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martes, 8 de diciembre de 2015

Eduardo Mendoza: Una comedia ligera

 Una comedia ligera
es también
una novela ligera,
sin peso suficiente.
Éste es el cuarto libro de Eduardo Mendoza que comento en el blog y sólo puedo decir que sigue sin convencerme. Me  imagino que tendré que acabar leyendo las que me han dicho que son sus dos mejores novelas (La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios), para al final tener una visión más justa de toda su obra.

    Como comentaba a propósito de Riña de gatos y de Tres historias de santos, me siguen pareciendo frustrados esos relatos de Mendoza en los que se trata de combinar el tono realista con otro más bien sainetero o de farsa, porque al final se queda a medio camino de los dos, sin conseguir una simbiosis más o menos de calidad. Tampoco creo que sea tarea fácil, porque es tratar de juntar en una misma novela  el realismo de Pérez Galdós y el esperpento de Valle Inclán, algo que me parece reservado a auténticos genios literarios. Ésta es también la razón por la que me parece también que Sin noticias de Gurb es la novela de Mendoza más lograda o más consistente de todas las comentadas en el blog, ya que de principio a fin se mueve en un solo nivel, y, aunque de tono menor, también la única que sigo recomendando.

    No quiero tampoco quitarle lo que sí tiene. Por ejemplo, se sigue agradeciendo la facilidad y riqueza del vocabulario, la fluidez de la lectura, la rica galería de personajes, la habilidad para lograr el calor local de la ciudad de Barcelona en sus diferentes niveles o ambientes sociales. En este caso también pueden gustar el "contrapunteo" que hace Mendoza entre su historia, los diálogos de la obra de teatro que estaría escribiendo el protagonista principal y las noticias sobre el juicio de Nuremberg o el haber sabido enmarcar toda la historia en un espacio temporal –las vacaciones de verano– que por simbolismo o por otras implicaciones ayudan un poco a que la historia tenga un poco más de consistencia. Y quizá también el juego metaliterario del teatro dentro del teatro. Aunque no llega a  los logros de Un drama nuevo, la obra de Manuel Tamayo y Baus, el título de la novela es también apropiado tanto para la comedia que está escribiendo Carlos Prullàs, el protagonista, como para la que le está tocando vivir. La simbiosis, en este caso, resulta convincente.

    Pero me parece que la novela falla como narración. La acción tarda bastante en arrancar, pues realmente no empieza a pasar nada hasta la página 172 (de las 383 que tiene el libro), en la que llega la noticia del asesinato de uno de los personajes. Esas ciento setenta páginas pueden entenderse obviamente como la preparación para todo lo demás, o como un alejamiento de los modelos típicos de la novela policíaca, pero al final acaban lastrando el resto del argumento, sobre  todo porque no dejan claro adónde se dirige el autor y acaban siendo unas páginas que el lector leer como arrastrado, sin ninguna ruptura argumental seria que haya despertado el natural deseo de la ulterior catarsis. 

      De la misma forma, la intriga en torno al autor del asesinato se acaba resolviendo de forma un poco decepcionante. Después de haber creado una buena serie de personajes y situaciones sospechosos,  y de habernos hecho seguir las dobles pesquisas del “jerarca” y del propio Prullàs, acabar solucionando el problema a través de un “deus ex machina”, y acabar endilgando a uno de los ayudantes la culpabilidad del delito secundario, resultan bastante decepcionantes. Igualmente, la decisión final de Lilí, parece bastante inconsecuente con todo lo que se nos ha contado de ella durante la novela. Mejor cerradas están la vida profesional de Prullàs y su relación con Marichuli, pero siguen quedando sueltos otros cabos como Martita, que parece más un adorno que otra cosa, y otros de los personajes que Prullàs ha dejado en Barcelona.

    En fin, Una comedia ligera es también una novela ligera, sin peso suficiente, y que creo que sólo puede interesar a los incondicionales de Mendoza. Yo seguiré esperando. 



miércoles, 29 de abril de 2015

Arturo Pérez Reverte: 'Hombres buenos'

Interesante metaliteratura pero
tópica moralina y
mediana como novela
Aunque al comienzo y durante buena parte de su lectura, esta novela me estaba pareciendo un poco más ambiciosa que otras de Reverte, al final no he podido evitar una sensación de fuerte decepción. Sobre todo porque no me parece que Hombres buenos vaya más allá de las novelas de tesis del siglo XIX, donde todo se sacrifica a una moralina directriz y se perjudica así lo que hace más duradera a una novela, como suele ser la humanidad de sus personajes, la autonomía de su argumento o la propiedad de su lenguaje.

Hombres buenos no cambia  mi opinión sobre su autor, del que ya he reseñado aquí alguno de sus Alatriste, El club Dumas y El francotirador paciente. Me sigue interesando su afán de contar historias, su empeño para documentarlas seriamente y su habilidad para construir escenas sueltas. Menos me convencen como logros literarios la monotonía de sus diatribas o ese estilo que no acaba de encontrarse a gusto en los niveles lingüísticos más exigentes.  

Y reconozco que a esta novela no le faltan méritos. Entre ellos y de forma principal la esa dimensión metaliteraria conseguida con alternancia de voces entre el autor-novelista que recuerda  la elaboración de la novela y el narrador que cuenta el viaje de los dos académicos. Como asumo que la primera es realmente histórica,  creo que se trata de un libro  especial pues lo normal es que en casos semejantes los autores-novelistas (Juan Valera en Pepita Jiménez por ejemplo) llenen de ficción lo que presentan como  verdadero.  Otros méritos serían la labor de documentación acerca de asuntos como los fondos bibliográficos de la Academia, la literatura libertina, la historia de la marina, la sociedad y costumbres francesas del siglo XVIII, etc, etc. 

Pero al final, me parece que las disquisiciones y debates filosóficos de don Pedro y don Hermógenes, y sobre todo las ideas encarnadas por el primero, acaban empañando seriamente la historia y la vida propia de los personajes. Obviamente, si lo que pretende Pérez Reverte es que nos quede claro lo que piensa él acerca de la tensión entre fe y razón, o de su querida y la vez denostada España, eso está plenamente conseguido, y no creo que haya que objetarle nada, salvo que quizá es la misma historia de siempre. Pero si lo que pretende es crear personajes de carne y hueso me parece que se queda muy lejos.  

Tanto don Pedro, como don Hermógenes, don Manuel o don Justo parecen ser sobre todo figuras de cartón-piedra, símbolos inertes de lo que Pérez Reverte consideraría respectivamente un caballero ideal, un catolicismo dialogante (y un poco tonto), un catolicismo atrincherado o casposo y una pedantería erudita. A veces sí hay respiro de humanidad en ellos, pero es precisamente cuando dejan esos papeles...Esto, por supuesto, tiene el peligro de las reducciones maniqueas. Nada intermedio, nada que haga a unos o a otros cambiar lo prefijado, nada que recuerde zonas grises, vaivenes interiores o posibilidades contrarias. En este sentido quizá sólo quepa salvar a Bringas, probablemente el personaje más auténtico e irreductible de todos.  

Porque tampoco Pascual Raposo, el malo-malo de la peli me ha parecido tan bien conseguido. Es más bien un ejecutor autómata, que pasa la mitad de la novela con prostitutas que nada tienen que ver en la historia y la otra mitad cumpliendo su encomienda pero desde desde lejos y sin mojarse. Y, por supuesto, sus aventuras con esas cortesanas son completamente prescindibles; pocos episodios he leído tan inútiles para una novela como el de las relaciones entre Raposo y la maritornes parisina.  Con la cantidad de historias e incidentes más en línea con la historia principal que se hubieran podido crear en el París prerrevolucionario... Diem perdidi, que dirían los romanos....

Y pasando a la anécdota, como ya he dicho, creo que estamos ante una novela de tesis; por ello demasiado frecuentemente la aventura queda en un segundo plano. Al final de su lectura lo que seguramente el lector acabe pensando es qué bonitos son los ideales ilustrados ejemplificados en don Pedro y cuánto vale sacrificarse por la cultura y el libro…, o cosas análogas. No creo que ese lector acabe viendo en esos personajes figuras verosímiles ni que la historia se haya desarrollado como una novela de aventuras: los viajes de ida y vuelta a París sólo tienen cada uno un momento de complicación, la estancia en París transcurre casi toda entre diálogos filosóficos y galantes y escenas de cama, y por momentos la Enciclopedia o parece prácticamente olvidada o se llega a ella de  forma relativamente facilona,  sin nada que recuerde a la tensión de una buena novela detectivesca. Y qué decir de esa escena inicial del duelo, que luego no es ni mucho menos el asunto principal de la historia… parece como si se hubiera puesto al comienzo de la narración con calzador como una especie de anzuelo, para que el lector quede enganchado con un argumento que, de otra manera hubiera resultado mucho menos atractivo

Dejo de lado otros asuntos menores, unos de mayor agrado o aciertos que otro. Por ejemplo el uso del presente histórico en las escenas de la historia narrada (¿Azorín?), la mezcla de personajes reales e históricos en una pesquisa bibliográfica (¿Borges?), la presencia del profesor Francisco Rico como personaje usado y gastado en las novelas de Javier Marías (el amigo de Pérez Reverte que también publica en Alfaguara), la pulla para Andrés Trapiello (que no publica en Alfaguara), la fragilidad filosófica del racionalismo de don Pedro (que los románticos alemanes o algún apologeta cristiano con más cerebro que d. Hermógenes -F. O'Connor, Chesterton- habrían demolido con un par de frases) o  esos vocablos que me temo sean anacronismos puestos en personajes del XVIII (“rebotarse”, “tío”, “no me jodas”, “tocar los huevos”, “salir de los cojones”)... Pero bueno, ya sabemos que el escritor tiene sus libertades (que sólo la literatura puede limitarle)  y que a Pérez Reverte hay cosas que no puede o no quiere controlar, o que, sencillamente, le importan tres */@*!

En resumen, otra novela de buenas intenciones, que puede funcionar como metaliteratura, pero no como novela, si por esta entendemos el espejo a lo largo del camino de la que hablaba Stendhal o si buscamos algo que vaya más allá de una simple moralina. (Arturo Pérez Reverte: Hombres buenos. Madrid. Alfaguara. 20015, 592 pp.)






sábado, 20 de abril de 2013

Personajes de papel: ‘Dublinesca’, de Enrique Vila-Matas

Aunque París no se acaba nunca, mi previa lectura de Vila-Matas, me dejó al final un buen sabor de boca, quizá por ser hasta entonces prácticamente mi única lectura suya, Dublinesca ha sido, al final, una decepción. Y no es porque no me guste lo metaliterario o porque no reconozca en el libro algunos momentos logrados, sobre todo en el nivel de estilo, sino porque todo suena a ya visto, a ya repetido.

     A Vila-Matas le honra la intención de abrir y buscar caminos literarios nuevos, que huyan del realismo y de la prioridad de la anécdota, pero aquí el resultado ha sido bastante mediocre. No veo en Dublinesca nada que no haya visto en la novela anterior y lo que creo que pretende pasar por aportaciones  nuevas, como esa disposición de algunos capítulos en formato teatral o telegráfico, puede sonar a innovador si lo contrastamos con la novela más comercial, pero no va a decir nada nuevo a los escritores más sofisticados del campo, y, mucho menos todavía, a  la novela experimental en su conjunto.

       Los recursos que pudieron ser nuevos en su momento pero que aquí suenan a manidos son, por ejemplo, esa alusión continua al mundo del cine y la literatura, a sus productores, protagonistas y consumidores; esa aparición de los medios de comunicación o generadores de información más recientes, como Google y otros; esa selección de alguien del mundo del libro –en este caso el editor Riba- como protagonista de una acción y de unas digresiones que se mueven principalmente  en torno a esos ámbitos y que van sucediéndose unas a otras a veces con lógica causal pero otras veces dando la impresión de simple relleno o acción verborreica. Y reconozco que algunas de esas digresiones son temática y estilísticamente brillantes, pero al final son las menos y acaban dando una impresión de laberinto inacabable.



A pesar de sus méritos,  Dublinesca es
sobre todo y ante todo un mundo de  papel
       La anécdota principal no deja de tener su consistencia e interés humano y creo que en manos de otro novelista o del mismo Vila-Matas pero liberada de gran parte de ese lastre libresco habría ganado mucho más y habría dado lugar a una novela que fuera también el homenaje a James Joyce que persigue aquí el autor. Y eso sin necesidad además de haber cambiado esa serie de personajes tanto reales como pertenecientes al mundo de la cultura. Aunque, lamentablemente, me temo que habría seguido siendo tan pesimista y desesperanzada como ésta. (Enrique Vila-Matas: Dublinesca. Barcelona: Debolsillo, 2011, 284 pp.).



PD. Por medio de un comentario anónimo y un poco insultante en mi entrada anterior (por eso no lo he publicado), he sabido de que esta novela ha sido elegida por The Guardian como una de las seis finalistas del Independent Foreign Fiction Price. Después de leer la noticia y la reseña de Alberto Manguel enlazada a la misma, mi opinión acerca de la novela sigue siendo la misma. En cuanto a su selección por The Guardian  queda claro que lo que han elegido es la traducción, no el original, lo cual no es exactamente lo mismo, como también digo en los comentarios a la entrada anterior. Además, todos sabemos que eso de los premios es demasiado relativo. Sólo hay que pensar en Echegaray, uno de nuestros Nobel..., a quien muy pocos hoy recuerdan y a quien creo que casi nadie lee.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Luis Landero se pone a años luz de sí mismo ('Entre líneas: el cuento o la vida')

La verdad es que después de haber leído y disfrutado Juegos de la edad tardía, encontrar algo tan diferente y tan inferior no ha dejado de sorprenderme. Usando una de las comparaciones del mismo Landero en este libro (pp. 125-126), tengo la impresión de haber salido a buscar un imperio para al final acabar encontrando unas borriquillas.

      Aunque Entre líneas  aparezca a veces presentada como novela creo que es más propio entenderla como una autobiografía narrada en clave (Manuel es claramente un trasunto de Landero), que incluye también algo de ficción y sobre todo  una buena dosis de meditaciones personales del autor que acaban acercando esta narración al género del ensayo. Los diecisiete capítulos se organizan de forma alternada, con los impares escritos en tercera persona y narrando la vida de Manuel como profesor y poniendo en voz alta sus reflexiones, y los pares que son en general recuerdos en forma autobiográfica de ese Manuel. Esta alternancia al principio se siente un poco deslavazada, aunque según progresa la novela ambas líneas se van entrelazando bien y acaban simbióticamente unidas en el capítulo último mediante el empleo de ciertos leitmotivs que han ido apareciendo en ambos grupos de capítulos.

     Los capítulos impares tratan de recrear casi siempre el tono y el estilo de Azorín, sobre todo el de Confesiones de un pequeño filósofo. Por ello, las frases suelen ser de sintaxis sencilla y lineal, y temáticamente orientadas hacia una llamada de atención sobre las cosas pequeñas o más cotidianas. Esto tiene sus riesgos, que Landero aquí no parece siempre superar. Y es que intentar redimir lo ordinario tiene el peligro de caer en la trivialidad, y de hecho el principio de la novela da esa impresión, que se está asistiendo a confesiones sobre asuntos huecos que no parecen llevar a ninguna parte ni adquirir ninguna trascendencia. Aunque ese tono azoriniano no se mantiene igualmente uniforme en todo el libro –y realmente no sé si este es un objetivo del autor– quizá lo peor sea  que la profundidad de esas reflexiones es bastante desigual. Y así junto a algunas interesantes y originales, nos encontramos otras muy manidas y excesivamente obvias. Algunas propuestas sobre la literatura o la intertextualidad no van más allá de lo que se puede encontrar fácilmente en cualquier manual de historia o crítica literaria y por ello el disfrute del libro va a depender bastante de la familiaridad del lector con esas ideas. Algunos de los temas que toca son la cultura, la enseñanza de la literatura, la intertextualidad, la relación entre literatura y vida, la calidad de los escritores…, variedad que en su conjunto no creo que llegue a convencer como algo bien trabado o expuesto de forma innovadora. Lo cual no quiere decir que no sean acertadas, especialmente sus críticas a la masificación y vulgarización cultural o sus reflexiones sobre la enseñanza de la literatura.

     Si algo salva a este libro creo que es la resolución de la imbricación de esos dos discursos, su estilo fluido y algunas de las anécdotas aisladas con que se interpolan o intercalan esas reflexiones (un ejemplo puede ser la historia de Esteban). Pero de todas maneras al final, al compararlo inevitablemente con Juegos de la edad tardía, la impresión no puede ser más que la de la decepción. Por  ningún lado he visto aquí los logros formales de aquella novela ni tampoco la emergencia de un mundo con consistencia propia. Espero que los otros libros de Landero que aún no conozco sean mucho mejores que este, porque creo que es lo lógico esperarlo de quien escribió una de las novelas más interesantes de los últimos cincuenta años.  (Luis Landero: Entre líneas: el cuento o la vida. Barcelona: Tusquets, 2001, 162 pp.).



miércoles, 31 de agosto de 2011

El club Dumas (Arturo Pérez Reverte)

Pues no me ha decepcionado tanto como me habían hecho pensar mis lecturas de Alatriste, y aunque a ratos ha llegado a entretenerme y a cambiar un poco mi previa opinión sobre su autor, tampoco creo que sea una novela que con el tiempo vaya a pasar a la lista de los grandes libros.   
      Parte de mis reparos se debe al lenguaje de la novela. No digo que sea de léxico limitado o pobre, sino que no noto logros estilísticos de calidad o altura, y por el contrario sí muchas frases o giros que se me quedan muy a medio camino de lo que debe esperarse de un escritor que además es académico. No digo que no haya aciertos aislados, que sí los hay, pero en su mayoría es un lenguaje que es original por ser propio, por ir con la personalidad del autor, pero no por ponerse al nivel de lo que consiguen hacer otros escritores hacer con el vocabulario o la sintaxis del idioma que manejan. Los diálogos, por ejemplo, no son individualizados, y todos los personajes parecen hablar con un único registro, el de su autor. Hay que reconocer que esto tampoco es fácil, dada la cantidad de personajes que aparecen en la novela, pero al menos es lo que deberían mostrar de aquellos que como Lucas Corso o Boris Balkan, el narrador, se supone que se mueven en mundos diferentes. Así todos ellos personajes acaban soltando aquí y allá frases lapidarias que servirían muy bien para un guión de un
spaghetti western. Yendo a lo concreto, no sé qué hacer por ejemplo con frases como “Varo Borja sonreía como un tiburón en busca de un bañista” (p. 69), “Aquello podía ya ser la leche” (p. 355),  o “Corso le hizo un guiño al vacío, descubriendo el colmillo de lobo sarcástico” (399). 
     Otro de los problemas, común a muchos best-sellers, es su componente didáctico o informativo. Es decir, cuando en este caso las reivindicaciones del autor sobre el folletín y la novela de aventuras las lea un conocedor en ese tipo de literatura, me temo que le van a parecer de una simpleza agobiante. Yo no soy experto en ese campo –y en este sentido he agradecido bastante la información ofrecida por el libro y he echado de menos alguna lectura mía al respecto– pero esa es la impresión que saqué en Alatriste y sus opiniones sobre el castellano del Siglo de Oro, que eran ideas que cualquier conocedor de la literatura española ha leído por activa y pasiva en manuales de historia y crítica literaria y que, sin embargo, al leerlo en boca del narrador de Íñigo de Balboa, uno tenía la impresión de que su autor nos estaba contando la invención de la rueda como algo de rabiosa actualidad.
     Tampoco todo es negativo, y me parece que en cuanto remedo y homenaje de las novelas de folletín El club Dumas funciona bien en su a trama, en su tipo de personajes, en los juegos intertextuales, y en esas mezclas de diferentes niveles de realidad (verosimilitud, metaliteratura, lo sobrenatural, etc.).  El argumento llega a intrigar, aunque a veces se sienta demasiado lento. La imbricación de la trama folletinesca y la policial me parece, en general, bien resuelta, aunque también es cierto que el doble desenlace al que se ve obligado el autor puede entenderse fácilmente como un error de cálculo o de proporción. De los personajes realmente no se puede decir mucho, pues Reverte se maneja principalmente con estereotipos, el hérore-antihéroe (Corso), la mujer fatal (Liana-Milady), malos malísimos (Varo Borja, ’Rochefort’), etc. Aunque seguramente se trata de una versión de algún personaje de Dumas, en este grupo creo que también es justo reconocer la originalidad de la chica joven anónima, que es a la vez chico-ángel-demonio y que va ocupar el lugar del Nikón, el antiguo amor de Corso y también un homenaje del Pérez Reverte periodista a la cámara fotográfica.
     Igualmente algunas escenas están bien logradas en narración y perspectiva, como el incidente de Corso y ‘Rochefort’ en las escaleras del Sena, pero otras se me han hecho demasiado morosas y hasta innecesarias en la trama, como la escena erótica entre la chica y Corso. Por el contrario, el arribo a la identidad del club Dumas y el encuentro con su sede y sus socios debería haberse desarrollado  más, primero por ser lo que da título al libro y segundo porque al acabar la novela desconectado de eso y volcado sobre la solución del enigma del libro diabólico todo pierde unidad y el lector se queda con la idea de que realmente habría sido mejor concentrarse en un solo tema –el club Dumas– y haber dejado completamente de lado el segundo. Para acabar de rematarlo, el enigma final extraído del libro demoníaco después de tantas idas y venidas y de tantos cálculos y laberintos se acaba  resolviendo de forma literalmente imposible, pues el reflejo del anagrama final resulta en realidad ilegible en un espejo –como pide el narrador por boca de Varo Borja (p. 487)–, y solo una lectura a la inversa, es decir comenzando por el final, daría el significado del mismo (El lector puede hacer la prueba si quiere: OGERTNE EM ISA leído a la inversa da ASI ME ENTREGO, pero reflejado en un espejo resulta algo completamente distinto y hasta cierto punto indescifrable). Pero el narrador necesita el espejo para mostrar la ‘buena demonización’ de Corso y parece que no le importa saltarse su propia lógica. Y que esto ocurra precisamente en el clímax de esta segunda trama me parece realmente grave y una falta de respeto para los lectores.
     También tengo mis problemas con la perspectiva narrativa elegida por Reverte. Aunque al final la identidad del narrador se revela en una sorpresa bien trabada, por momentos también da la impresión de ser algo a lo que Pérez Reverte no acaba de encontrar el nervio. Le ocurría en Alatriste, con esa voz en off de Íñigo Balboa que quiere ser a la vez omnisciente y testigo, y en El club Dumas en algunos momentos clave. Las explicaciones que se ponen en boca del narrador no dejan de parecerme una excusa: “De nuevo tengo que pasar a segundo plano, como narrador casi omnisciente de las andanzas de Lucas Corso. Así de acuerdo con ulteriores confidencias del cazador de libros, podrá ordenarse la relación de trágicos sucesos que vinieron después” (p. 92). Me imagino que esto tiene que ver con la poética de Pérez Reverte, que busca una narración más simple o directa, inocente, como dice él en algún momento de la novela, pero precisamente en momentos como este es cuando se diferencia un escritor de calidad de otro que no lo es tanto. El primero sabe complicar el argumento para luego trabajarlo y acabar presentándolo como algo simple y asequible (Por si acaso, el recurso de Pérez Reverte al narrador-personaje-antagonista tampoco es original; ya Borges lo había empleado de forma muy similar en “Hombre de la esquina rosada”).
     Creo que la moraleja de la novela va en dos direcciones, la literaria y la existencial, que entiendo como nietzscheana o posmoderna. En la literaria es clara la reivindicación que Reverte hace del folletín, de la literatura de entretenimiento, de la metaliteratura y también del mundo de la lectura y la bibliofilia. Y en esto no hay mucho que objetar, y sí mucho que agradecer. Pero también creo que al mismo tiempo que se puede escribir literatura de entretenimiento se puede escribir literatura de calidad literaria. Lo cortés no quita lo valiente, como dice el refrán,  y esa lectura inocente que reclama Reverte, que es una de las mejores cosas que tiene esta novela, no puede convertirse en excusa para  desfallecimientos técnicos o estilísticos  como los que he señalado. Libros clásicos de literatura infantil como los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga o La edad de oro, de José Martí, podrían servir de ejemplo para esa combinación.
      Más contradictoria me parece la moraleja niestzcheana que creo adivinar en esos coqueteos de la novela con lo demoniaco, a través de la chica-chico, etc. (Por si acaso tampoco Pérez Reverte es original en este acercamiento, pues antes que él lo han tratado escritores como Clarín –“La noche mala del diablo”–, Amado Nervo –“El diablo desinteresado”–, Julio Garmendía “El alma”, Rómulo Gállegos –“El carnaval del diablo” – etc.). Y en todos ellos ocurre algo parecido a lo que vemos en El club Dumas. Porque si, como quería Nietzsche, hay que estar más allá del bien y del mal, Corso y Pérez Reverte acaban fracasando, y es que al final la relación entre Corso y la chica es, simplemente, una historia de amor, es decir una historia de atracción por el bien y la belleza, como ya habían advertido los clásicos.
     En fin, una novela bastante mejor que lo que conozco de Alatriste, con limitaciones que parecen insalvables, pero que puede ser entretenida si el lector está dispuesto a perdonar a Pérez Reverte un buen número de limitaciones que oscilan entre lo inevitable y lo ilógico. (Arturo Pérez Reverte: El club Dumas. Madrid: Alfaguara, 1997, 493 pp.).





Enlaces: mi anterior entrada sobre Pérez Reverte y Alatriste aquí.

sábado, 5 de febrero de 2011

La velocidad de la luz (Javier Cercas)

Pues no, creo que al final voy a tenerme que leerme alguna novela más de Javier Cercas para convencerme de además de ser un buen escritor es también un gran escritor. Es obvio que no se pueden negar  los aciertos y méritos de La velocidad..., entre ellos ese estilo fluido y ligero,  pero rico también, que permite leer la narración con facilidad y disfrutando del léxico. También son interesantes esas reflexiones sobre la violencia y la guerra, de mano del narrador y de mano también del 'loco lúcido ' de la novela, Rodney Falk, veterano de la Guerra de Vietnam, cuya historia debía también ser contada. Igualmente son interesantaes las que el narrador elabora acerca del éxito literario, a partir de los comentarios más o menos autobiográficos sobre  Soldados de Salamina. Algunos personajes también tienen su singularidad, sobre todo Rodney, e igualmente esa galería de personajes secundarios que se mueven en torno a ambos, a Rodney y al narrador.  

Pero el resto me ha recordado excesivamente a Soldados de Salamina. Ahí tenemos por ejemplo la misma perspectiva autobiográfica para narrar la historia, pero también acompañada de un continuo vaivén de lo ficticio a lo histórico con una frecuencia que realmente llega a cansar, por no añadir nada nuevo a las técnicas de Soldados.... Cansan también esas vueltas y revueltas de escepticismo posmoderno después de tantas afirmaciones que acaban siendo desmentidas o cuestionadas justo después de ser enunciadas. Igualmente el tono entre desengañado y pesimista -con destellos de esperanza e ironía- en que se mueve este narrador es exactamente el mismo que en su otra novela. Pero quizá lo menos acertado haya sido repetir la estrategia metaliteraria de Soldados..., es decir convertir en argumento de la novela el proceso de elaboración y creación de la misma. Para quienes hayan leído Soldados... y recuerden este recurso, La velocidad de la luz no les aportará tampoco nada nuevo, e incluso puede que lleguen a acertar el final de la novela.


No he leído todavía Anatomía de un instante, el último trabajo de Cercas, pero después de estas dos novelas, mi esperanza es que su autor haya conseguido lograr otros tonos y mostrar que domina otros recursos y otros  formatos. Por supuesto, ni Soldados... ni La velocidad... son en sí mismas novelas mediocres, pero vistas en conjunto muestran demasiadas repeticiones, demasiadas similitudes; el autor puede seguir explorando esos caminos y seguramente seguirá ofreciendo aciertos como éstos, pero no mostrará todavía que es de esos escritores que se mueven con completa soltura por un amplio número de ámbitos y que no se limita a repetir mecánicamente las fórmulas que le han llevado al éxito.  De nuevo, cada escritor es libre de elegir el camino que quiera, pero creo que también es verdad aquello que decía Gabrielle D'Annunzio: 'rinnovarse ó morire'. (Javier Cercas: La velocidad de la luz. Barcelona: Tusquets, 2005, 305 pp.).

P.D. Mi reseña de Soldados de Salaminaaquí.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Invención para una duda (Antonio Prieto)


Creo que lo primero que tengo que decir de esta novela es que se trata de una narración metaliteraria y además bastante cargada de  reflexiones librescas e intelectualistas. Por ello no creo que sea del gusto de quienes buscan en la literatura historias más o menos reales o verosímiles ni de aquellos que leen buscando emociones y afectividades. Sin embargo, como juego de ficción y como metaliteratura, y también por algunas reflexiones concretas, como las que giran en torno al tiempo pasado y a episodios librescos de la historia cultural, resulta una obra interesante y bien lograda.
        El conjunto de la narración es más bien una historia fría si la juzgamos en términos convencionales. Aunque los dos nervios de la acción (las inquisiciones que el protagonista  hace tras haber descubierto que ha sido personaje de una  novela y las que giran en torno a la inexplicada muerte de otro de los coprotagonistas), proporcionan una dosis de intriga suficiente, ésta no acaba de tener el enganche o empuje que habría tenido en otro tipo de novelas. Esto se debe principalmente a que esas inquisiciones se van resolviendo a base de diálogos más bien filosóficos o intelectuales, que ralentizan la acción y reducen la carga emocional al mínimo imprescindible. Al mismo tiempo, esos diálogos son jugosos y originales,  con frases que son auténticos hallazgos en su contenido y en su estilo. Esto es especialmente visible en la segunda mitad del libro, pues en la primera, de vez en cuando, hay algunas frases o páginas donde la repetición de palabras o conceptos (ej. pág. 52) puede llevar a  pensar en una excesiva limitación léxica por parte del autor. De la misma manera hay que elogiar los numerosos guiños al lector que hace Antonio Prieto, como el alias de ese delincuente llamado Zapatos, que no puede dejar de evocar a cierto político español, o ese giro que se produce en las páginas finales de la novela, donde se da una vuelta de tuerca más a la confusión entre ficción y metaficción, para dejar toda la historia en una incertidumbre ideal. Eso creo que es lo que quiere decir el título del libro, que realmente es una invención (un encuentro, un invento, una ficción) para esa confusión de ámbitos y de identidades. 
        En resumen, una novela casi exclusiva para los aficionados a la metaliteratura, pero que en este ámbito funciona bastante bien, a pesar de algunas limitaciones mínimas de construcción o de lenguaje. (Antonio Prieto: Invención para una duda. Barcelona: Seix-Barral, 2006, 223 pp.). 

martes, 5 de octubre de 2010

El sueño de Venecia (Paloma Díaz-Mas)

Del entusiasmo al casi-desencanto, así es como creo que podría resumir el itinerario de mi lectura de esta novela, de cuya autora conocía el cuento "Las sergas de Hroswith", de grata memoria. El libro está organizado en cinco capítulos y en torno un hilo conductor que son los vaivenes de un cuadro-retrato de los dos protagonistas del primer capítulo. Este primer capítulo es realmente un logro en cuanto a imitación del castellano del siglo XVI se refiere. Precisamente ahora estoy explicando 'El Lazarillo' en mis clases, y a veces he sentido como si fuera un 'tratado' más del libro que dio inicio a la picaresca. Quizá pueda resultar forzado el 'final  feliz' de la historia, con la boda del pícaro con una mujer que podría ser casi su abuela, pero la forma de recrear la vida del Madrid del Siglo de Oro, los guiños al lector de El Lazarillo con ese Zaide negro que recuerda al padrastro de Lázaro, o ese nombre de Pablos tomado de El Buscón, hacen de este capítulo una pieza casi única.

El resto de los capítulos sigue una tónica semejante. Se pasa luego a comienzos del siglo XIX, a través del género epistolar, y por medio de unas cartas escritas por un viajero inglés en la España de Carlos IV volvemos a encontrar el cuadro, con su historia ya un poco más distorsionada. El siguiente capítulo es una recreación de la España del realismo burgués de mediados del  XIX, con un narrador omnisciente, un lenguaje un poco prosaico, una historia de líos más o menos matrimoniales y el cuadro que aparece al final un poco  más irreconocible. En este caso creo que el homenaje es en parte a 'La Regenta', con ese indiano galante de nombre Álvaro y que quiere ser una réplica de Álvaro Mesía, el seductor de Ana Ozores. El siguiente nos ubica en la España de la posguerra, con un narrador de novelas experimentales que habla desde la perspectiva de una niña lectora del
capitán Trueno y en cuya habitación se encuentra el cuadro ya completamente transformado. La conclusión llega con el informe final, que parece remedar el estilo de los catálogos de anticuarios o de salas de subastas o de exposiciones de pintura. Al final una versión falsa de la historia del cuadro queda consagrada como verdadera o más plausible la versión real de la misma resulta descartada por ridícula.

Como puede verse, los méritos del libro dependerán del aprecio que el lector tenga por la metaliteratura y la consideración que le merezca la habilidad de Díaz-Más para imitar los diferentes estilos. A mí particularmente me han convencido el primer y el cuarto capítulos. El segundo y el tercero me han parecido bastante más tópicos, aunque quizá esto sea inevitable, ya que se trata de evocar esas épocas históricas tal como las ha reflejado la literatura.  Así toda esta metaliteratura se convierte en el mérito y en la limitación de la novela, pues por un lado muestra la habilidad proteica del estilo de Díaz-Mas pero por otra encierra esas historias en unos motivos que pueden llegar a ser lugar común y a aburrir al lector 'más ilustrado'. Por lo mismo, los lectores que no hayan leído la picaresca, la literatura epistolar del XVIII, la literatura de viajes, o los otros tonos que trata de revivir la novela, acabarán entendiendo ésta de forma bastante limitada. Algo parecido puede decirse de la conclusión final, es decir la ironía sobre la verdad y la ficción, sobre la confusión entre verdad y mentira. Original dentro de la novela, pero tópica y demasiado repetida en la narrativa posmoderna.

A
l final una narración entretenida y quizá iluminativa para lectores con interés por la historia literaria y la metaliteratura, pero quizá demasiado monótona para aquellos que ya estén familiarizados con ese mundo. La novela ganó el Premio Herralde de novela en 1992. (Paloma Díaz Más: El sueño de Venecia. Barcelona: Anagrama, 1992, 221 pp.).



lunes, 20 de septiembre de 2010

El expediente del náufrago (Luis Mateo Díez)

En una entrada anterior de este blog reproducía unas palabras de Luis Mateo Díez en las que hablaba de que sus novelas estaba escritas en 'un tiempo sin tiempo (porque) los espacios urbanos vienen del pasado y están en la eternidad". En la misma entrevista el autor aseguraba que se consideraba sobre todo un escritor de ambientes y atmósferas más que de anécdotas o historietas. Y esta novela da buena muestra de todo ello.

En primer lugar la atmósfera agobiante y densa se consigue muy bien a través de esa sucesión de espacios cerrados u oscuros donde transcurren las acciones, los encuentros y los diálogos de los protagonistas, especialmente ese archivo municipal y esos cines y bares donde se dan cita unos personajes que parecen salidos más de una novela de Kafka que de la vida real. También la ciudad donde ocurre toda la 'aventura' nunca llega a tener contornos reales precisos, aunque no sea difícil sacarle parecidos con algún lugar del norte de España. Igualmente interesante es el hilo conductor de la anécdota (el descubrimiento de la identidad e historia de un poeta olvidado, algo que recuerda a 'Las esquinas del viento', de J. M. de Prada), y todos los componentes metaliterarios derivados de esa búsqueda.

Al final, la anécdota y los personajes tienen consistencia en sí mismos, es decir, en ese mundo quimérico y nebuloso o fantasmal que Mateo Díez ha creado para ellos. Pero no la tienen, a mi juicio, si queremos hacer de ellos personajes 'realistas', de carne y hueso. Por lo mismo, a veces me ha parecido que el progreso de la anécdota es demasiado lento y que se difumina excesivamente el sentido de la intriga. 


Por ello, esta novela hay que leerla bajo unos parámetros especiales, sin buscar verosimilitud,  lógica o puro entretenimiento. Si no, no va a ser fácil su lectura. Son numerosos los momentos en que la historia roza o entra de lleno en lo grotesco o lo esperpéntico, con situaciones límite o imposibles en el mundo histórico, y con unos personajes cuyos nombres y apellidos parecen haber sido sacados de un diccionario onomástico perdido en el tiempo o almacenado en los archivos del buen gusto. Son esos nombres los que contribuyen también a que la historia permanezca en esos ámbitos del delirio de los que habla el autor en una de las
 presentaciones del libro

El lenguaje es el lenguaje tan cuidado a que nos tiene acostumbrados Mateo Díez, procurando huir siempre y con éxito de la frase tópica, aunque algunas veces -pocas- caiga en lo innecesario y en el alargamiento de frases, conceptos y sensaciones. Quizá porque ésta es la única manera de dar a la atmósfera ese protagonismo que él busca en sus libros. Creo que hoy día hay pocos escritores que sean tan conscientes del trabajo que necesitan palabras y frases para ser verdaderamente personales y únicas. Al mismo tiempo no cae en rebuscamientos léxicos o sintácticos barroquizantes y, desde este punto de vista, la novela es también de una lectura enriquecedora.


En resumen, una buena novela bajo todos esos parámetros, pero que quizá no guste a los lectores  más dados al realismo verosímil que Mateo Díez supo recrear tan bien en "Brasas de agosto", a quienes crean que el narrador podría haber ahorrado muchas escenas, personajes y vericuetos para llegar al desenlace, o a quienes, como yo, no comulguen del todo con el pesimismo de la lapidaria frase final
, frase que, por otra parte, resume muy bien el tono global de la novela ("El mundo es una isla triste"). (Luis Mateo Díez: El expediente del náufrago. Madrid: Alfaguara, 1992, 331 pp.).



martes, 3 de agosto de 2010

Flores de plomo (Juan Eduardo Zúñiga)

Esta breve novela me ha parecido bastante interesante y lograda en el aspecto técnico y formal. Se trata de una narración compuesta por una  serie de escenas independientes o semindependientes del momento central y más conocido, que es el suicidio de Mariano José Larra, el costumbrista español. Eso sirve de punto de partida para novelar otras escenas con personajes más o menos históricos y más o menos ficcionales, unas veces relacionados con la vida de Larra (Dolores Armijo, Mesonero Romanos, José Zorrilla, sus padres) y otras veces con lo más propiamente literario, pero también ligadas a ese leitmotiv (Felipe Trigo, escritor  también suicida).  

Cada escena suele formar un capítulo aparte para al final producir un panorama de conjunto donde Larra no sólo funciona como centro gravitatorio de la novela sino también de lo que creo que es la cosmovisión del autor, una visión bastante pesimista de la vida española que se simboliza con acierto en ese carnaval donde todo son máscaras, nieve y miserias. También me parece demasiado negativa la visión que Zúñiga da ser humano, primariamente egoísta e instintivo, y carente de todo idealismo o sentido de la esperanza. Esto ha sido lo más deprimente de su  lectura, que queda relativamente compensada por un lenguaje cuidado, exigente, de frases largas pero bien construidas y, sobre todo, por un tono único muy sólido y constante, sin fisuras. Pero sigo sin estar seguro de que el comienzo del libro con un suicido, y la conclusión con otro más, aparte de un duelo fatal en el medio, esté al alcance de los ánimos de todos los lectores.


Finalmente, la novela se dirige a un público familiarizado con todas esas figuras literarias y con la vida política y social del siglo XIX español. El lector que no lo esté va a tener bastantes dificultades para disfrutar del libro. En resumen, un libro técnicamente irreprochable pero bastante pesimista, dirigido a un público minoritario y especialmente a aquellos que quieran ver en Larra y en su obra una especie de síntesis de la idiosincrasia española. (Juan Eduardo Zúñiga:
Flores de plomo. Madrid: Alfaguara, 1999, 155 pp.).




viernes, 30 de julio de 2010

Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi (Juan Manuel de Prada)

Como decía en mi entrada anterior, el personaje de Ana María Martínez Sagi llega a convertirse de la mano del narrador en un personaje cautivador, de carne y hueso, y  a oscurecer relativamente los méritos del conjunto, que también son muchos.
      De todas formas, para disfrutar la novela, el lector  tiene que estar dispuesto a superar varios obstáculos. Uno de ellos es su extensión de casi seiscientas páginas, que queda un poco aligerada por la inclusión de fotografías de los personajes históricos de la novela y por bastantes poemas de Ana María intercalados o añadidos como  apéndices. Otro obstáculo podría ser esa mezcla de géneros que persigue conscientemente el autor para alejarse de la novela más típica. En Las esquinas del aire se combinan lo narrativo con lo periodístico,  la creación con la crítica literaria, y lo histórico con lo ficticio. Es una mezcla que no es tan revolucionaria como se nos quiere hacer creer -desde las Vanguardias  'no hay nada nuevo bajo el sol literario'- pero que aquí funciona muy bien y produce una narración donde es difícil -y tampoco tiene mucho sentido- separar cada uno de esos componentes y tratar de encorsetar al libro en una casilla demasiado específica.  El tercer y quizá principal obstáculo puede ser el conocido barroquismo estilístico de Prada, que se manifiesta aquí también sin pudor alguno, muchas veces con hallazgos felices y únicos, pero  también con ampulosidades innecesarias y repeticiones cansinas. 
     Ese barroquismo y exuberancia verbal hace que en los diálogos se oiga la voz del narrador y no la de los personajes, aunque al mismo tiempo es la causa de que algunas descripciones sean muestras de la literatura más conseguida del presente. Quizá lo más negativo en este sentido haya sido no haber podido escuchar la voz propia de Ana María en las grabaciones magnetofónicas finales, pues lo que leemos allí no son las palabras de Ana María sino el reciclado que el narrador hace de esas conversaciones. Esta, a mi juicio, es una de las mayores flaquezas del libro. Haber escuchado las 'verdaderas palabras' de Ana María hubiera sido la culminación lógica e ideal del libro.
     E
n cuanto a la narración ésta toma la forma de una investigación entre periodística y detectivesca. El progreso se va dando a través del descubrimiento y encadenamiento de esas pistas que van a llevar a los tres investigadores (el narrador-aprendiz de escritor, Jimena, su medio novia, y el librero Tabares) al desvelamiento medido y paulatino de la personalidad y la existencia de Ana María, para concluir en el encuentro final y climático con ella y con ese monólogo en el que se atan todos los cabos y se responden a todos los interrogantes que se han abierto previamente. Los recuerdos de Ana María recuperan una vida marcada por el infortunio pero también por la magnanimidad de su carácter, que, a la vez, no siempre es perfecto. Y recuperan también una época o unas épocas de la historia de España (Primo de Rivera, II República, Guerra Civil, el exilio, el retorno) a través de un personaje que a la vez es protagonista y testigo, que a la vez hace la historia y la padece. 
     Hasta el punto de llegada final, la narración se construye con descripciones de lugares y personajes con un tono a veces un poco crudo y distante, y con cierta predilección por lo grotesco, pero que a la vez siempre parecen ser nuevos y pocas veces llegan a cansar. Hay con escenas que oscilan entre lo propiamente detectivesco, otras realmente conmovedoras y otras genialmente divertidas, como las intervenciones que rodean a Pere Gimferrer, que Prada homenajea y convierte en personaje de antología.
     Uno de los capítulos lleva por título 'Almas gemelas', que  el autor dedica a Elisabeth  Mulder, una poeta contemporánea de Ana María con la que se sugiere una relación que algunos lectores entenderán como  platónicamente lésbica y otros como una simple pero intensa admiración personal y literaria.  Pienso también que el título del este capitulo puede ayudar a entender el interés de Juan Manuel de Prada por Ana María. Por razones familiares, de educación y de convicciones personales, Ana María queda descrita como un personaje con de ideas nada comunes en su momento. De la misma manera, el narrador no deja de lanzar puyas más o menos acertadas y más o menos viscerales contra lo políticamente correcto, contra los monopolios culturales que se hacen desde algunos partidos o instituciones, contra algunas izquierdas anticuadas  y miopes y contra algunas figuras de la vida literaria que aparentan más de lo que son. Quizá por eso le haya resultado tan redondo el personaje de Ana María, por haber visto en él una especie de alma gemela.
      Al final creo que el libro puede caber dentro de mis recomendaciones, aunque lo hago con reservas sobre todo por ese barroquismo estilístico que a veces me parece superfluo e innecesario y esa inclusión de poemas y cartas que no siempre son centrales para la trama. (Juan Manuel de Prada: Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi. Barcelona: Planeta: 2000, 578 pp.).


miércoles, 16 de junio de 2010

París no se acaba nunca (Enrique Vila-Matas)

Como decía en la entrada pasada, con esta novela he tenido mis más y mis menos. Mis más por su originalidad metaliteraria, pues siempre me han atraído los juegos de este tipo, especialmente en casos como El Quijote de Cervantes o Un drama nuevo de Tamayo y Baus. Pero en principio El Quijote y Un drama nuevo me parecen más atractivos que la metaliteratura más reciente, por estar al servicio del argumento interno de la novela y no tanto enfocada en una especie de egoncentrismo de autor que a veces no se sabe si es pura egolatría o un empleo lúdico e instrumental de lo literario. En el caso de París no se acaba..., su densidad libresca no llega a ahogar la vida del protagonista de la narración, pero hace que éste se mueva al final en un mundo ajeno al común de los mortales, que pocas veces pueden verse identificados o atraídos por sus andanzas. Pero también es cierto que el tono humorístico e irónico que Vila-Matas ha buscado para su novela se mantiene con éxito llegando a momentos de verdadera maestría que disimulan un poco el desencanto y el mundo un poco vacío en que al final se mueven todos los personajes.

       Tengo que reconocer que en su conjunto se trata de una obra de referencia obligada, por la habilidad con que  Vila-Matas mueve ese mundo y el empleo de recursos como esas repeticiones de frases claves, o algunos golpes de humor periódicamente recurrentes, que van muy bien con el título. Como ellos en la  novela, París, la literatura, Hemingway, Duras, no se acaban nunca, son ya parte del imaginario literario universal. Logrado es también el juego acerca del formato o subgénero de la narración: ¿novela? ¿autobiografía? ¿biografía ficticia? ¿conferencia? El estilo es suelto y fluido, pero un léxico un poco más amplio y una ordenación narrativa más lineal y con menos vueltas y revueltas creo que enriquecerían y facilitarían un poco más su lectura.  Para lectores y alumnos que gusten y estén familiarizados con la metaliteratura. A quienes busquen una ficción realista o historias entretenidas les parecerá demasiado libresca, aunque algunas de las anécdotas narradas en ella merecerían ser antologadas en cualquier volumen sobre el género. (Enrique Vila-Matas: París no se acaba nunca. Barcelona: Anagrama, 2003, 233 pp.).




domingo, 23 de mayo de 2010

Negra espalda del tiempo (Javier Marías)

Es ésta una novela para los fans de Marías. A quienes no les guste su literatura la encontrarán insufrible, por ser un texto metaliterario que vuelve sobre otra novela suya anterior (Todas las almas) para reflexionar sobre la recepción que tuvo aquélla en el Oxford donde transcurría y para jugar con las confusiones e identificaciones entre personajes reales y ficticios. Como relato tradicional es algo más bien muerto o demasiado discontinuo. La acción apenas avanza y consiste en una serie de vaivenes narrativos y reflexivos que se van rizando en espiral sin llegar a ninguna parte y sin crear ninguna línea o progresión emocional que culmine en clímax alguno. Este grupo de lectores calificarán de pedaleos las vueltas y revueltas de Marías sobre motivos como el matrimonio o la imposiblidad de la certidumbre, también porque se repiten en otras novelas del autor.

Por el contrario, quienes gusten de su literatura encontrarán con razón cuatrocientas páginas de escritura brillante e incontestable, y una metanovela donde lo ficticio y lo histórico se mezclan para producir al final una perfecta y por lo mismo confusa simbiosis. Disfrutarán también de ese lenguaje fluido y rico, de frases sinuosas pero nada pesadas y de algunos momentos magistrales donde esa ficción real o esa realidad ficticia alcanzan niveles de antología. Algunas de las parodias, ironías y homenajes a figuras de la literatura o la política son igualmente memorables, aunque su recurrencia produzcan a veces una voz narrativa demasiado cínica y autosuficiente.

Yo me quedo a medio camino entre los dos grupos, aunque reconozco que he disfrutado especialmente con las evocaciones familiares que menudean por el libro. (Javier Marías: Negra espalda del tiempo. Madrid: Alfaguara, 1998, 392 pp.).


martes, 4 de mayo de 2010

Dublinesca (Enrique Vila-Matas)

Todavía no he leído ninguna novela de Vila- Matas, aunque sí alguno de sus cuentos, y tengo que confesar que en principio es uno de los autores que más me atrae por su habitual recurso a lo metaliterario, lo cual, a su vez, no deja de tener sus riesgos. En Aceprensa (21 de abril, 2010) Adolfo Torrecilla resume todo esto en su reseña del libro, cuyo título es una obvia referencia al Ulises de Joyce: "Vila-Matas domina a la perfección el arte de convertir la literatura en protagonista de sus tramas, las citas, los autores, las referencias librescas..; pero falta que las obras despeguen y transmitan una determinada opción vital o existencial. Aunque los personajes viven sumergidos en la 'conciencia de un paisaje moral en ruinas', no acaban de tener vida propia y sus conflictos existenciales, un tanto epidérmicos (...), no dejan de ser otra cita literaria más, sin mucho fundamento. Esta inconsistencia acaba por trasladarse también a la novela, repleta de reiterativos guiños y gags que ya suenan a técnica y a truco". (Enrique Vila-Matas: Dublinesca, Barcelona: Seix Barral, 2010).

sábado, 1 de mayo de 2010

Los amigos del crimen perfecto (Andrés Trapiello)

Hasta ahora, la única novela que he leído de Trapiello, y me ha dejado un buen gusto de boca. Su planteamiento me ha parecido muy original. Es una novela policíaca que a la vez y de forma natural es una metanovela, una poética, un elogio y una parodia de toda la literatura detectivesca. No se ven muchas combinaciones así. Los personajes tienen más vida libresca que real, pero esto es precisamente lo que mejor encaja aquí, y el argumento está bien trabado y bien resuelto, aunque los expertos quizá piensen que el crimen que se narra no fue tan perfecto como se propone.

De forma natural Trapiello usa el texto para soltar sus demonios sobre la España actual, sobre lo políticamente correcto o sobre la ideología que se impone desde los ministerios. Barre con izquierdas, con derechas y con superficialidades existenciales y obsesiones guerracivilistas (que he agradecido y suscrito con gusto).

Dos cosas que a mi juicio habría que revisar: 1) la voz narrativa se cae un par de veces en las que la hilazón de la trama acaba resultando excesivamente débil (El resto de la narración se sostiene bien). Y 2) la transformación del principal personaje, de antihéroe a semihéroe, no acaba de ser consistente aunque sí gratificante. No pasa nada si se quiere mantener el argumento en el nivel no-mimético, pero sí puede ser una pequeña laguna si se pretende el realismo convincente, como creo que es el caso.

En cualquier caso, estas dos prevenciones no desmerecen el conjunto, y no deben impedir que el lector disfrute de lo que es un verdadera y afortunada ‘invención literaria’. Interesante como lectura de clase, y también fácil de leer, aunque conviene que los alumnos estén familiarizados al menos un poco con la novela policiaca. (Andrés Trapiello: Los amigos del crimen perfecto. Barcelona: Destino, 2003; Premio Nadal 2003).
  

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