo parecido ocurre con los diálogos; no noto en ellos ningún intento de adaptar el lenguaje a cada personaje, y por el contrario sí una cierta monotonía en su construcción que acaba aburriendo al lector más paciente. En todos esos diálogos parece como si cada personaje quisiera mostrar que es más listo, inteligente, escéptico, irónico, cínico y posmoderno que su interlocutor. Así cada conversación es un crescendo hacia un clímax final en que uno de los protagonistas sale vencedor y otro vencido. Obviamente, un buen escritor debe mostrar que sabe construir otro tipo de conversaciones, y más en una novela de casi setecientas páginas.

    El argumento engancha un poco a veces y está expuesto de forma completamente lineal y fácil de seguir, pero en general tiene bastantes lagunas. Las primeras trescientas o cuatrocientas páginas, aunque pensadas para preparar la trama, parecen más bien un ir y venir de personajes y escenarios sin rumbo fijo. Más adelante la acción se va acelerando y algunas de esas piezas sueltas empiezan a encajar; también se dan algunos momentos de intriga y giros acertados o sorpresivos, pero el final es más bien una serie de escenas delirantes con componentes de novela gótica que no acaban de encajar bien en la trama policiaca, llena también de tópicos y lugares comunes. Lo mismo ocurre con la conclusión, que quiere ser un final feliz, pero que no pasa de ser una inverosimilitud cargada del intenso melodramatismo tópico del folletín. Y lo mismo en cuanto a los personajes, el patrón vuelve a recordar demasiado al malo-malo de El club Dumas; Cristina, la heroína, es perfectamente intercambiable con cualquier otra joven buena y bellísima, y así sucesivamente…, con la excepción quizá del viejo Sempere, el único personaje que no merecía morir literariamente y que podría haber dado mucho más juego en novelas posteriores. 

   Lo más grave es quizá el anacronismo histórico-psicológico, es decir, es ubicar en la Barcelona de los años veinte a unos personajes cuya cosmovisión es más bien la actual nuestra, sobre todo en el caso del escritor-protagonista, y unas ambientaciones góticas que también me parecen fuera de lugar. Pero, bueno, ya se sabe, en el folletín todo está permitido y no hay que pedirle más de lo que pueda dar.  El problema más serio es que novelas como esta hacen que otras como
El club Dumas parezcan obras de verdadera entidad literaria.

    Para  acabar y compensar mi crítica negativa recojo una de las pocas frases que merecen recordarse. Aunque suena un poco postiza y acartonada no creo que deje de ser cierta: “El tiempo lo cura todo, pensé, menos la verdad”. El tiempo, también, nos dirá si estas novelas perviven o acaban como lo hicieron la mayoría de las estrambóticas  novelas folletinescas del XIX. (Carlos Ruiz Zafón:
El juego del ángel. Nueva York: Vintage: 2008, 667 pp.).


domingo, 22 de abril de 2012

Carlos Ruiz Zafón y su 'extraordinario control sobre el lenguaje' ('El juego del ángel')

Esta nueva sección del blog me la ha inspirado el título de uno de los tratados más conocidos de Gerard Genette, el crítico francés. Se trata de Paratextos, (Seuils), y en él estudia de forma sistemática y exhaustiva las diferentes finalidades literarias y extraliterarias que cumplen esos elementos que acompañan al texto principal de un libro, como pueden ser el título, las ilustraciones, el diseño de la portada, las dedicatorias, etc. Todos ellos comportan una cantidad de información suplementaria pero no necesariamente marginal para lo que suele ser la vida real del libro. Además es donde mejor suelen hacerse visibles las estrategias comerciales y publicitarias del mismo, y por eso pueden dar mucho que hablar en un blog como este, que quiere reivindicar un poco más la importancia de lo propiamente literario.  La sección llevará el título genérico de 'Contraportadas' e incluirá también las 'cantadas' de algunas novelas, al estilo de lo que le pasó a Cervantes con el asno de Sancho Panza o a Pérez Reverte con el espejo en el episodio final de El club Dumas. Comienzo precisamente comentando la contraportada de El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, en la edición de Vintage (EE.UU., mayo, 2008), que no es la original (Barcelona: Planeta, marzo, 2008).
 
    Esta mi primera lectura de CRZ y mis impresiones no son muy positivas que digamos, a pesar de lo que afirme triunfalmente la contraportada: 
 "Zafón (muestra una) minuciosa trama y un extraordinario control sobre el lenguaje". En lo que se refiere a su habilidad estilística, para nada me está recordando esta novela a los logros de Borges, de Luis Landero en Juegos de la edad tardía, o Rubén Darío, por nombrar varios ejemplos (tampoco lo esperaba, la verdad). Es cierto que la contraportada es un poco confusa, pues está dividida en dos columnas de elogios, y la primera de ellas se refiere claramente a La sombra del viento, pero la segunda no se sabe muy bien si es una continuación de la primera o ya se refiere a El juego del ángel. En cualquier caso da el pego y parece que está hablando de esta segunda novela. Y es que estos editores son  muy pillos. O quizá la explicación -más seria- venga porque esos editores no pudieron conseguir mejores elogios para la novela en esos primeros dos meses de circulación, o porque la cita procede de una revista en inglés, Entertainment Weekly, y su redactor ha repetido la nota que le han mandado desde la editorial o tiene un conocimiento de la literatura española bastante mejorable.          
      
    Hasta ahora el control lingüístico de CRZ no me parece mucho más alto que el que veo en algunos blogs escritos a velocidad periodística, como puede ser este mismo. No en vano, el protagonista de El juego del ángel es un escritor que empieza sus andaduras en la redacción de un periódico, escribiendo notas y novelas por encargo. Y como la novela está escrita en primera persona, no es fácil convertir a ese personaje en un alter-ego del autor. Vamos, que al final y en un triple y malicioso salto mortal, uno puede pensar que ese alter-ego o ese ego-ego puede ser también el autor del elogio de la contraportada.

viernes, 23 de marzo de 2012

Encuestas amañadas: Matilde Asensi, el 25M y los cien días de Rajoy

En estos días de agitada actividad política, con las elecciones andaluzas de por medio y una huelga general convocada par el 29M, al cumplirse los cien días de Rajoy, se me ha ocurrido llevar a cabo una encuesta con la siguiente pregunta:   Ahora, casi a 100 días del comienzo del gobierno de Rajoy, me doy cuenta de que el mejor presidente hubiera sido…: 


Las respuestas han sido las siguientes:
1) Espido Freyre, porque así al menos todos los españoles podríamos comer Melocotones helados en Cáritas: 10%.
2) Arturo Pérez Reverte, porque cuando, como a los demás, le descubran en algún lío, siempre podría huir y decir No me cogeréis vivo: 10%.
3) Andrés Barba, porque su gabinete tendría Las manos pequeñas para robar: 10%.
4) Matilde Asensi, por profeta. El título de su libro  Venganza en Sevilla es todo un vaticinio de lo que pasará/habrá pasado con el PSOE en las próximas autonómicas andaluzas: 70%.

viernes, 20 de enero de 2012

Pérez Reverte, la indecencia política y la indecencia sindical

Aunque Pérez Reverte no es uno de mis novelistas preferidos, he de reconocer que su reciente artículo "Indecente" ha dado completamente en el clavo, y no puedo estar más de acuerdo con lo que dice. Al César lo que es del César. Solo echo de menos en él algunas palabras más hacia el vergonzoso papel y los vergonzosos gastos que han supuesto el mantenimiento y las subvenciones de los sindicatos en la pasada legislatura. Obviamente no puedo estar en desacuerdo con el sindicalismo y los derechos de los trabajadores, pero sí y mucho con cómo eso se ha estado llevando a cabo en España. Espero, entre otras cosas, que el nuevo gobierno acabe con las sangrantes prebendas de estos tíos que durante el gobierno anterior se dedicaron a vivir del cuento y a una escandalosa connivencia con el poder. Abajo os dejo un elocuente vídeo al respecto. El artículo de Pérez Reverte aquí.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El club Dumas (Arturo Pérez Reverte)

Pues no me ha decepcionado tanto como me habían hecho pensar mis lecturas de Alatriste, y aunque a ratos ha llegado a entretenerme y a cambiar un poco mi previa opinión sobre su autor, tampoco creo que sea una novela que con el tiempo vaya a pasar a la lista de los grandes libros.   
      Parte de mis reparos se debe al lenguaje de la novela. No digo que sea de léxico limitado o pobre, sino que no noto logros estilísticos de calidad o altura, y por el contrario sí muchas frases o giros que se me quedan muy a medio camino de lo que debe esperarse de un escritor que además es académico. No digo que no haya aciertos aislados, que sí los hay, pero en su mayoría es un lenguaje que es original por ser propio, por ir con la personalidad del autor, pero no por ponerse al nivel de lo que consiguen hacer otros escritores hacer con el vocabulario o la sintaxis del idioma que manejan. Los diálogos, por ejemplo, no son individualizados, y todos los personajes parecen hablar con un único registro, el de su autor. Hay que reconocer que esto tampoco es fácil, dada la cantidad de personajes que aparecen en la novela, pero al menos es lo que deberían mostrar de aquellos que como Lucas Corso o Boris Balkan, el narrador, se supone que se mueven en mundos diferentes. Así todos ellos personajes acaban soltando aquí y allá frases lapidarias que servirían muy bien para un guión de un
spaghetti western. Yendo a lo concreto, no sé qué hacer por ejemplo con frases como “Varo Borja sonreía como un tiburón en busca de un bañista” (p. 69), “Aquello podía ya ser la leche” (p. 355),  o “Corso le hizo un guiño al vacío, descubriendo el colmillo de lobo sarcástico” (399). 
     Otro de los problemas, común a muchos best-sellers, es su componente didáctico o informativo. Es decir, cuando en este caso las reivindicaciones del autor sobre el folletín y la novela de aventuras las lea un conocedor en ese tipo de literatura, me temo que le van a parecer de una simpleza agobiante. Yo no soy experto en ese campo –y en este sentido he agradecido bastante la información ofrecida por el libro y he echado de menos alguna lectura mía al respecto– pero esa es la impresión que saqué en Alatriste y sus opiniones sobre el castellano del Siglo de Oro, que eran ideas que cualquier conocedor de la literatura española ha leído por activa y pasiva en manuales de historia y crítica literaria y que, sin embargo, al leerlo en boca del narrador de Íñigo de Balboa, uno tenía la impresión de que su autor nos estaba contando la invención de la rueda como algo de rabiosa actualidad.
     Tampoco todo es negativo, y me parece que en cuanto remedo y homenaje de las novelas de folletín El club Dumas funciona bien en su a trama, en su tipo de personajes, en los juegos intertextuales, y en esas mezclas de diferentes niveles de realidad (verosimilitud, metaliteratura, lo sobrenatural, etc.).  El argumento llega a intrigar, aunque a veces se sienta demasiado lento. La imbricación de la trama folletinesca y la policial me parece, en general, bien resuelta, aunque también es cierto que el doble desenlace al que se ve obligado el autor puede entenderse fácilmente como un error de cálculo o de proporción. De los personajes realmente no se puede decir mucho, pues Reverte se maneja principalmente con estereotipos, el hérore-antihéroe (Corso), la mujer fatal (Liana-Milady), malos malísimos (Varo Borja, ’Rochefort’), etc. Aunque seguramente se trata de una versión de algún personaje de Dumas, en este grupo creo que también es justo reconocer la originalidad de la chica joven anónima, que es a la vez chico-ángel-demonio y que va ocupar el lugar del Nikón, el antiguo amor de Corso y también un homenaje del Pérez Reverte periodista a la cámara fotográfica.
     Igualmente algunas escenas están bien logradas en narración y perspectiva, como el incidente de Corso y ‘Rochefort’ en las escaleras del Sena, pero otras se me han hecho demasiado morosas y hasta innecesarias en la trama, como la escena erótica entre la chica y Corso. Por el contrario, el arribo a la identidad del club Dumas y el encuentro con su sede y sus socios debería haberse desarrollado  más, primero por ser lo que da título al libro y segundo porque al acabar la novela desconectado de eso y volcado sobre la solución del enigma del libro diabólico todo pierde unidad y el lector se queda con la idea de que realmente habría sido mejor concentrarse en un solo tema –el club Dumas– y haber dejado completamente de lado el segundo. Para acabar de rematarlo, el enigma final extraído del libro demoníaco después de tantas idas y venidas y de tantos cálculos y laberintos se acaba  resolviendo de forma literalmente imposible, pues el reflejo del anagrama final resulta en realidad ilegible en un espejo –como pide el narrador por boca de Varo Borja (p. 487)–, y solo una lectura a la inversa, es decir comenzando por el final, daría el significado del mismo (El lector puede hacer la prueba si quiere: OGERTNE EM ISA leído a la inversa da ASI ME ENTREGO, pero reflejado en un espejo resulta algo completamente distinto y hasta cierto punto indescifrable). Pero el narrador necesita el espejo para mostrar la ‘buena demonización’ de Corso y parece que no le importa saltarse su propia lógica. Y que esto ocurra precisamente en el clímax de esta segunda trama me parece realmente grave y una falta de respeto para los lectores.
     También tengo mis problemas con la perspectiva narrativa elegida por Reverte. Aunque al final la identidad del narrador se revela en una sorpresa bien trabada, por momentos también da la impresión de ser algo a lo que Pérez Reverte no acaba de encontrar el nervio. Le ocurría en Alatriste, con esa voz en off de Íñigo Balboa que quiere ser a la vez omnisciente y testigo, y en El club Dumas en algunos momentos clave. Las explicaciones que se ponen en boca del narrador no dejan de parecerme una excusa: “De nuevo tengo que pasar a segundo plano, como narrador casi omnisciente de las andanzas de Lucas Corso. Así de acuerdo con ulteriores confidencias del cazador de libros, podrá ordenarse la relación de trágicos sucesos que vinieron después” (p. 92). Me imagino que esto tiene que ver con la poética de Pérez Reverte, que busca una narración más simple o directa, inocente, como dice él en algún momento de la novela, pero precisamente en momentos como este es cuando se diferencia un escritor de calidad de otro que no lo es tanto. El primero sabe complicar el argumento para luego trabajarlo y acabar presentándolo como algo simple y asequible (Por si acaso, el recurso de Pérez Reverte al narrador-personaje-antagonista tampoco es original; ya Borges lo había empleado de forma muy similar en “Hombre de la esquina rosada”).
     Creo que la moraleja de la novela va en dos direcciones, la literaria y la existencial, que entiendo como nietzscheana o posmoderna. En la literaria es clara la reivindicación que Reverte hace del folletín, de la literatura de entretenimiento, de la metaliteratura y también del mundo de la lectura y la bibliofilia. Y en esto no hay mucho que objetar, y sí mucho que agradecer. Pero también creo que al mismo tiempo que se puede escribir literatura de entretenimiento se puede escribir literatura de calidad literaria. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán,  y esa lectura inocente que reclama Reverte, que es una de las mejores cosas que tiene esta novela, no puede convertirse en excusa para  desfallecimientos técnicos o estilísticos  como los que he señalado. Libros clásicos de literatura infantil como los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga o La edad de oro, de José Martí, podrían servir de ejemplo para esa combinación.
      Más contradictoria me parece la moraleja niestzcheana que creo adivinar en esos coqueteos de la novela con lo demoniaco, a través de la chica-chico, etc. (Por si acaso tampoco Pérez Reverte es original en este acercamiento, pues antes que él lo han tratado escritores como Clarín –“La noche mala del diablo”–, Amado Nervo –“El diablo desinteresado”–, Julio Garmendía “El alma”, Rómulo Gállegos –“El carnaval del diablo” – etc.). Y en todos ellos ocurre algo parecido a lo que vemos en El club Dumas. Porque si, como quería Nietzsche, hay que estar más allá del bien y del mal, Corso y Pérez Reverte acaban fracasando, y es que al final la relación entre Corso y la chica es, simplemente, una historia de amor, es decir una historia de atracción por el bien y la belleza, como ya habían advertido los clásicos.
     En fin, una novela bastante mejor que lo que conozco de Alatriste, con limitaciones que parecen insalvables, pero que puede ser entretenida si el lector está dispuesto a perdonar a Pérez Reverte un buen número de limitaciones que oscilan entre lo inevitable y lo ilógico. (Arturo Pérez Reverte: El club Dumas. Madrid: Alfaguara, 1997, 493 pp.).





Enlaces: mi anterior entrada sobre Pérez Reverte y Alatriste aquí.

sábado, 20 de agosto de 2011

Pérez Reverte, Isabel Allende y los 'caballeros barbudos'

Los que seguís este blog y os habéis pasado ya por la entrada que dediqué a Pérez Reverte sabéis que no es uno de mis autores preferidos, y que uno de sus libros de Alatriste ha sido hasta el momento el único que no he podido terminar.
Ahora que he decidido ‘darle otra oportunidad’ añado que los principales obstáculos que tengo con sus novelas son su manejo del lenguaje y sus técnicas narrativas. En cuanto al primero, con Alatriste tengo la impresión de que el autor acaba de leerse un diccionario especializado y empieza a soltar esas palabras recién aprendidas vengan o no vengan a cuento, algo parecido a lo que pasaba con Venganza en Sevilla, de Matilde Asensi, también comentado en este blog. En cuanto a lo segundo, sus técnicas folletinescas quedan bien en cuanto tales, y, si se quiere, como homenaje histórico, pero no acaban de mostrar que el narrador sea capaz de armar bien un argumento. En su descargo tengo que decir que mi principal referencia  para las novelas históricas es La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta, y que al lado de ellas, todas las novelas históricas-bestsellers que he leído hasta ahora salen bastante malparadas. Esa novela es un buen ejemplo de la recreación pulida y natural del español del Siglo de Oro que Pérez Reverte ha querido conseguir en Alatriste
     Lo mismo me ocurre con Isabel Allende, de quien tampoco he leído muchas cosas y que tampoco llega a convencerme. Las ideas de sus novelas y cuentos no son malas, pero luego el desarrollo de sus argumentos y tramas, y también el lenguaje, parecen quedarse siempre a medio camino. 
    Otra de las cosas que Pérez Reverte y Isabel Allende tienen en común es su estrategia de autodefensa. Ambos se escudan en el número de ventas y número de lectores, y acusan a los ‘críticos o caballeros barbudos’ de prejuicios o manías persecutorias. La limitación de esas autodefensas es que son más ataques ‘ad hominem’ que demostraciones de su calidad como escritores. Ya sabemos todos que el número de ventas no se identifica con calidad. Algunos ejemplos: Van Gogh, que nunca vendió un cuadro; José de Echegaray, nuestro insoportable Nobel, hoy prácticamente olvidado; Manuel Fernández González, el autor de folletines más popular en la España del siglo XIX  y que hoy tampoco nadie recuerda, etc.  
    Todo lo anterior no implica que algún día yo cambie de opinión, y si alguien tiene alguna sugerencia por ahí es bienvenida, pero por ahora, y antes de la lectura de El club Dumas, acerca de Pérez Reverte e Isabel Allende, sigo pensando como ‘los caballeros barbudos’. Espero que El club  mejore mi visión acerca de su autor, pero añado también que algún colega mío tampoco ha podido terminar el libro. Incluyo en esta entrada un vídeo de Isabel Allende en el que un poco excitada -notar cómo descarga la tensión acudiendo al vaso de agua- lanza su ataque contra los 'barbudos' y después, todo hay que reconocerlo, dice algunas cosas interesantes sobre la ficción.  

sábado, 1 de mayo de 2010

El capitán Alatriste. El caballero del jubón amarillo (Arturo Pérez Reverte)

La primera la empecé a leer por curiosidad, por todo lo que había oído sobre el libro y su autor. Y la acabé por el orgullo de decir que había podido terminarla y poder así hablar algo de él, pero ha sido una de las novelas que más me ha costado terminar y que más veces he estado punto de dejar. Aunque hay que reconocer que algunas de las escenas sueltas están bien descritas, el argumento en su conjunto, el lenguaje y los personajes no pasan de medianos y a veces de pobres. Luego me dijeron que el autor había escrito este libro al alimón con su hija, y todo me encajó un poco más. 

     Decidí darle una segunda oportunidad cuando leí una positiva reseña acerca de El caballero del jubón amarillo. Y ésta no la pude terminar. El lenguaje seguía siendo demasiado mediocre para mi gusto, y la inverosimilitud de la voz narrativa excesiva. Y las reflexiones moralizantes sobre España, insoportables por lo insistentes y a veces por lo vacuas o inoportunas, aunque fuera de la novela no dejen de ser verdad. Por ahora he decidido no leer más libros de la serie de Alatriste y pensármelo dos veces antes de leer alguna novela de APR. Me han dicho que su colección de artículos Territorio comanche, y otras similares merecen la pena. Pero tengo mis reservas. 

      Estas novelas pueden ser útiles para alguna clase sobre la vida y la literatura española del XVII, pero no creo que ayuden mucho a los alumnos o lectores más avanzados o exigentes. (Arturo Pérez Reverte: El capitán Alatriste / El caballero del jubón amarillo. Madrid: Alfaguara 1996/2003).
  

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