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sábado, 30 de agosto de 2014

Natalia Sanmartín Fenollera: El despertar de la señorita Prim

Con este libro me ha pasado un poco lo mismo que con Intemperie, de Jesús Carrasco. Ha sido sobre todo una confirmación de que todavía hay esperanza para la novela española, tan llena de pesimismo, de personajes cínicos, de revanchismos ideológicos, de chaturas estilísticas... No es que la considere una obra perfecta, pero sí de una calidad formal y una originalidad temática y de cosmovisión que la convierten en un soplo de aire fresco en todo ese triste panorama.

     Uno de los principales méritos me lo ha parecido la creación del espacio de San Ireneo de Arnois, que es a ratos un espacio utópico y a ratos un espacio distópico, o sea, ideal y real al mismo tiempo. Hay idealización de personajes y acciones, pero también rupturas e interrogantes, todo ello sin solución de continuidad. Me imagino que por ahí va el simbolismo del nombre del lugar (Ireneo en griego es el masculino de Irene [Paz]), de la misma forma que el nombre de la protagonista, Prudencia, es el nombre de una virtud clásica que al mismo tiempo indica control o dominio estable, pero también capacidad de acometer riesgos y desafíos.

    También me ha gustado  la simbiosis de ese espacio con la originalidad del pensamiento y modo de vida de sus habitantes (y, obviamente, de la propia autora). Sus ideas sobre la educación, el matrimonio, el feminismo, la literatura, el valor de las cosas sencillas, etc., etc., son tan inusuales en la mayoría de las novelas comentadas en este blog que no han dejado de parecerme una agradable sorpresa, en gran parte también por ser políticamente incorrectas.  Lo mismo puedo decir de su reivindicación de la literatura clásica, reivindicaciones a las que me sumo porque que la propia experiencia de profesor de literatura no hace más que confirmarme.  Es mucha la diferencia de profundidad crítica y estética la que veo entre los alumnos que conocen a los clásicos y los que no.

    En lo formal, me parece que el mérito más obvio es la habilidad de la autora para crear esos diálogos en los que las ideas van como sorprendiéndose unas a otras continuamente, que van rompiendo (despertando) el mortecino o rutinario (¿posmoderno?) pensamiento de Prudencia, y que, aunque a veces suenan un poco a moralina, no dejan de presentarse como el fundamento de ese mundo diferente que es San Ireneo y como un revulsivo capaz de reorientar la vida de la bibliotecaria. En una entrevista, la autora aseguraba que algunas de sus lecturas preferidas son Jane Austen, C.S.Lewis, Chesterton y L.M. Alcott; es muy probable que en ellas se encuentre la clave de toda esa originalidad.

    En fin, la
  singularidad de la novela daría para mucho más, pero prefiero dejarlo aquí y simplemente incluirla en mi lista de recomendados y además entre los que más me gustan, que son los de la carita sonriente, que falta nos hace. (Natalia Sanmartín Fenollera: El despertar de la señorita Prim. Barcelona: Planeta: 2013, 350 pp.).



lunes, 12 de mayo de 2014

Mercedes Salisachs: El declive y la cuesta.

Como quizá sepáis hace unos días murió Mercedes Salisachs, a los 97 años. Como pequeño homenaje recupero la entrada que dediqué a El declive y la cuesta, que acabé incluyendo en mi lista de recomendados. En la reseña explicó por qué, y cómo llegué hasta él, después de haber descartado El cuadro y La gangrena

He llegado a este libro después de haber empezado y no haber podido terminar El cuadro, la última novela, muy breve, de Salisachs. Lo que leí de El cuadro me pareció demasiado desigual, con un lenguaje que combinaba con excesiva frecuencia hallazgos originales con prosaísmos y alguna que otra cursilería; por su parte el argumento mostraba una intención moralizadora demasiado obvia y un desenlace más o menos predecible, eliminando así el sentimiento de intriga y de sana incertidumbre que debe rodear la narración de una historia. En descargo de su autora hay que decir que en El cuadro trata un tema de interesante actualidad, y que lo ha escrito a sus 94 años, lo que puede explicar esas limitaciones, pero también la convierte en la escritora en activo más longeva de España y quizá del mundo.

     Cuando fui a devolver El cuadro a la biblioteca eché una ojeada al resto de novelas de Salisachs y esta fue la que más me atrajo (más que La gangrena, quizá por mi mala experiencia con los Planeta) por estar catalogado como novela histórica por su editorial. Por ello, y saltándome el marco temporal que he elegido para el blog, decidí reseñarlo. La primera edición es de 1966, con Planeta, y la segunda de 2004, con Ediciones B. El comienzo de la novela me pareció muy semejante en tono y estilo a El cuadro, pero a medida que iba avanzando su lectura ese estilo parecía como encontrándose a sí mismo, ir tomando cuerpo y unidad para bien; de forma paralela, el argumento iba consolidando la intriga, desenvolviéndose a un ritmo estable y bien mantenido y adquiriendo una tensión climática constante, sin bajones o descansos. Es lo que hizo que no sólo lo acabara sino que realmente me mantuviera interesado hasta su conclusión.
     El declive y la cuesta no me parece una novela histórica típica, pues los elementos historicistas y exóticos están reducidos al mínimo imprescindible, en favor del drama íntimo de los personajes. El argumento se desarrolla en tiempos de Jesucristo y es básicamente la leyenda novelada de la historia de Dimas, el buen ladrón, contada desde la perspectiva de Eva, su madre. La novela tiene unos capítulos iniciales que sirven más  menos de introducción y llega pronto a una especie de clímax que nunca va a desaparecer. Esto es lo que creo que hace especialmente única y lograda a esta novela.  A ello contribuye un lenguaje con tendencia lírica e impresionista, que no es nada rebuscado o difícil, lleno de frases cortas y transparentes, aunque también cuente con algunas repeticiones un poco cansinas. De la misma manera, esa intensidad la consigue la autora desnudando al argumento de todo tipo de descripciones y diálogos que puedan distraer de la acción principal. En este sentido me ha recordado a las sobrias nivolas de Unamuno.  Y también colabora con ese clima la acertada elección que la autora hace de la perspectiva narrativa, que es la de la madre de Dimas, un personaje con el que Salisachs –madre de cinco hijos, uno de ellos muerto en un accidente a  los 20 años– puede identificarse muy fácilmente. Y otra de las razones me parece ser la de haber elegido el evangelio de Juan como principal intertexto, pues es el evangelio que narra con más detalle y patetismo la pasión de Jesús. En cierta manera, leer La cuesta… es como releer la pasión de Juan pero a cámara lenta, desde una perspectiva femenina y con una serie de detalles y aciertos literarios que incluso aumentan el patetismo del texto original.
     Con lo que he dicho creo que ya ha quedado perfilado el lector ideal para el libro. El declive y la cuesta gustará especialmente a los aficionados a la novela histórica, ya que algunos datos y detalles sobre las costumbres judías resultan realmente iluminadoras, y  también porque los personajes secundarios o ficticios y sus acciones se mezclan muy bien con las de los personajes históricos o legendarios y permiten ver la historia tradicional desde otro y original punto de vista. Me imagino también que es una novela que gustará a las madres de hijos e hijas  más o menos “díscolos” (y creo todas las madres se "autoincluirán" en este grupo), pues la mayor parte del argumento descansa sobre las angustias y preocupaciones de Eva ante el descarrío de Dimas, su posterior incomprensión ante la decisión de éste, y el final feliz y al mismo tiempo doloroso en que Eva resulta consolada por otra figura femenina similar.  También me parece que ese lector o lectora tiene que estar interesado o al menos familiarizado con el mundo bíblico o la literatura del Nuevo Testamento o al menos haber visto la famosa película de Mel Gibson. Esto favorecerá bastante más el disfrute de todos los juegos intertextuales que Salisachs lleva a cabo, aunque también me parece que de por sí el drama es lo suficientemente interesante y está lo suficientemente bien narrado como para llegar a todo tipo de lectores. Por último, el final puede parecer, como algunos otros momentos de la novela, demasiado melodramático  o un poco previsible en su generalidad, pero no creo que lo sea en sus detalles y matices, que normalmente es lo que hace meritorias a muchas de las mejores novelas históricas.
     En resumen una novela con méritos formales y temáticos  propios, que puede resultar un poco durilla para los lectores menos dados a estos géneros o temáticas pero también especialmente lograda y atractiva si se lee bajo algunos parámetros concretos. (Mercedes Salischas: El declive y la cuesta. Barcelona: Ediciones B, 2004, 296 pp.).



lunes, 20 de mayo de 2013

Una novela para la inmensa minoría ('La intimidad', de Nuria Amat)


Interesante y original novela de una de las autoras de la que Juan Marsé ha dicho ser una de las mejores escritoras españolas. El título puede despistar un poco y hacer pensar que La intimidad es una novela propiamente psicológica; sin embargo, al final, lo que tenemos es un entretenido monólogo enunciado por una voz narrativa que consigue muy bien evitar la monotonía y el estatismo que suele ser propio en este tipo de obras. Todo ello además, en un estilo también rico en recursos retóricos, que huye de los tópicos y las frases hechas, y con una sintaxis variada que sabe combinar frases únicas con paralelismos y recurrentes  leitmotivs en una proporción casi perfecta.

viernes, 16 de marzo de 2012

Álvaro Pombo y los huevos de Unamuno ('Donde las mujeres')

Unamuno clasificaba los escritores en ovíparos y vivíparos. Los primeros eran los que hacían “un esquema, plano o minuta de su obra” y luego trabajan sobre ese esquema, es decir “ponen un huevo y lo empollan”. Los segundos eran quienes  “lo llevan todo en la cabeza”, allí lo dan vuelta y lo gestan, y “cuando sienten verdaderos dolores de parto … toman la pluma y paren… empiezan por la primera línea,  y, sin volver atrás ni rehacer lo ya hecho, lo escriben todo en definitiva hasta la última línea”
No sé muy bien en cuál de los dos grupos incluiría Unamuno a Pombo,  pero probablemente lo haría en el de los vivíparos, es decir, en el de los que no ponen huevos, que también era su grupo preferido.

lunes, 30 de mayo de 2011

La buena letra (Rafael Chirbes)

La lectura de La buena letra ha venido a compensar la decepción que, en diferente grado, me produjeron Demasiadas preguntas e Inés y la alegría. La buena letra es de esos libros que dejan al lector con una actitud final de admiración y con la sana envidia de ser capaz de escribir algo parecido.  
          El argumento y la perspectiva narrativa son bastante sencillos. Ana, la protagonista, cuenta a su hijo en primera persona la historia de su familia inmediata, de sus buenas y –principalmente- malas fortunas en la España de la posguerra. Son varios los recurso que hacen de esa confesión que hacen de ella una lectura fácil y emotiva. Así el tono del monólogo de Ana es familiar y cercano, gracias a una escritura que recurre a la oralidad sin abusar de ella  y que tampoco se pierde en exquisiteces estilísticas. Los capítulos son breves, a veces de una sola  página, pero están llenos de hondas emociones que se presentan al mismo tiempo escalonadas pero sin desmesuras. Por ello el argumento se va desenvolviendo poco a poco, revelando gradualmente y en el momento preciso aquellos elementos y situaciones que hacen que vaya creciendo el sentido de intriga. Así se llega de forma natural hasta el lógico pero también inesperado y doloroso clímax final, donde ese hijo que solo era oyente en los primeros capítulos aparece como protagonista y viene a culminar el itinerario vital de Ana (no puedo ser más específico, pues la novela merece esta discreción).
          A algunas  narraciones semejantes a esta, ambientadas en la Guerra Civil o en la posguerra, les he achacado en este blog cierto maniqueísmo ideológico. Aquí también asoma esto, pero realmente nunca llega a ocultar que el verdadero contenido del relato, que es el mucho más el humano que el político o el ideológico. Y aquí sí, Chirbes presenta unos personajes  y una historia familiar y un ambiente de posguerra que podrían ser reconocible como propios por muchos de sus lectores. Por todo esto, por su exacta brevedad, por la sencillez aparente pero muy trabajada del lenguaje y por ese tono emocional pero contenido, que no llega a extremos  melodramáticos, me ha parecido una novela que puede y debe servir de referencia a muchas otras que van por ahí haciendo mucho ruido y ganando demasiados premios.  
            La nota aclaratoria que Chirbes incluye al comienzo del libro merece también un breve comentario. En ella explica que en esta versión de la novela ha decidido eliminar la adición de un capítulo final o colofón que había añadido en ediciones anteriores. No conozco esas versiones, pero me imagino que se refiere a una posible reconciliación entre Ana y su cuñada Isabel. Si ese es el caso, también pienso que la ausencia de ese capítulo es un acierto.  Sería un episodio que no encajaría bien en una historia que deja espacio para los momentos soleados y los asomos de felicidad y esperanza pero que pretende sobre todo centrarse en los tonos tristes y las desgracias familiares, la hipocresía y el egoísmo de quien se esconde tras una buena letra. Por ello ese final alternativo vendría a alterar todo ese tono tan bien conseguido y tan unitario de la novela. Ana habría quedado completamente desfigurada y su experiencia vital, tal como aquí se presenta, es todo un ejemplo de logro literario. (Rafael Chirbes: La buena letra. Barcelona: Anagrama, 2002, 156 pp.).


miércoles, 19 de enero de 2011

Lo raro es vivir (Carmen Martín Gaite)

Otro golpe de fortuna. Al leer esta novela me ha quedado un poco más claro una especie de idea idea-borrador que tenía en la cabeza y  según la cual clasificaría los buenos escritores dos grupos. El primero sería el de esos escritores en los que se nota el esfuerzo por trabar el argumento, los personajes y el lenguaje de modo armónico y unitario. Al final el esfuerzo da fruto y nos ofrecen una novela bien armada y sólida, pero quizá un poco fría en su perfección. Otro es el de los escritores que parecen serlo por vocación o de forma natural, que no necesitan o no parecen maquinar la combinación de esos elementos para producir su novela, y nos dan una historia, un texto y unos personajes que parecen nacidos naturalmente para esa novela, para esa historia y con ese lenguaje.


      A este segundo grupo de novelas creo que Lo raro es vivir, cuyo título resume muy bien o idea directriz de la narración. El argumento nos viene a decir que la vida es un milagro y un regalo, un milagro que necesitamos saber descubrir y un regalo que no siempre entendemos y que a veces nos hace llorar. Ese argumento -las vivencias familiares, amorosas y profesionales- de Águeda no se desarrolla en forma lineal o cronológica sino que está lleno de varios vaivenes temporales y también de varias formas narrativas pero que en este caso eso no llega a desorientar o cansar al lector. La razón de ese logro, me parece, estriba en que esos momentos relativamente independientes están sin embargo muy bien unidos por el tono que les da la protagonista. En esos episodios descubrimos sobre todo que la vida es el encuentro con todo lo humano (dolor, amor, pequeñas o grandes miserias, pequeñas o grandes amistades, pequeños y grandes desengaños...), y que precisamente todo ello es lo que tenemos que saber aprovechar para crecer y despertar a la vida.

      En esta novela, narrada en primera persona, Martín Gaite aparece llena de recursos imaginativos y estilísticos a cada momento, como si simplemente fuera eligiendo el más apropiado para la ocasión. Así abundan las escenas y personajes impecablemente elaborados, como ese Tomás, que parece un novio perfecto pero posible, o esa inolvidable Rosario Tena, la artista/profesora frustrada y ese abuelo que puede (o no) estar loco. La escena del capítulo final con el abuelo que confunde (¿o no?) a Águeda con su madre, y el epílogo, en que Águeda y Tomás aparecen disfrutando de esa hija que representa la alegría de estar vivo, son un clímax y un desenlace simplemente perfectos. 

      En fin, una novela excelente, y un mensaje que compensa el pesimismo de muchas otras narraciones contemporáneas. Por ello, no me puedo resistir a copiar una cita del libro, que resume muy bien todo lo que esta historia quiere decir: "Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que los que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y de que esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo más raro es que lo encontramos normal" (p. 73; para una cita semejante en otra obra de Martín Gaite comentada en este blog, hacer click aquí; Carmen Martín Gaite: Lo raro es vivir. Barcelona: Anagrama, 1996, 229 pp.).




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sábado, 8 de enero de 2011

El tiempo entre costuras (María Dueñas)

Parece que empiezo el año con buen pie. Esta primera novela de María Dueñas me parece un acierto y una agradable sorpresa.  Un acierto porque es verdad que la novela usa muchos estereotipos y lugares comunes de la novela de aventuras, de la de espías, de la novela histórica y de la novela amorosa, pero también es cierto que la forma de organizar el argumento y la singularidad que alcanzan muchos de sus personajes, especialmente Sira, están realmente logrados.
        Quizá lo más original haya sido el empleo del mundo de la costura, de las modas y del glamour para encadenar el ascenso social, las aventuras y la evolución interior de Sira, la protagonista. A través de él conocemos la vida en el Madrid de la Segunda República, en el Protectorado español de Marruecos, en el Madrid franquista de la posguerra y de la Lisboa de esos mismos años de la II Guerra Mundial en que ingleses y alemanes pugnan por hacerse con los favores de políticos y empresarios. A través de la labor de modista de Sira llegamos también a su cambio de personalidad, simbolizada en esos trajes que se quitan y se ponen, o se hacen y se deshacen continuamente, y también en esos maquillajes y poses que van cambiando con cada situación y a lo largo de todo el el libro.
      No oculto que en su conjunto ese ascenso social de Sira, su propia evolución psicológica de humilde modistilla a espía de primer nivel y algunos episodios concretos me pareceren un poco peliculeros, pero también me parece claro que en la dinámica interna de la novela todo ello está muy bien armado, con los momentos de transición engarzados con naturalidad y sin forcejeos, y salpicados convenientemente de sorpresas y momentos de incertidumbre. Por ello la lectura de sus más de seiscientas páginas no debe hacerse pesada; la intriga se mantiene bien a lo largo de toda la historia y la proyección de cada capítulo hacia el futuro surge naturalmente del propio argumento, sin que la autora necesite sacarse continuamente de la manga algún 
'deus ex machina'.

       A través de ese mundo conocemos también a una gran galería de personajes, tanto históricos  como ficticios, que Dueñas sabe mover muy bien de un lado a otro. Salvo en Sira, en los demás he echado de menos un poco más de profundidad psicológica, pero también creo que esta novela no pretende ir por ese camino y que, a pesar de todo, esos personajes quedan lo suficientemente caracterizados como para que no puedan confundirse con los estereotipos más socorridos. Igualmente la presencia de personajes históricos más o menos singulares como Juan Luis Beigbeder, Rosalinda Fox o Alan Hillgarth hace que los ficticios adquieran más vida y resulten más cercanos y verosímiles. En este sentido, la autora consigue mantener bien el equilibrio, para no hacer de la novela ni un manual de historia ni un mero cuento de hadas ni tampoco una simple invención libresca. Su narración conecta vida, historia y literatura de forma hábil y convincente, y éste creo que es su principal mérito. Su final abierto y algunos cabos que pueden parecer sin atar (¿Ramiro? ¿Ignacio?) hay que entenderlos también en ese contexto.

      He agradecido también que lo referido a la Guerra Civil no se haya convertido en un alegato político barato y la autora haya preferido seleccionar lo más humano de todo ello (el sufrimiento de todos los españoles de a pie, independientemente de la zona en que vivieran). Como las mejores novelas sobre este periodo, aquí tampoco aparecen maniqueísmos tontos o reductores. Otra cosa es su tratamiento de franquistas, alemanes e ingleses, donde casi todos ellos parecen cortados por el mismo rasero, de buenos y malos, y donde creo que podría haberse huido un poco más de los tópicos. Un atribulado o dubitativo agente doble, por ejemplo, hubiera podido ser un buen complemento para todos ellos. 

       Lo mismo puedo decir del lenguaje. No es una novela de una estilista que vaya buscando sistemáticamente frases rotundas e imprecederas, pero tampoco cae en el prosaísmo, en la frase hecha o en la expresión cursi. Lo mejor de todo es que ese lenguaje surge de forma natural, sin que se note el esfuerzo, con frases y expresiones originales que menudean por esas páginas sin llegar a convertirse en una obsesión. En otras palabras, El tiempo entre costuras es una novela mucho mejor escrita que muchos bestsellers que circulan por ahí con ventas millonarias o con autores de nombre casi divinizado. Al contrario que esos bestsellers, el de Dueñas posee un estilo y un lenguaje con identidad propia y con una continua capacidad de evitar el anquilosamiento e inventarse a sí mismos. (Como nota al margen, es probable que algún lector necesite un diccionario español-inglés, sobre todo en las entretenidas intervenciones de Rosalinda Fox.).

      No es una novela profunda, pero si una novela buena (muy buena) en su género, y un buen bestseller. Un interesante debut, como dice Javier Cercas Rueda, bien hilvanada, como afirma Ariodante, y a la que los reproches deben entenderse más como compromisos críticos que como limitaciones serias, como concluye El Cultural. (María Dueñas: El tiempo entre costuras. Madrid: Temas de Hoy, 2009, 631 pp.).


martes, 24 de agosto de 2010

En la penumbra (Juan Benet)

En la penumbra es una buena novela, que puede calificarse también de excelente si el lector o lectora consigue hacerse con el difícil estilo de Benet. El argumento, ambientado en el clima típico de Región, se sostienen bien y aunque no está expuesto en forma lineal, tampoco resulta excesivamente difícil de seguir; además cuenta con la gratificante aparición de varias sorpresas y giros inesperados. De todas formas algunos momentos evocados se me han hecho demasiado crudos y quizá inverosímiles. El desenlace también puede entenderse como sorpresivo e imprevisible, aunque no deja de tener un tono un poco efectista que no casa bien con el tono más intelectual que se destila de gran parte de las conversaciones de los personajes.

Hasta cierto punto lo mejor son los diálogos sobre los que se construye la mayor parte de la novela, especialmente en esos momentos en que los interlocutores muestran sus desacuerdos o su falta de sintonía. La tensión que se acumula en esos casos es altísima y absorbente. El problema es que para llegar hasta ellos hay que pasar por esos monólogos escritos en un lenguaje que es magistral pero que al mismo tiempo lleva tantas vueltas y revueltas que impide una lectura fluida y llevadera.  Es un lenguaje que quiere llegar a todos los sitios, que en verdad lo consigue, pero que a menudo no sabe contenerse y huir de lo supefluo. Por lo mismo, también cabría esperar que el autor hubiera sabido dotar a cada personaje de su modo de hablar propio, y es que el lenguaje de esos monólogos apenas se distingue del lenguaje del narrador, por lo que la vida individual de aquéllos queda gravemente disminuida u ocultada por esa omnipresencia del estilo.

En una entrevista el autor explicaba el origen de esta novela a la que algunos han calificado de novela corta. Yo tengo mis reservas al respecto, entre  otras cosas por la diminuta tipografía elegida por la editorial, que con otro formato habría dado lugar a una novela con una extensión bastante más 'normal'. En la penumbra nació como parte de una novela más amplia, pero que luego acabó tomando vida propia a causa de una sugerencia editorial. Aunque en esa entrevista el autor afirma también haber quedado satisfecho del resultado final, creo que es una novela que sólo va a satisfacer a los incondicionales de Benet o de la literatura más culta y quizá innecesariamente sofisticada. Yo no le niego los méritos, pues la he disfrutado en sus mejores momentos, pero sigo pensando que cualquier narrador debe conseguir que sus personajes tengan vida propia -Benet lo consigue- pero también un lenguaje propio, y 'olvidarse' de que es él quien está  hablando. Eso ha hecho que otros grandes escritores (Chesterton, por ejemplo) nunca hayan podido crear una gran novela. (Juan Benet: En la penumbra. Madrid: Alfaguara, 1989, 182 pp.).







viernes, 30 de julio de 2010

Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi (Juan Manuel de Prada)

Como decía en mi entrada anterior, el personaje de Ana María Martínez Sagi llega a convertirse de la mano del narrador en un personaje cautivador, de carne y hueso, y  a oscurecer relativamente los méritos del conjunto, que también son muchos.
      De todas formas, para disfrutar la novela, el lector  tiene que estar dispuesto a superar varios obstáculos. Uno de ellos es su extensión de casi seiscientas páginas, que queda un poco aligerada por la inclusión de fotografías de los personajes históricos de la novela y por bastantes poemas de Ana María intercalados o añadidos como  apéndices. Otro obstáculo podría ser esa mezcla de géneros que persigue conscientemente el autor para alejarse de la novela más típica. En Las esquinas del aire se combinan lo narrativo con lo periodístico,  la creación con la crítica literaria, y lo histórico con lo ficticio. Es una mezcla que no es tan revolucionaria como se nos quiere hacer creer -desde las Vanguardias  'no hay nada nuevo bajo el sol literario'- pero que aquí funciona muy bien y produce una narración donde es difícil -y tampoco tiene mucho sentido- separar cada uno de esos componentes y tratar de encorsetar al libro en una casilla demasiado específica.  El tercer y quizá principal obstáculo puede ser el conocido barroquismo estilístico de Prada, que se manifiesta aquí también sin pudor alguno, muchas veces con hallazgos felices y únicos, pero  también con ampulosidades innecesarias y repeticiones cansinas. 
     Ese barroquismo y exuberancia verbal hace que en los diálogos se oiga la voz del narrador y no la de los personajes, aunque al mismo tiempo es la causa de que algunas descripciones sean muestras de la literatura más conseguida del presente. Quizá lo más negativo en este sentido haya sido no haber podido escuchar la voz propia de Ana María en las grabaciones magnetofónicas finales, pues lo que leemos allí no son las palabras de Ana María sino el reciclado que el narrador hace de esas conversaciones. Esta, a mi juicio, es una de las mayores flaquezas del libro. Haber escuchado las 'verdaderas palabras' de Ana María hubiera sido la culminación lógica e ideal del libro.
     E
n cuanto a la narración ésta toma la forma de una investigación entre periodística y detectivesca. El progreso se va dando a través del descubrimiento y encadenamiento de esas pistas que van a llevar a los tres investigadores (el narrador-aprendiz de escritor, Jimena, su medio novia, y el librero Tabares) al desvelamiento medido y paulatino de la personalidad y la existencia de Ana María, para concluir en el encuentro final y climático con ella y con ese monólogo en el que se atan todos los cabos y se responden a todos los interrogantes que se han abierto previamente. Los recuerdos de Ana María recuperan una vida marcada por el infortunio pero también por la magnanimidad de su carácter, que, a la vez, no siempre es perfecto. Y recuperan también una época o unas épocas de la historia de España (Primo de Rivera, II República, Guerra Civil, el exilio, el retorno) a través de un personaje que a la vez es protagonista y testigo, que a la vez hace la historia y la padece. 
     Hasta el punto de llegada final, la narración se construye con descripciones de lugares y personajes con un tono a veces un poco crudo y distante, y con cierta predilección por lo grotesco, pero que a la vez siempre parecen ser nuevos y pocas veces llegan a cansar. Hay con escenas que oscilan entre lo propiamente detectivesco, otras realmente conmovedoras y otras genialmente divertidas, como las intervenciones que rodean a Pere Gimferrer, que Prada homenajea y convierte en personaje de antología.
     Uno de los capítulos lleva por título 'Almas gemelas', que  el autor dedica a Elisabeth  Mulder, una poeta contemporánea de Ana María con la que se sugiere una relación que algunos lectores entenderán como  platónicamente lésbica y otros como una simple pero intensa admiración personal y literaria.  Pienso también que el título del este capitulo puede ayudar a entender el interés de Juan Manuel de Prada por Ana María. Por razones familiares, de educación y de convicciones personales, Ana María queda descrita como un personaje con de ideas nada comunes en su momento. De la misma manera, el narrador no deja de lanzar puyas más o menos acertadas y más o menos viscerales contra lo políticamente correcto, contra los monopolios culturales que se hacen desde algunos partidos o instituciones, contra algunas izquierdas anticuadas  y miopes y contra algunas figuras de la vida literaria que aparentan más de lo que son. Quizá por eso le haya resultado tan redondo el personaje de Ana María, por haber visto en él una especie de alma gemela.
      Al final creo que el libro puede caber dentro de mis recomendaciones, aunque lo hago con reservas sobre todo por ese barroquismo estilístico que a veces me parece superfluo e innecesario y esa inclusión de poemas y cartas que no siempre son centrales para la trama. (Juan Manuel de Prada: Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi. Barcelona: Planeta: 2000, 578 pp.).


lunes, 26 de julio de 2010

El feminismo de Ana María Martínez Sagi


Continúo con mi lectura de Las esquinas del aire, de casi seiscientas páginas, que, en general, me está gustando bastante. Por ahora el personaje de Ana María me parece tan bien llevado que creo que va a acabar comiéndose al resto del libro. Y esto sería para bien, pues no en vano el subtítulo de la novela es "En busca de Ana María Martínez Sagi". Mientras la termino, os dejo citando uno de los párrafos que más me ha gustado,  aquél en que Ana María define su feminismo en una entrevista de 1931: "¿Feminista? Sí, si por feminismo entendemos tener conciencia de nuestros deberes, derechos y responsabilidades, y saber conquistarlos y defenderlos cuando llegue la hora, con nobleza y valentía. No se consigue nada pegando gritos y alaridos, y tampoco haciéndose las mártires y derramando unas cuantas lágrimas.  Lo que hace falta es lealtad y comprensión, y con eso es suficiente para triunfar cuando la causa que se defiende es justa" (Juan Manuel de Prada. Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi. Barcelona: Planeta: 2000, p. 205).

miércoles, 21 de julio de 2010

Melocotones helados (Espido Freire)

Novela que ganó el Premio Planeta en 1999 y que lanzó a su autora a la fama. Pero, como en tantos Planetas, no es oro todo lo que reluce. Hay un tono narrativo más o menos uniforme, que se logra mantener a lo largo de toda la historia, y algunos recursos e imágenes que funcionan bien y son resultones y expresivos. Es el caso de la imagen que da título a la novela, esos melocotones helados cuya receta exacta nadie ha podido repetir y que es como un presagio de todas las vidas truncadas o frustradas que rodean a las tres generaciones de la familia protagonista. También me parece un acierto fundamentar la dolorida y taciturna vida de  Esteban en su etapa con las Kodama. Por su lado, la narración pretende ser más lírica y evocativa que épica o propiamente narrativa, y a veces el lenguaje ofrece hallazgos felices y momentos poéticos dignos de releerse, pero en otras ocasiones, y en general en toda la novela, ese ambiente difuso y más evocativo que descriptivo acaba dañando la narración, y haciéndola demasiado vaga, exigiendo del lector esfuerzos inesperados por hilar y hacer aterrizar la historia.

    También creo que daña a la novela la técnica fragmentaria elegida por la autora, que la obliga a crear elipsis innecesarias, a dar demasiados saltos en el tiempo, también innecesarios, y a producir un conjunto de escenas que al final dejan demasiados datos en el aire, demasiados cabos sueltos, demasiados elementos en un segundo plano también demasiado oscuro. La desdibujada secta del Grial o los episódicos personajes de Blanca y John parecen meras comparsas para justificar los destinos o caracteres de las dos Elsas mayores. Por lo mismo los desenlaces o clímax de las diferentes historias resultan también al final un poco débiles o aguados.


     No estoy seguro tampoco de que los componentes realistas y góticos o fantásticos del libro se combinen armónicamente. Los 'amigos invisibles' de la pequeña Elsa, su muerte, su entierro, el 'casual' encuentro con sus huesos, las truculencias y ritos del Grial, o sus momentos de novela policiaca, quizá deberían haberse sustituido por otro tipo de recursos más acordes al mundo ordinario y más bien crudo y cotidiano en el que viven el resto de los personajes, y especialmente, Elsa, la pintora. Ésta puede estar bien conseguida como personaje de apertura y cierre de la novela, pero  parece vivir en un mundo donde todo lo anterior no puede ser más que fruto de la fantasía o del delirio. 


    En resumen, una novela desigual, con momentos y asomos interesantes y logrados, pero con demasiados cabos sueltos, demasiados personajes e historias a medio contar o a medio hacer y también con una técnica narrativa y un lirismo que oscurecen una narración que podría haber sido y haberse contado de forma mucho más interensante.  Útil para clases sobre narrativa fragmentada, pero quizá para pocos temas más. (Espido Freire: Melocotones helados. Barcelona: Planeta, 1999, 328 pp.).




viernes, 16 de julio de 2010

Historia de una maestra (Josefina R. Aldecoa)

Hace tiempo leí A ninguna parte, una colección de cuentos de esta autora, de los que guardo un grato recuerdo por su visión tan humana y cercana de los más débiles, especialmente de los niños, y los propensos a la tragedia. Todo ello narrado sin alardes estilistas, con tersura y sobriedad, pero también con cuidado y exigencia. Y eso era lo que me esperaba en esta novela. Lo he encontrado en parte, pues la voz narrativa de la protagonista se mantiene segura y coherente, desde una perspectiva que puede resultar un  poco monótona en ocasiones pero que va muy bien con el tono intimista y egocéntrico (en su sentido positivo) que se da a la historia. Gabriela es un personaje de verdad, a la vez idealista, imperfecto y un poco apático, cuyo protagonismo parece siempre quedar en un segundo plano en acontecimientos en los que ella es a menudo más testigo que protagonista.

       Sin embargo,  me ha parecido que la novela está excesivamente cargada de ideología, que por momentos la hace casi irrespirable. Es cierto que no se da un maniqueísmo absoluto entre buenos-republicanos y malos-no repubicanos, y la misma Gabriela parece a veces ocupar el espacio intermedio entre ambos, pero también es cierto que las opiniones  sobre educación, política, religión, igualdad de género, son demasiado unilaterales y demasiado frecuentes. Y aunque algunas veces -no todas- me parecen acertadas, ocupan un espacio que debería haberse dedicado a ahondar en la humanidad de cada personaje,  pues al final muchos de éstos acaban convirtiéndose en  panfletos o caricaturas, según los casos. En este sentido, parece que la novela no se ha desprendido de la visión simplificadora del realismo social español del la década de 1950-1960, en el que la autora, junto a su marido, tuvo un papel tan relevante.

     En resumen, una novela meritoria por esa voz narrativa y esa primera persona tan conseguida, pero que va a ser difícil de digerir si el lector busca en ella vida y no ideología, o literatura y no adoctrinamiento. Y especialmente porque trata de un periodo de la historia de España (la Segunda República) donde las pasiones han cegado y siguen cegando juicios más serenos y objetivos y la redacción de novelas que traten de romper el estereotipo de 'las dos Españas', en la línea de  lo que Andrés Trapiello  hace en  Las armas y las letras (Barcelona: Destino, 2009). (Josefina R. Aldecoa: Historia de una maestra. Barcelona: Anagrama, 1990, 232 pp.).


domingo, 20 de junio de 2010

Historia del rey transparente (Rosa Montero)

Estaba pensando en darle tres estrellas a esta novela, pero al final creo que se va a quedar con dos. No es que no me haya interesado pero me parece que habría que esperar más de un libro que ganado un par de premios en su género. No se puede negar la riqueza de invención de situaciones y lugares de la narradora, pero tampoco que algunos de ellos, como las huidas del castillo de la Dama Negra o de la última ciudad sitiada son de lo más tópicas y peliculeras. Otras por el contrario, me parecen demasiado breves o desaprovechadas para el peso que quiere dárseles en la narración. Es lo que ocurre  con la estancia de Leola en la corte de Leonor, las disquisiciones sobre el amor cortés, o el debate teológico entre 'buenos y malos'. Tampoco puede negarse la fuerza de una  voz narrativa bien mantenida y la riqueza léxica, pero en el género histórico hay que recordar que el mérito no consiste sólo en recuperar el vocabulario de la época sino -lo que es más difícil- hacer que los personajes hablen en un lenguaje que sea a la vez el de esa época y el de la nuestra. La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta, sigue siendo el ejemplo a imitar. También quedan varios cabos sueltos, o cerrados demasiado artificialmente, como el final de la Dama Negra y su hermanastro, el destino de Gastón, el alquimista, y el desconocido significado del título de la novela, que puede justificarse como juego literario pero no como explicación de la historia.
      Salvo el personaje de Leola y parcialmente el de la Dama Negra, me parece que los demás se han quedado a medio hacer o en meros estereotipos. A Nyneve se le podía haber sacado mucho más jugo. Da la impresión de que la narradora no ha querido ahondar en ella por miedo a desviarnos de Leola o a entrar en terrenos demasiado maravillosos. Al final Nyneve, resulta una especie de Sancho Panza a medio terminar. Pero quizá lo más grave en este sentido es el maniqueísmo del argumento, donde en general los malos son malos y tontos y los buenos son sólo buenos y listos. El nombre de 'Mórbidus' para uno de los malos suena demasiado a cuento de niños. En Leola, el personaje más rico, asoma la ideología de género con sus justas reivindicaciones y también con sus complejos, pero a veces no deja de sorprender su superficialidad. Un ejemplo sería el sentimiento amoroso, que en una novela tan volcada con el amor cortés debería haberse provocado reflexiones mucho más hondas. Para Leola, por el contrario, el amor parece resumirse en el binomio flechazo-cama. Finalmente lo políticamente correcto es tan evidente que a veces el libro parece un tratado doctrinal. Así ocurre en el discurso de Bodel, el regidor rebelde, y el episodio donde Leola y León se convierten en los protectores del grupo que hoy llamaríamos 'minorías'. Obviamente, nada que objetar en el significado ético de este planteamiento, pero creo que un buen novelista debe saber complicar y resolver un poco más sus propios argumentos. En resumen, una novela con ideas y muestras de recursos pero al que le ha faltado una profundidad que podía haberle llevado mucho más lejos.
       Como nota aparte, hay que agradecer a la autora las aclaraciones sobre las libertades que se ha tomado con los datos históricos que maneja, y que aclaran hasta dónde llega la ficción y hasta donde la historia. No indica si ha leído los trabajos de Regine Pernoud y de Jacques Heers, pioneros en la reivindicación de la Edad Media que persigue también la novela, pero no habría estado de más citarlos por su seriedad. Así como algún estudio más profundo acerca de las creencias de los cátaros, mucho más complicadas y polémicas de lo que se presentan aquí. Nada se dice por ejemplo de su costumbre del suicidio por hambre o endura, por considerar este método una forma de liberar el alma de la prisión material del cuerpo. En fin, en este sentido, demasiadas simplificaciones en una novela de quinientas páginas y en un género que debe ser un retrato más redondo de todo lo humano (Rosa Montero: Historia del rey transparente: Madrid: Alfaguara, 2005, 528 pp.).





miércoles, 9 de junio de 2010

Abuelas, madres, hijas, nietas

Por curiosa coincidencia, las tres últimas novelas comentadas en este blog tienen a una o varias mujeres como principales protagonistas. Además las tres  están organizadas en torno al triángulo/cuadrángulo abuela-madre-hija-nieta, aunque las ópticas de cada una de ellas es también muy diferente. La relación más optimista y divertida es obviamente la formada por Sara Allen y Gloria Star, de Caperucita en Manhattan.

Cito unas palabras del relato de Martín Gaite, que serían imposibles en boca de Elena, la protagonista de
La soledad era esto, y muy difíciles pero quizá no imposibles en Virginia o Amadora, de La fiebre amarilla. Habla Miss Lunatic, la amiga tan especial de Sara: "Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es  no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos..." Podría ser una buena receta para el vacío de Elena.

Otra interesante entrada del blog sobre Martín Gaite, los feminismos y las mujeres en general aquí

lunes, 7 de junio de 2010

Caperucita en Manhattan (Carmen Martín Gaite)

Esta novela-recreación del cuento de Caperucita apareció en la colección "Las tres edades" de la editorial Siruela, y realmente puede llegar y convencer a todos esos públicos, aunque quizá sea un poco exagerado por parte de la editorial pensar que también es un libro para lectores de 'ocho años'.

   Martín Gaite lleva a cabo una versión a  la vez respetuosa, moderna, divertida y libre del cuento de Perrault, para conseguir al final un relato fácil de leer, con una moraleja que no es moralina y unos simbolismos fáciles de descifrar pero al mismo tiempo vivos y originales. Quizá lo que más me ha gustado ha sido el empleo de todo ese material para  cuestionar el sentido de vida y de libertad que se tiene en la urbe moderna o en el mundo mecánico de hoy.  La pequeña Sara y Miss Lunatic, sus diálogos y acciones en medio de Manhattan, son como un balón de oxígeno entre tanto edificio de hormigón y tanto dinero de papel.

     Es cierto que a veces la edad de Sara y algunos parlamentos de Miss Lunatic pueden parecer un poco forzados, pero creo que esto sólo ocurre en contadas ocasiones. También a algún lector le puede parecer
que se dejan varios cabos sueltos, pero todo ello queda oculto entre tantos otros aciertos, muchos de ellos además con un fino sentido del humor y entretenidos juegos intertextuales. Los aficionados a la literatura fantástica también podrán disfrutar de varios pasajes donde se rompen las leyes del tiempo, o las de la identidad.... Un libro para todas las edades (bueno, no para los más pequeños), en un castellano también asequible a la inmensa mayoría.  Una lectura segura para alguna de mis próximas clases. (Carmen Martín Gaite: Caperucita en Manhattan. Madrid: Siruela, 1990, 205 pp.).



(SPAN 2307/8)

martes, 1 de junio de 2010

La fiebre amarilla (Luisa Castro)

La fiebre amarilla es una cautivadora narración organizada en torno a una serie de vidas que se presentan como incompletas y que, poco a poco, en un argumento bien llevado y mantenido, acaban resolviéndose en un final a la vez fantástico o semifantástico y también muy humano. El argumento se desarrolla por medio de varios saltos en el tiempo, que a pesar de su frecuencia no acaban produciendo cansancio ni confusión, aunque sí pueden requerir una lectura más atenta de lo normal. Quizá el éxito de esta estrategia se deba a la presencia de personajes con los que el lector se ha familiarizado fácilmente desde el comienzo. En este sentido se trata de una trama relativamente sencilla y asequible. Los leit-motivs del viaje, las caídas y las visitas a las casas y habitaciones de la(s) mujeres configuran también un cimiento sólido a una narración a la que no se le ve ninguna fractura. Memorables son especialmente las escenas del delirio de Virgina, donde sugestión, fantasía y realismo se entrecruzan de forma a la vez dramática y contenida, sin excesos.

      Esta mesura y falta de crudezas se extiende por todo el libro y es algo que también hay que agradecer a la autora, en una narración que en otras manos seguramente hubiera discurrido por caminos mucho más estridentes. 
Quizá se le pueda reprochar que no haya aprovechado algún momento de la historia para reflexión sobre algún tema de índole más general, pues aparecen temas muy adecuados para ello y así hubiera conseguido dar más vuelos de universalidad a un argumento que tan bien se presta para esto. El lenguaje es el propio de una poeta como Luisa Castro, seguro, sólido, transparente y con abundantes frases y expresiones felices y rotundas. Una novela apropiada para alumnos con un conocimiento medio del castellano pero a los que en algún momento habrá que ayudarles a entender la organización del argumento.  (Luisa Castro: La fiebre amarilla. Barcelona: Anagrama, 1994, 177 pp.).


martes, 25 de mayo de 2010

La soledad era esto (Juan José Millás)

Esta novela de J. J. Millás muestra unos hábiles recursos narrativos que en general la hacen funcionar muy bien en ese nivel. La lectura del diario de su madre que Elena hace a lo largo de la novela y que la revela que ella, Elena, es a la vez una copia y un opuesto de su madre, y que eso se va repetir en su hija y en su nieta, producen una estructura circular apropiada para el mensaje de agobio existencial que transmite el argumento. De la misma forma, la lectura de los informes del detective contratado por ella para vigilar a su marido, y a ella misma, sirven para completar desde fuera la imagen que ella persigue de sí  y que de otra manera hubieran sido más difíciles encajar en el argumento.Y esto es lo que más me ha gustado de la novela.

        El título y la forma de materializar el sentimiento de soledad de Elena no me acaban de convencer, quizá porque no he entendido bien las intenciones del autor. Si lo que Millás ha querido ha sido mostrar la pesadez de la soledad, no creo que una narración tan centrada en la protagonista, donde ella actúa como catalizadora activa de todas las acciones, sea la más apropiada para ello. Me parecen más duras la soledad de Ana Ozores en el último capítulo de La Regenta o la  humillación de 'Bola de sebo' en el famoso cuento de Maupassant, donde la condición de víctima de las dos mujeres intensifica mucho más su insoportable situación. Elena, por el contrario, no parece ser víctima más que de su propia abulia. Tampoco tengo muy claro que tanta insistencia en lo escatológico, en lo visceral y en el uso continuado del hachís sea la  mejor forma de ejemplificar ese vacío (No lo he llevado por cuenta, pero calculo que Elena va al baño unas treinta veces, en una novela de 180 páginas de letra grande, y se fuma unos cuarenta canutos). Porque más que de soledad creo que la novela trata del vacío, de la náusea de Sartre. La redención de Elena que se apunta al final, a través del enamoramiento del detective, no me parece un contrapeso suficiente para redimir el pesimismo del resto de la narración. De hecho parece como si el narrador hubiera decidido parar ahí la historia porque con sus presupuestos de partida una segunda relación amorosa tampoco hubiera podido ser feliz.

      Es  una novela apropiada para mostrar el desengaño político y existencial que siguió a la desaparición de la Dictadura, pues Elena y su marido fueron contestatarios del franquismo pero ahora viven de la corrupción y en el vacío espiritual de la Democracia. No lo es tanto tanto para entender la situación de soledad.  A pesar de su relativa brevedad y de su accesible lenguaje, me parece que mis alumnos no disfrutarían esta novela. Demasiado deprimente para su gusto. (Juan José Millás: La soledad era esto. Barcelona: Destino, 1990).

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