Éste es otro de los audiolibros que me he leído en mis idas y venidas por las carreteras de Texas, y que también he descargado de Librivox. En este caso la novela está leída por una sola voz, lo que le da un poco más de profesionalidad; no llega al nivel la lectura que Bob Inglis hace de El señor de los anillos pero el efecto es mucho más satisfactorio que el de otros audiolibros comentados aquí, como El castillo de Otranto o Drácula.
En general, el libro me ha gustado, sobre todo la primera parte, donde se despliegan los personajes y las acciones en una serie de trayectorias bien dispuestas y que anuncian bastante intriga y una compleja interacción entre todos ellos. Aunque hay un poco de maniqueísmo también hay otras zonas grises e inciertas que hacen que esta parte de la novela mantenga vivo el interés del lector. Por el contrario la segunda parte, me parece peor como novela de acción, aunque bastante más interesante como novela-ensayo, ya que está cargada de diálogos y controversias en torno al problema de la esclavitud y llena de interrogantes al respecto que no siempre son fáciles de solucionar.
Es cierto que a veces esos diálogos o las moralejas de la autora o del tío Tom son un poco cargantes o repetitivos, y que Flaubert podía tener su puntito de razón cuando calificó a Beecher Stowe de aburrida y puritana. Esto junto al simplismo de algunos personajes (el propio Tío Tom, la angelical Eva, etc.). Sin embargo, todo eso me parece que queda compensado por la verosimilitud histórica de la misma. No parece que haya nada que no haya podido ser real y, además, la fuerza de algunas escenas y la exposición de las lacras del sistema esclavista de forma tan dura hace también que el libro no siempre sea una novela rosa ni un besteller de final feliz. Y hay momentos como la huida de Eliza por el río o personajes como la hipocondríaca madre de Eva o Topsy que merecerían estar en cualquier antología.
Y ahora que estoy trabajando en esto de la literatura y secularización en la literatura hispanoamericana, me ha costado menos entender por qué el cristianismo pudo encajar tan bien entre la población negra americana. Por un lado, creo que no les costaría identificarse con Jesucristo, como víctima inocente -el pasaje de la agonía de Tom es quizá uno de los mejores ejemplos-. Y por otro porque si la Biblia la usaron algunos para justificar la esclavitud, otros la supieron emplear para justificar su liberación, especialmente en sus analogías con la salida de Israel del Egipto. El caso de los cuáqueros abolicionistas que ayudan a Eliza y a su esposo a escapar a Canadá puede ser un buen ejemplo de esto.
En fin, una novela que por momentos puede resultar un poco lenta o cargante, pero que merece la pena leer por otros muchos motivos, tanto literarios como extralitearios. Entre estos últimos, la idea de que pudo haber sido el detonante final para el comienzo de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, lo que no es poco decir. En este sentido, no recuerdo muchos libros con una trascendencia similar o que sean tan necesarios para entender la historia de un país.
Comentarios y reseñas sobre la novela española contemporánea (y algunas cosillas más:-)
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martes, 27 de octubre de 2020
martes, 8 de septiembre de 2015
Walter Scott: Ivanhoe (y Robin Hood)
Otro de los audiolibros que al compararlo con las versiones cinematográficas no ha dejado de darme alguna sorpresa, sobre todo por la figura de Robin Hood. Aunque el título de la novela se refiera al caballero Ivanhoe, la verdad es que el peso del argumento no descansa tanto sobre él, sobre todo a partir de su convalecencia tras resultar herido en el torneo.
Así figuras como Isaac, Rebeca, Lady Rowena, el príncipe Juan y el propio Ricardo Corazón de León parecen ocupar un plano mucho más relevante que el propio Ivanhoe, que al final resulta una especie de comodín o de 'deus ex machina' para arreglar la muy trágica situación de Rebeca. Y por encima de todos ellos, Robin Hood, una figura del folklore inglés pero que en esta novela lleva a cabo las acciones más conocidas y típicas de las películas. Al final, acaba dando la impresión de que tiene mucho más relieve que el propio Ivanhoe y el resto de los personajes y que es muy capaz de tener su propia novela y sus propias películas.
Y también, como noté a propósito de Robison Crusoe, otra novela inglesa que no deja de recurrir a la Leyenda Negra española, aunque con unos tonos menos cargados que la de Daniel Defoe. En fin, para leerla con paciencia, aguantando además varios momentos de lentitud insoportable, y sin olvidar que no estamos ante una historia novelada, sino ante una novela histórica, con mucha más ficción de la que esta etiqueta pueda hacer pensar.
Así figuras como Isaac, Rebeca, Lady Rowena, el príncipe Juan y el propio Ricardo Corazón de León parecen ocupar un plano mucho más relevante que el propio Ivanhoe, que al final resulta una especie de comodín o de 'deus ex machina' para arreglar la muy trágica situación de Rebeca. Y por encima de todos ellos, Robin Hood, una figura del folklore inglés pero que en esta novela lleva a cabo las acciones más conocidas y típicas de las películas. Al final, acaba dando la impresión de que tiene mucho más relieve que el propio Ivanhoe y el resto de los personajes y que es muy capaz de tener su propia novela y sus propias películas.
Y también, como noté a propósito de Robison Crusoe, otra novela inglesa que no deja de recurrir a la Leyenda Negra española, aunque con unos tonos menos cargados que la de Daniel Defoe. En fin, para leerla con paciencia, aguantando además varios momentos de lentitud insoportable, y sin olvidar que no estamos ante una historia novelada, sino ante una novela histórica, con mucha más ficción de la que esta etiqueta pueda hacer pensar.
sábado, 30 de mayo de 2015
Antonio Muñoz Molina: 'Como la sombra que se va'
Estaba pensando leer Como la sombra que se va, de Muñoz Molina, pero después de ver la reseña que le hacen en Estado Mental (aquí), me he quedado sin gana alguna de ello. Quizá me arrepienta y la reseñe más adelante, por aquello de que todo crítico (y todo editor) debe leer lo que comenta. De todas formas, después de esto y de Hombres buenos, de Pérez Reverte (mi reseña aquí), a uno sólo le viene a la cabeza la idea de que actualmente en España tanto las editoriales como los escritores nos están tomando por tontos. O que la literatura pretendidamente seria está cayendo en la dinámica del best-seller. Aunque hay sus excepciones, lo normal es que una buena novela salga espontánea o tras varios años de trabajo, pero muy pocas veces como fruto de un contrato previo. Y es como ahora funcionan la mayoría de los consagrados, también los académicos. Una pena. Y ya me gustaría ser más optimista. Mal ejemplo nos dan quien más deberían. (Antonio Muñoz Molina: Como la sombra que se va. Barcelona: Seix Barral, 2014, 536 pp.).
miércoles, 29 de abril de 2015
Arturo Pérez Reverte: 'Hombres buenos'
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| Interesante metaliteratura pero tópica moralina y mediana como novela |
Hombres buenos no cambia mi opinión sobre su autor, del que ya he reseñado aquí alguno de sus Alatriste, El club Dumas y El francotirador paciente. Me sigue interesando su afán de contar historias, su empeño para documentarlas seriamente y su habilidad para construir escenas sueltas. Menos me convencen como logros literarios la monotonía de sus diatribas o ese estilo que no acaba de encontrarse a gusto en los niveles lingüísticos más exigentes.
Y reconozco que a esta novela no le faltan méritos. Entre ellos y de forma principal la esa dimensión metaliteraria conseguida con alternancia de voces entre el autor-novelista que recuerda la elaboración de la novela y el narrador que cuenta el viaje de los dos académicos. Como asumo que la primera es realmente histórica, creo que se trata de un libro especial pues lo normal es que en casos semejantes los autores-novelistas (Juan Valera en Pepita Jiménez por ejemplo) llenen de ficción lo que presentan como verdadero. Otros méritos serían la labor de documentación acerca de asuntos como los fondos bibliográficos de la Academia, la literatura libertina, la historia de la marina, la sociedad y costumbres francesas del siglo XVIII, etc, etc.
Pero al final, me parece que las disquisiciones y debates filosóficos de don Pedro y don Hermógenes, y sobre todo las ideas encarnadas por el primero, acaban empañando seriamente la historia y la vida propia de los personajes. Obviamente, si lo que pretende Pérez Reverte es que nos quede claro lo que piensa él acerca de la tensión entre fe y razón, o de su querida y la vez denostada España, eso está plenamente conseguido, y no creo que haya que objetarle nada, salvo que quizá es la misma historia de siempre. Pero si lo que pretende es crear personajes de carne y hueso me parece que se queda muy lejos.
Tanto don Pedro, como don Hermógenes, don Manuel o don Justo parecen ser sobre todo figuras de cartón-piedra, símbolos inertes de lo que Pérez Reverte consideraría respectivamente un caballero ideal, un catolicismo dialogante (y un poco tonto), un catolicismo atrincherado o casposo y una pedantería erudita. A veces sí hay respiro de humanidad en ellos, pero es precisamente cuando dejan esos papeles...Esto, por supuesto, tiene el peligro de las reducciones maniqueas. Nada intermedio, nada que haga a unos o a otros cambiar lo prefijado, nada que recuerde zonas grises, vaivenes interiores o posibilidades contrarias. En este sentido quizá sólo quepa salvar a Bringas, probablemente el personaje más auténtico e irreductible de todos.
Porque tampoco Pascual Raposo, el malo-malo de la peli me ha parecido tan bien conseguido. Es más bien un ejecutor autómata, que pasa la mitad de la novela con prostitutas que nada tienen que ver en la historia y la otra mitad cumpliendo su encomienda pero desde desde lejos y sin mojarse. Y, por supuesto, sus aventuras con esas cortesanas son completamente prescindibles; pocos episodios he leído tan inútiles para una novela como el de las relaciones entre Raposo y la maritornes parisina. Con la cantidad de historias e incidentes más en línea con la historia principal que se hubieran podido crear en el París prerrevolucionario... Diem perdidi, que dirían los romanos....
Y pasando a la anécdota, como ya he dicho, creo que estamos ante una novela de tesis; por ello demasiado frecuentemente la aventura queda en un segundo plano. Al final de su lectura lo que seguramente el lector acabe pensando es qué bonitos son los ideales ilustrados ejemplificados en don Pedro y cuánto vale sacrificarse por la cultura y el libro…, o cosas análogas. No creo que ese lector acabe viendo en esos personajes figuras verosímiles ni que la historia se haya desarrollado como una novela de aventuras: los viajes de ida y vuelta a París sólo tienen cada uno un momento de complicación, la estancia en París transcurre casi toda entre diálogos filosóficos y galantes y escenas de cama, y por momentos la Enciclopedia o parece prácticamente olvidada o se llega a ella de forma relativamente facilona, sin nada que recuerde a la tensión de una buena novela detectivesca. Y qué decir de esa escena inicial del duelo, que luego no es ni mucho menos el asunto principal de la historia… parece como si se hubiera puesto al comienzo de la narración con calzador como una especie de anzuelo, para que el lector quede enganchado con un argumento que, de otra manera hubiera resultado mucho menos atractivo
Dejo de lado otros asuntos menores, unos de mayor agrado o aciertos que otro. Por ejemplo el uso del presente histórico en las escenas de la historia narrada (¿Azorín?), la mezcla de personajes reales e históricos en una pesquisa bibliográfica (¿Borges?), la presencia del profesor Francisco Rico como personaje usado y gastado en las novelas de Javier Marías (el amigo de Pérez Reverte que también publica en Alfaguara), la pulla para Andrés Trapiello (que no publica en Alfaguara), la fragilidad filosófica del racionalismo de don Pedro (que los románticos alemanes o algún apologeta cristiano con más cerebro que d. Hermógenes -F. O'Connor, Chesterton- habrían demolido con un par de frases) o esos vocablos que me temo sean anacronismos puestos en personajes del XVIII (“rebotarse”, “tío”, “no me jodas”, “tocar los huevos”, “salir de los cojones”)... Pero bueno, ya sabemos que el escritor tiene sus libertades (que sólo la literatura puede limitarle) y que a Pérez Reverte hay cosas que no puede o no quiere controlar, o que, sencillamente, le importan tres */@*!
En resumen, otra novela de buenas intenciones, que puede funcionar como metaliteratura, pero no como novela, si por esta entendemos el espejo a lo largo del camino de la que hablaba Stendhal o si buscamos algo que vaya más allá de una simple moralina. (Arturo Pérez Reverte: Hombres buenos. Madrid. Alfaguara. 20015, 592 pp.)
lunes, 12 de mayo de 2014
Mercedes Salisachs: El declive y la cuesta.
Como quizá sepáis hace unos días murió Mercedes Salisachs, a los 97 años. Como pequeño homenaje recupero la entrada que dediqué a El declive y la cuesta, que acabé incluyendo en mi lista de recomendados. En la reseña explicó por qué, y cómo llegué hasta él, después de haber descartado El cuadro y La gangrena.
He llegado a este libro después de haber empezado y no haber podido terminar El cuadro, la última novela, muy breve, de Salisachs. Lo que leí de El cuadro me pareció demasiado desigual, con un lenguaje que combinaba con excesiva frecuencia hallazgos originales con prosaísmos y alguna que otra cursilería; por su parte el argumento mostraba una intención moralizadora demasiado obvia y un desenlace más o menos predecible, eliminando así el sentimiento de intriga y de sana incertidumbre que debe rodear la narración de una historia. En descargo de su autora hay que decir que en El cuadro trata un tema de interesante actualidad, y que lo ha escrito a sus 94 años, lo que puede explicar esas limitaciones, pero también la convierte en la escritora en activo más longeva de España y quizá del mundo.
Cuando fui a devolver El cuadro a la biblioteca eché una ojeada al resto de novelas de Salisachs y esta fue la que más me atrajo (más que La gangrena, quizá por mi mala experiencia con los Planeta) por estar catalogado como novela histórica por su editorial. Por ello, y saltándome el marco temporal que he elegido para el blog, decidí reseñarlo. La primera edición es de 1966, con Planeta, y la segunda de 2004, con Ediciones B. El comienzo de la novela me pareció muy semejante en tono y estilo a El cuadro, pero a medida que iba avanzando su lectura ese estilo parecía como encontrándose a sí mismo, ir tomando cuerpo y unidad para bien; de forma paralela, el argumento iba consolidando la intriga, desenvolviéndose a un ritmo estable y bien mantenido y adquiriendo una tensión climática constante, sin bajones o descansos. Es lo que hizo que no sólo lo acabara sino que realmente me mantuviera interesado hasta su conclusión.
He llegado a este libro después de haber empezado y no haber podido terminar El cuadro, la última novela, muy breve, de Salisachs. Lo que leí de El cuadro me pareció demasiado desigual, con un lenguaje que combinaba con excesiva frecuencia hallazgos originales con prosaísmos y alguna que otra cursilería; por su parte el argumento mostraba una intención moralizadora demasiado obvia y un desenlace más o menos predecible, eliminando así el sentimiento de intriga y de sana incertidumbre que debe rodear la narración de una historia. En descargo de su autora hay que decir que en El cuadro trata un tema de interesante actualidad, y que lo ha escrito a sus 94 años, lo que puede explicar esas limitaciones, pero también la convierte en la escritora en activo más longeva de España y quizá del mundo.
Cuando fui a devolver El cuadro a la biblioteca eché una ojeada al resto de novelas de Salisachs y esta fue la que más me atrajo (más que La gangrena, quizá por mi mala experiencia con los Planeta) por estar catalogado como novela histórica por su editorial. Por ello, y saltándome el marco temporal que he elegido para el blog, decidí reseñarlo. La primera edición es de 1966, con Planeta, y la segunda de 2004, con Ediciones B. El comienzo de la novela me pareció muy semejante en tono y estilo a El cuadro, pero a medida que iba avanzando su lectura ese estilo parecía como encontrándose a sí mismo, ir tomando cuerpo y unidad para bien; de forma paralela, el argumento iba consolidando la intriga, desenvolviéndose a un ritmo estable y bien mantenido y adquiriendo una tensión climática constante, sin bajones o descansos. Es lo que hizo que no sólo lo acabara sino que realmente me mantuviera interesado hasta su conclusión.
El declive y la cuesta no me parece una novela histórica típica, pues los elementos historicistas y exóticos están reducidos al mínimo imprescindible, en favor del drama íntimo de los personajes. El argumento se desarrolla en tiempos de Jesucristo y es básicamente la leyenda novelada de la historia de Dimas, el buen ladrón, contada desde la perspectiva de Eva, su madre. La novela tiene unos capítulos iniciales que sirven más menos de introducción y llega pronto a una especie de clímax que nunca va a desaparecer. Esto es lo que creo que hace especialmente única y lograda a esta novela. A ello contribuye un lenguaje con tendencia lírica e impresionista, que no es nada rebuscado o difícil, lleno de frases cortas y transparentes, aunque también cuente con algunas repeticiones un poco cansinas. De la misma manera, esa intensidad la consigue la autora desnudando al argumento de todo tipo de descripciones y diálogos que puedan distraer de la acción principal. En este sentido me ha recordado a las sobrias nivolas de Unamuno. Y también colabora con ese clima la acertada elección que la autora hace de la perspectiva narrativa, que es la de la madre de Dimas, un personaje con el que Salisachs –madre de cinco hijos, uno de ellos muerto en un accidente a los 20 años– puede identificarse muy fácilmente. Y otra de las razones me parece ser la de haber elegido el evangelio de Juan como principal intertexto, pues es el evangelio que narra con más detalle y patetismo la pasión de Jesús. En cierta manera, leer La cuesta… es como releer la pasión de Juan pero a cámara lenta, desde una perspectiva femenina y con una serie de detalles y aciertos literarios que incluso aumentan el patetismo del texto original.
Con lo que he dicho creo que ya ha quedado perfilado el lector ideal para el libro. El declive y la cuesta gustará especialmente a los aficionados a la novela histórica, ya que algunos datos y detalles sobre las costumbres judías resultan realmente iluminadoras, y también porque los personajes secundarios o ficticios y sus acciones se mezclan muy bien con las de los personajes históricos o legendarios y permiten ver la historia tradicional desde otro y original punto de vista. Me imagino también que es una novela que gustará a las madres de hijos e hijas más o menos “díscolos” (y creo todas las madres se "autoincluirán" en este grupo), pues la mayor parte del argumento descansa sobre las angustias y preocupaciones de Eva ante el descarrío de Dimas, su posterior incomprensión ante la decisión de éste, y el final feliz y al mismo tiempo doloroso en que Eva resulta consolada por otra figura femenina similar. También me parece que ese lector o lectora tiene que estar interesado o al menos familiarizado con el mundo bíblico o la literatura del Nuevo Testamento o al menos haber visto la famosa película de Mel Gibson. Esto favorecerá bastante más el disfrute de todos los juegos intertextuales que Salisachs lleva a cabo, aunque también me parece que de por sí el drama es lo suficientemente interesante y está lo suficientemente bien narrado como para llegar a todo tipo de lectores. Por último, el final puede parecer, como algunos otros momentos de la novela, demasiado melodramático o un poco previsible en su generalidad, pero no creo que lo sea en sus detalles y matices, que normalmente es lo que hace meritorias a muchas de las mejores novelas históricas.
En resumen una novela con méritos formales y temáticos propios, que puede resultar un poco durilla para los lectores menos dados a estos géneros o temáticas pero también especialmente lograda y atractiva si se lee bajo algunos parámetros concretos. (Mercedes Salischas: El declive y la cuesta. Barcelona: Ediciones B, 2004, 296 pp.).
En resumen una novela con méritos formales y temáticos propios, que puede resultar un poco durilla para los lectores menos dados a estos géneros o temáticas pero también especialmente lograda y atractiva si se lee bajo algunos parámetros concretos. (Mercedes Salischas: El declive y la cuesta. Barcelona: Ediciones B, 2004, 296 pp.).
domingo, 10 de marzo de 2013
Matilde Asensi, Keith Richards y la séptima edición de "Venganza en Sevilla"
Hace unos días, paseando por alguna librería, vi que Venganza en Sevilla, de Matilde Asensi, iba ya por la séptima edición. Todo bien en mi ánimo hasta que recordé que Venganza en Sevilla era una de las novelas incluidas en mi lista de infumables; esta discrepancia me produjo -ni que decir tiene- una profunda crisis existencial. Decidido a salir de ella, preparé una encuesta entre mis amigos y conocidos para tratar de explicar cómo una novela tan mala puede llegar a tener más éxito que una reseña tan excelente y objetiva como la mía. Las preguntas y respuestas fueron las siguientes:
1) La editorial se sintió aterrada por la crítica destructora de Viaje al Parnaso (VP a partir de ahora) y obligó a sus empleados, incluidos los negros de Matilde Asensi, a comprar más y más ejemplares del libro hasta llegar a la séptima edición: 20%
2) El administrador de VP no se entera de lo que es la buena literatura : 30%
3) El administrador de VP leyó la versión en papel, cuando la buena es la versión electrónica, que tiene incorporado un videojuego, un Lego con los protagonistas como muñecos, un montón de enlaces a Wikipedia, a YouTube y a El Gran Hermano: 40%
4) Matilde Asensi y sus editores -Keith Richards entre ellos- están partiéndose de risa al comparar la crítica de VP. Acabarán muriendo de risa después de leer esta entrada o mandarán a VP un donativo: 10%
Y como resultado:
1) VP debe replantearse sus críticas y tomar como referencia la lista de libros más vendidos de El Corte Inglés: 20%
2) Los editores se han dado cuenta de que la crítica de VP es veraz y certera y van a obligar a Matilde Asensi a emitir una rectificación publica y a ideminizar a VP por daños y perjuicios. VP donará esa compensación a un comedor de caridad para escritores que no escriban bestsellers: 40%
3) VP cambiará su reseña original e incluirá Venganza en Sevilla en la lista de recomenados o en la lista de Literatura y humor: 15%
4) El administrador de VP será invitado a participar en un reality show para críticos literarios hambrientos y deshauciados.
1) La editorial se sintió aterrada por la crítica destructora de Viaje al Parnaso (VP a partir de ahora) y obligó a sus empleados, incluidos los negros de Matilde Asensi, a comprar más y más ejemplares del libro hasta llegar a la séptima edición: 20%
2) El administrador de VP no se entera de lo que es la buena literatura : 30%
3) El administrador de VP leyó la versión en papel, cuando la buena es la versión electrónica, que tiene incorporado un videojuego, un Lego con los protagonistas como muñecos, un montón de enlaces a Wikipedia, a YouTube y a El Gran Hermano: 40%
4) Matilde Asensi y sus editores -Keith Richards entre ellos- están partiéndose de risa al comparar la crítica de VP. Acabarán muriendo de risa después de leer esta entrada o mandarán a VP un donativo: 10%
Y como resultado:
1) VP debe replantearse sus críticas y tomar como referencia la lista de libros más vendidos de El Corte Inglés: 20%
2) Los editores se han dado cuenta de que la crítica de VP es veraz y certera y van a obligar a Matilde Asensi a emitir una rectificación publica y a ideminizar a VP por daños y perjuicios. VP donará esa compensación a un comedor de caridad para escritores que no escriban bestsellers: 40%
3) VP cambiará su reseña original e incluirá Venganza en Sevilla en la lista de recomenados o en la lista de Literatura y humor: 15%
4) El administrador de VP será invitado a participar en un reality show para críticos literarios hambrientos y deshauciados.
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| Keith Richards, jefe editorial de Matilde Asensi, opinando sobre la entrada de Venganza en Sevilla publicada en VP |
martes, 19 de abril de 2011
Inés y la alegría (Almudena Grandes)
Después de leer (entero) Inés y la alegría no es mucho lo que tengo que cambiar a mi entrada anterior sobre el libro. Reconozco que hay momentos en que la protagonista consigue desprenderse de su condición de símbolo-maniquí y aparecer como una persona de carne y hueso, sobre todo en las escenas familiares del tercer capítulo o en algunos de los vaivenes amorosos de su relación con Galán. Sin embargo, en su conjunto lo que me parece más claro de ella es que representa simplemente la voz de su 'amo' y la de toda la visión política que defiende la novela.
También hay algunas cosas que no me encajan en la elaboración de este personaje, por parecer cabos sueltos. Un ejemplo: en varios momentos, sobre todo al inicio, se nos presenta a Inés como una gran lectora, algo que no son -obviamente- las mujeres del bando contrario. De esas lecturas no volvemos a saber nada ni por la narradora ni por la propia Inés. Lo lógico es que de una una protagonista así de culta salieran al menos algunas digresiones relativamente profundas sobre los temas claves de la historia, tales como el concepto de alegría, las bondades del comunismo o las maldades del fascismo. Sin embargo todo esto se da por hecho y se vive y se presenta de forma automática, como meras obviedades que no pueden o no deben cuestionarse o sobre las que no caben más matices que los que se nos dan en la novela. Y si coincido con el libro en algunas de esas ideas, no estoy tan de acuerdo con otras. Por ejemplo ¿puede seguir uno pensando en el comunismo como una utopía después de Tiananmen, Camboya, Cuba, Corea del Norte...? Puede que Inés y Almudena Grandes tengan sus razones para opinar así, pero la novela no nos da ninguna razón de fondo para llegar a esa conclusión... (Por supuesto, la novela tampoco hace mención alguna a las checas de Madrid, ni a Paracuellos, aunque sí a las luchas internas del PCE, algunas veces realmente vergonzosas. Y aquí que reconocer que Grandes no tiene empacho en mostrar esos trapos sucios, aunque, eso sí, un poco edulcorados). También he echado de menos alguna reflexión de Inés sobre su concepto de alegría, porque esta, la 'alacritas' de los clásicos, creo yo que va un poco más allá del buen comer, del 'buen folgar' que diría el Arcipreste de Hita, y del hecho que tu partido político gane las elecciones...
También hay algunas cosas que no me encajan en la elaboración de este personaje, por parecer cabos sueltos. Un ejemplo: en varios momentos, sobre todo al inicio, se nos presenta a Inés como una gran lectora, algo que no son -obviamente- las mujeres del bando contrario. De esas lecturas no volvemos a saber nada ni por la narradora ni por la propia Inés. Lo lógico es que de una una protagonista así de culta salieran al menos algunas digresiones relativamente profundas sobre los temas claves de la historia, tales como el concepto de alegría, las bondades del comunismo o las maldades del fascismo. Sin embargo todo esto se da por hecho y se vive y se presenta de forma automática, como meras obviedades que no pueden o no deben cuestionarse o sobre las que no caben más matices que los que se nos dan en la novela. Y si coincido con el libro en algunas de esas ideas, no estoy tan de acuerdo con otras. Por ejemplo ¿puede seguir uno pensando en el comunismo como una utopía después de Tiananmen, Camboya, Cuba, Corea del Norte...? Puede que Inés y Almudena Grandes tengan sus razones para opinar así, pero la novela no nos da ninguna razón de fondo para llegar a esa conclusión... (Por supuesto, la novela tampoco hace mención alguna a las checas de Madrid, ni a Paracuellos, aunque sí a las luchas internas del PCE, algunas veces realmente vergonzosas. Y aquí que reconocer que Grandes no tiene empacho en mostrar esos trapos sucios, aunque, eso sí, un poco edulcorados). También he echado de menos alguna reflexión de Inés sobre su concepto de alegría, porque esta, la 'alacritas' de los clásicos, creo yo que va un poco más allá del buen comer, del 'buen folgar' que diría el Arcipreste de Hita, y del hecho que tu partido político gane las elecciones...
Otro desfallecimiento más me ha parecido prácticamente todo el capítulo tercero, no porque no sea pertinente, sino porque tal como lo presenta Grandes resulta bastante lento y aburrido. En ese capítulo se relata el repliegue de Inés, Galán y el resto de los guerrilleros a Toulouse, tras el fracaso de la invasión de Arán. Pero todo ello se presenta como en un estado de beatitud e idealización que disminuye o reduce todo tipo de tensión narrativa. El capítulo sí contiene momentos de incertidumbre e intriga pero en realidad son pequeños conflictos caseros donde no hay ningún antagonista serio o externo a ese grupo cuya presión genere una expectación similar al de una novela de aventuras o una policiaca. Quizá se le haya olvidado a Grandes aquello que afirmaba el gran Julio Ramón Ribeyro, es decir, que la felicidad y la utopía no pueden ser asuntos narrativos ya que son situaciones estáticas y las novelas están hechas precisamente de rupturas y alteraciones.
Esto podría deberse al empleo de las voces narrativas que usa Grandes, que son tres: la de Inés y la de Galán en los episodios y capítulos relacionados directamente con la aventura, y una tercera, la de la propia autora, que aparece en capítulos más reflexivos o más volcados con el contexto político que envuelve la historia principal. Al narrar solo con las voces de Inés y Galán, y escuchar solo sus puntos de vista, el lector queda encerrado en un mundo demasiado pequeño o claustrofóbico del que le podría haber salvado un narrador omnisciente que hubiera creado situaciones más intensas o complicado la anécdota de manera más libre e interesante. (Ha sido en ese tercer capítulo en el que más veces me he contagiado del vocabulario de Grandes, y en el que más veces he pensado con expresiones como -con perdón- "¡Joder, qué coñazo de historia!'").
Algún pegote más: la moralina de la "conversión" de Adela, la cuñada de Inés y mujer de Ricardo, su hermano falangista. Al final Adela reconoce que "estos chicos [comunistas] no son tan malos", además se echa un amante y, Ricardito, su hijo, pasa a formar parte de las bases más activas del partido. Todo, de nuevo, dulce y rosado. El episodio de Ninot, al final de la novela, al que no le veo ninguna función estructural. Y los panegíricos y caricaturas de figuras como La Pasionaria o Pilar Franco, etc.), que de tan descaradas y poco elegantes llegan a dar vergüenza ajena y hacer pensar que uno está leyendo un mero panfleto.
Lo que sí me ha satisfecho un poco más se refiere sobre todo a algunos aspectos técnicos y formales. En la entrada anterior criticaba el recurso a las repeticiones de distinto tipo que aparecían en la novela. Leídos ahora en su totalidad, esas repeticiones pueden tener su utilidad en una narración como esta. Muchos de ellos funcionan como leitmotivs que ayudan a mantener la unidad de una novela que por su extensión y sus tres voces narrativas podría tender fácilmente a la dispersión. Reconozco igualmente que el estilo de Grandes es fluido y de léxico y de recursos amplios. Claro que esto tiene la contrapartida de caer a veces en lo verborreico y también en algunas frases desaliñadas, como les pasaba a los escritores románticos más exaltados (Espronceda, etc.), o en frases que quieren ser rotundas pero se quedan a medio camino. De todas, formas, en su conjunto, hay una unidad formal que me parece más positiva que negativa. Igualmente ese recurso a la comida y a la cocina, a pesar de algunas enumeraciones de platos y alimentos cansinas y casi interminables, acaba dando un toque de humanidad y cálido realismo a unos personajes que, sin ello, hubieran resultado mucho más etéreos y estereotipados.
Termino anotando que ese lenguaje funciona a la vez como una especie de bálsamo y engaño; se disfruta de él pero también hace que se olvide que se ha puesto al servicio de una historia que podía haberse contado de otra manera mucho más simple y 'resultona', como hubiera sido, por ejemplo, la utilizada por Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. Es también a don Benito a quien Grandes pretende homenajear y, me temo, utilizar para provecho propio, incardinándose ella misma en la tradición de los grandes narradores españoles. Pero para conseguir eso creo que los próximos volúmenes de esta serie deben ser menos extensos y estar menos politizados. O que por lo menos la autora, para ser más sincera con todos nosotros, cambie el subtítulo de la serie, y en lugar de "Episodios nacionales de una guerra interminable" los llame mejor "Episodios interminables de una guerra nacional" (Almudena Grandes: Inés y la alegría. Barcelona: Tusquets, 2010, 729 pp.).
jueves, 7 de abril de 2011
Vacunas contra 'Inés y la alegría', de Almudena Grandes
Lo que me temía, y lo que me habíais advertido también algunos lectores del blog. Lo poco que llevo leído de la novela se resume muy bien en su título. Hasta ahora Inés es más un símbolo-maniquí que un personaje. Todo lo suyo y todo lo del grupo al que pertenece es bueno, bonito y barato. Lo de los contrarios es... lo contrario. Es cierto que la autora a veces intenta paliar ese simplismo, dando unos toques de humanidad a quienes menos tienen y otros toques de imperfección a quienes parecen ángeles bajados del cielo. Pero al final la vehemencia con la que está escrita la novela parece que no va a impedir que nos encontremos ante un mundo en blanco y negro, sin matices.
Y esto me molesta por dos razones. La primera es literaria. En estos casos los personajes se convierten en figuras de cartón- piedra, planos, ideas andantes, sin vida propia, traídos y llevados por el capricho o las necesidades del narrador. La segunda razón, quizá más seria, porque cualquier conocedor de la historia sabe que en la España de 1930 a 1945 tampoco fue una España en blanco y negro, con todos los malos en un bando y todos los malos en el otro. Con relación a esto último recomiendo una lectura (o al menos una ojeada) de los siguientes libros:
1) Varios autores: Violencia roja y azul, España 1936-1950 (Barcelona: Crítica, 2010).
2) Joaquín Leguina: El duelo y la revancha. Los itinerarios del antifranquismo sobrevenido (Madrid: La Esfera de los libros, 2010). En el libro, J. Leguina critica los excesos y sectarismos de la llamada Ley de Memoria Histórica.
A propósito de El duelo y la revancha y de la autora de Inés y la alegría, en una entrevista reciente se incluyen las siguientes palabras de Leguina: "El libro me valió una ristra de insultos de Almudena Grandes y otras personas de la misma cuadrilla. Ella es una de la personas que aparece en el libro, y no aparece bien porque es una de esas que jamás rectifica..." (Leer, marzo 2011, p. 25. Por otro lado, la entrevista no tiene desperdicio).

Voy a seguir leyendo la novela con la débil esperanza de que al final se arreglen las cosas. A ver si hay suerte y puedo escribir una reseña un poco más positiva que esta nota. De todas formas, ya habido algunas cosas que también me están poniendo su lectura cuesta arriba.
La primera es ese estilo un poco arrollador y profuso que se concreta en una abundancia de repeticiones de distinto tipo (anáforas, epíforas, cláusulas bimembres y trimembres) que engordan el texto sin añadir nada significativo y sin permitir que la acción avance a un ritmo decente. La lectura se hace excesivamente lenta. Esto sería perdonable en una novela lírica o de ambiente, pero no tanto en una que reclama tener como referencia los Episodios Nacionales de Galdós. La segunda es la aparición de lo que, si son anacronismos lingüísticos, me parecen realmente graves en una autora como Grandes, que quiere estar entre los grandes. Por ejemplo, no creo que en los años 30 existiera la palabra 'facha' con el significado político que le damos ahora; casos análogos con 'pepinazos', 'pringados', etc.... Y tercera, repeticiones paradójicas como la que sigue, que quizá yo esté interpretando torcidamente:
En la pág. 78 leemos: "El 30 de julio de 1936 cumplí veinte años, y me hice a mí misma el regalo de pararme a pensar". Y dos páginas después, en la 80: "Es una tontería que perdamos el tiempo discutiendo por tan poca cosa, así que coge lo que quieras de mi armario y vámonos, porque hoy cumplo veinte años y no quiero ni pensar... ".
Bueno, por hoy lo dejamos aquí.
Y esto me molesta por dos razones. La primera es literaria. En estos casos los personajes se convierten en figuras de cartón- piedra, planos, ideas andantes, sin vida propia, traídos y llevados por el capricho o las necesidades del narrador. La segunda razón, quizá más seria, porque cualquier conocedor de la historia sabe que en la España de 1930 a 1945 tampoco fue una España en blanco y negro, con todos los malos en un bando y todos los malos en el otro. Con relación a esto último recomiendo una lectura (o al menos una ojeada) de los siguientes libros:
1) Varios autores: Violencia roja y azul, España 1936-1950 (Barcelona: Crítica, 2010).
2) Joaquín Leguina: El duelo y la revancha. Los itinerarios del antifranquismo sobrevenido (Madrid: La Esfera de los libros, 2010). En el libro, J. Leguina critica los excesos y sectarismos de la llamada Ley de Memoria Histórica.
A propósito de El duelo y la revancha y de la autora de Inés y la alegría, en una entrevista reciente se incluyen las siguientes palabras de Leguina: "El libro me valió una ristra de insultos de Almudena Grandes y otras personas de la misma cuadrilla. Ella es una de la personas que aparece en el libro, y no aparece bien porque es una de esas que jamás rectifica..." (Leer, marzo 2011, p. 25. Por otro lado, la entrevista no tiene desperdicio).

Voy a seguir leyendo la novela con la débil esperanza de que al final se arreglen las cosas. A ver si hay suerte y puedo escribir una reseña un poco más positiva que esta nota. De todas formas, ya habido algunas cosas que también me están poniendo su lectura cuesta arriba.
La primera es ese estilo un poco arrollador y profuso que se concreta en una abundancia de repeticiones de distinto tipo (anáforas, epíforas, cláusulas bimembres y trimembres) que engordan el texto sin añadir nada significativo y sin permitir que la acción avance a un ritmo decente. La lectura se hace excesivamente lenta. Esto sería perdonable en una novela lírica o de ambiente, pero no tanto en una que reclama tener como referencia los Episodios Nacionales de Galdós. La segunda es la aparición de lo que, si son anacronismos lingüísticos, me parecen realmente graves en una autora como Grandes, que quiere estar entre los grandes. Por ejemplo, no creo que en los años 30 existiera la palabra 'facha' con el significado político que le damos ahora; casos análogos con 'pepinazos', 'pringados', etc.... Y tercera, repeticiones paradójicas como la que sigue, que quizá yo esté interpretando torcidamente:
En la pág. 78 leemos: "El 30 de julio de 1936 cumplí veinte años, y me hice a mí misma el regalo de pararme a pensar". Y dos páginas después, en la 80: "Es una tontería que perdamos el tiempo discutiendo por tan poca cosa, así que coge lo que quieras de mi armario y vámonos, porque hoy cumplo veinte años y no quiero ni pensar... ".
Bueno, por hoy lo dejamos aquí.
jueves, 10 de marzo de 2011
Otra novela sobre la Guerra Civil... ¿Otra?
Justo un par de días después de publicar la reseña de La forma de la noche, de Juan Pedro Aparicio, me llegó la edición de bolsillo de Riña de gatos, otra novela sobre la Guerra Civil, con la que Eduardo Mendoza ganó el Planeta del año pasado. El número de diciembre de la revista Leer viene con una entrevista a Mendoza sobre la novela y sobre el premio. De esa entrevista selecciono lo siguiente:
Leer: "Reconozco que leí su novela con cierta prevención: otra sobre la Guerra Civil en momentos en que el favor al consumidor tiene como consecuencia cierto abandono de la literatura. Y reconozco que me llevé una grata sorpresa. Pero... ¿sigue siendo un buen reclamo el asunto de la Guerra? ¿No hay cierta saturación?"
E. Mendoza: "Las dos cosas. Yo no puedo leer una novela más sobre la Guerra Civil, sobre la Guerra Mundial, sobre los nazis, sobre el Holocausto y, sin embargo, necesitamos contarnos esta historia una y otra vez porque todavía no la podemos enterrar. Hay temas del siglo XX que nos están comiendo por dentro." (Leer, diciembre 2010, p. 143).
En este caso coincido con Mendoza, especialmente porque que cada vez me cansan más las novelas sobre la Guerra Civil y temas adláteres. Por eso puede que acabe retrasando la lectura de Riña de gatos y también la de Inés y la alegría, de Almudena Grandes, que he ido postergando semana tras semana. Y es que es probable que para los lectores más jóvenes o para las próximas generaciones muchas de estas novelas pasen al género de novela histórica o sean vistas como simplificadoras y maniqueas, para bien de todos. Por eso prefiero leerlas guardando las distancias.
Leer: "Reconozco que leí su novela con cierta prevención: otra sobre la Guerra Civil en momentos en que el favor al consumidor tiene como consecuencia cierto abandono de la literatura. Y reconozco que me llevé una grata sorpresa. Pero... ¿sigue siendo un buen reclamo el asunto de la Guerra? ¿No hay cierta saturación?"
E. Mendoza: "Las dos cosas. Yo no puedo leer una novela más sobre la Guerra Civil, sobre la Guerra Mundial, sobre los nazis, sobre el Holocausto y, sin embargo, necesitamos contarnos esta historia una y otra vez porque todavía no la podemos enterrar. Hay temas del siglo XX que nos están comiendo por dentro." (Leer, diciembre 2010, p. 143).
En este caso coincido con Mendoza, especialmente porque que cada vez me cansan más las novelas sobre la Guerra Civil y temas adláteres. Por eso puede que acabe retrasando la lectura de Riña de gatos y también la de Inés y la alegría, de Almudena Grandes, que he ido postergando semana tras semana. Y es que es probable que para los lectores más jóvenes o para las próximas generaciones muchas de estas novelas pasen al género de novela histórica o sean vistas como simplificadoras y maniqueas, para bien de todos. Por eso prefiero leerlas guardando las distancias.
domingo, 6 de marzo de 2011
La forma de la noche (Juan Pedro Aparicio)
Dentro de las novelas acerca de la Guerra Civil que he leído hasta ahora, me ha parecido bastante original e interesante, aunque no me ha acabado de llenar.
Me ha parecido original sobre todo por ese comienzo medio simbólico, medio onírico y medio real en que los tigres de un nada casualmente llamado llamado Franconi circo se escapan de sus jaulas y crean en la región minera de Asturias un clima de terror y alucinación, de rumores y delirios que se extiende a toda la narración y que es un símbolo muy apropiado para el ambiente de cualquier guerra. El autor aprovecha muy bien ese recurso y logra crear un mundo de nebulosa certidumbre acerca de todo lo que está ocurriendo. Por ello la narración no suele presentarse a través de un narrador objetivo y frío que va mostrando las acciones de forma ordenada y clara. La voz narrativa es más bien impresionista, es decir, que selecciona los momentos y los puntos de vista que cree más esenciales y que casi siempre tienen que ver con las peripecias y estados de ánimo de las personas y los personajes. Los decorados y las descripciones quedan muy en un segundo plano, y tampoco se echan de menos. Al mismo tiempo, ese impresionismo está moderado por el respeto del narrador a la linealidad cronológica, y así el libro no incluye un excesivo número de retrocesos en el tiempo ni otros recursos que oscurezcan innecesariamente la lectura. De todas formas sí creo que a los lectores que prefieren las narraciones más simples y valoran sobre todo la claridad argumental, este libro puede resultarles más o menos costoso, principalmente porque en ocasiones esa vaguedad les parecerá excesiva, al igual que el número de personajes que aparecen y desaparecen continuamente, con cambios de identidad incluidos.
También me ha gustado el enfoque que la novela da al conflicto bélico. No cabe duda que los héroes pertenecen sólo a uno de los bandos, que a veces puede aparecer también demasiado idealizado y que también es el único centro de atención del narrador. Pero no es tampoco una clasificación simplista y completamente maniquea. En los dos bandos hay justos y pecadores, buenos y malos, víctimas y verdugos. En el centro de todo ello, las figuras de Chacho y Blanca, con familias que militan en bandos opuestos, con una historia de amor más o menos original y cuya idealización puede -por el lado bueno- hacer de ellos y de toda la novela un símbolo de lo que pudo ser la Guerra y de lo que pudo ser España en esas fechas, pero también -por el lado negativo- unas figuras que desentonan demasiado del resto. Cada uno a su manera y especialmente en el caso de de Chacho ambos se convierten en héroes un poco etéreos y arquetípicos. La idealización de Blanca es un poco menor pero podría habérsele sacado mucho más partido una vez que su marido, Orencio, regresa del frente y ella queda dividida entre este y Chacho.
Por todo ello, no me encaja tampoco el final feliz que elige el autor para concluir esta historia. Por un lado no consigue más que alejar a Chacho y Blanca del resto de los personajes, y por otro convertir una historia que se había mantenido muy bien en el nivel de lo onírico y lo impresionista en una novela con un final tópico de historieta de aventuras.
En su favor hay que decir también que el lenguaje y el manejo de los recursos retóricos aparecen siempre bajo control, en un tono de naturalidad y seguridad completa, y también de apropiada oportunidad, muy adecuados al tono narrativo que se ha elegido para contar la historia. Al final, una novela que puede merecer la pena leer si al lector no le importa una complejidad técnica moderada y vivir en un mundo de personajes que en su mayoría pueden ser reales pero que a veces resultan demasiado perfectos. (Juan Pedro Aparicio: La forma de la noche: Madrid. Alfaguara, 1994, 285 pp.).
Me ha parecido original sobre todo por ese comienzo medio simbólico, medio onírico y medio real en que los tigres de un nada casualmente llamado llamado Franconi circo se escapan de sus jaulas y crean en la región minera de Asturias un clima de terror y alucinación, de rumores y delirios que se extiende a toda la narración y que es un símbolo muy apropiado para el ambiente de cualquier guerra. El autor aprovecha muy bien ese recurso y logra crear un mundo de nebulosa certidumbre acerca de todo lo que está ocurriendo. Por ello la narración no suele presentarse a través de un narrador objetivo y frío que va mostrando las acciones de forma ordenada y clara. La voz narrativa es más bien impresionista, es decir, que selecciona los momentos y los puntos de vista que cree más esenciales y que casi siempre tienen que ver con las peripecias y estados de ánimo de las personas y los personajes. Los decorados y las descripciones quedan muy en un segundo plano, y tampoco se echan de menos. Al mismo tiempo, ese impresionismo está moderado por el respeto del narrador a la linealidad cronológica, y así el libro no incluye un excesivo número de retrocesos en el tiempo ni otros recursos que oscurezcan innecesariamente la lectura. De todas formas sí creo que a los lectores que prefieren las narraciones más simples y valoran sobre todo la claridad argumental, este libro puede resultarles más o menos costoso, principalmente porque en ocasiones esa vaguedad les parecerá excesiva, al igual que el número de personajes que aparecen y desaparecen continuamente, con cambios de identidad incluidos.
También me ha gustado el enfoque que la novela da al conflicto bélico. No cabe duda que los héroes pertenecen sólo a uno de los bandos, que a veces puede aparecer también demasiado idealizado y que también es el único centro de atención del narrador. Pero no es tampoco una clasificación simplista y completamente maniquea. En los dos bandos hay justos y pecadores, buenos y malos, víctimas y verdugos. En el centro de todo ello, las figuras de Chacho y Blanca, con familias que militan en bandos opuestos, con una historia de amor más o menos original y cuya idealización puede -por el lado bueno- hacer de ellos y de toda la novela un símbolo de lo que pudo ser la Guerra y de lo que pudo ser España en esas fechas, pero también -por el lado negativo- unas figuras que desentonan demasiado del resto. Cada uno a su manera y especialmente en el caso de de Chacho ambos se convierten en héroes un poco etéreos y arquetípicos. La idealización de Blanca es un poco menor pero podría habérsele sacado mucho más partido una vez que su marido, Orencio, regresa del frente y ella queda dividida entre este y Chacho.
Por todo ello, no me encaja tampoco el final feliz que elige el autor para concluir esta historia. Por un lado no consigue más que alejar a Chacho y Blanca del resto de los personajes, y por otro convertir una historia que se había mantenido muy bien en el nivel de lo onírico y lo impresionista en una novela con un final tópico de historieta de aventuras.
En su favor hay que decir también que el lenguaje y el manejo de los recursos retóricos aparecen siempre bajo control, en un tono de naturalidad y seguridad completa, y también de apropiada oportunidad, muy adecuados al tono narrativo que se ha elegido para contar la historia. Al final, una novela que puede merecer la pena leer si al lector no le importa una complejidad técnica moderada y vivir en un mundo de personajes que en su mayoría pueden ser reales pero que a veces resultan demasiado perfectos. (Juan Pedro Aparicio: La forma de la noche: Madrid. Alfaguara, 1994, 285 pp.).
lunes, 10 de mayo de 2010
Soldados de Salamina (Javier Cercas)
Aunque se trató de todo un best-seller y una consagración de su autor, su lectura a mí me dejó con 'mixed views', como dicen en EE.UU. Me llenaron completamente la primera y la tercera parte, por su hábil simbiosis de realidad y ficción, el nacimiento y desarrollo natural y fluido del argumento, y el arribo verosímil a un clímax tan interesante como humano, y al mismo tiempo tan antiheroico y posmoderno. La segunda parte me pareció –y espero estar equivocado- un pastiche literario y lingüístico al que todavía no acabo de ver redimido de ninguna manera.
De todas formas el resultado final merece la pena, sobre todo si uno está cansado de maniqueísmos sobre la Guerra Civil, pues la novela recupera esos momentos de la contienda en que ni todos los malos son malos ni todos los buenos son buenos. O donde el corazón del hombre asoma en sus dudas, incertidumbres y medianías, y la conciencia en su libertad responsable. Fácil de leer para los alumnos, que agradecerán también la visión nada maniquea de un conflicto bélico que, como todos los demás, tanto se resiste a simplificaciones (Javier Cercas: Soldados de Salamina. Barcelona: Tusquets, 2001).

De todas formas el resultado final merece la pena, sobre todo si uno está cansado de maniqueísmos sobre la Guerra Civil, pues la novela recupera esos momentos de la contienda en que ni todos los malos son malos ni todos los buenos son buenos. O donde el corazón del hombre asoma en sus dudas, incertidumbres y medianías, y la conciencia en su libertad responsable. Fácil de leer para los alumnos, que agradecerán también la visión nada maniquea de un conflicto bélico que, como todos los demás, tanto se resiste a simplificaciones (Javier Cercas: Soldados de Salamina. Barcelona: Tusquets, 2001).

domingo, 2 de mayo de 2010
La guerra del general Escobar (José Luis Olaizola)
No es una gran novela, pero ha conseguido llegar donde su autor la quería llevar, y que creo que es su mayor mérito: mostrar la capacidad de la conciencia para ser leal a sí misma. El personaje principal es humano y también una figura heroica en el sentido técnico del término. No tiene nada de los antihéroes, escépticos, cínicos y figurones de otras novelas. Sin duda éste y su literaria crítica de izquierdas y derechas, de republicanos y franquistas, y de las inconsistencias entre el pensar y el actuar de ambos bandos son sus principales logros. Lo demás, a mí, se me queda en una medianía, aunque una medianía discreta y estable. La narración en forma de diario o memorias discurre fluida y los momentos de humor, amor y honor de que se acompaña la anécdota pueden no tener mucho relieve o intensidad, pero están bien dosificados. Al final, sin embargo, el lector puede pensar que la novela podía haber dado para más, y que quizá un tono más apasionado y menos sereno habría cuadrado mejor al carácter decidido del protagonista. Fácil de leer y escrita en una actitud nada partidista en un tema en que no resulta frecuente serlo. Aunque algunos pasajes les parecieron un poco sosos o cursis, mis alumnos disfrutaron con el personaje del general Escobar y la facilidad de lectura de la novela. (José Luis Olaizola: La guerra del general Escobar. Barcelona: Planeta, 1982; Premio Planeta 1982).
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