De la misma manera, el tono narrativo y el narrador en primera persona son consistentes y bien mantenidos a lo largo de toda la novela, aunque en algún caso me parece que el empleo de ese narrador obliga al autor a escenas de una verosimilitud un poco forzada, sobre todo ésa en la que Darman es testigo -detrás de una cortina- del encuentro erótico entre Ugarte y Rebeca Osorio (hija). Después de repensar la novela, creo que sigue siendo un punto débil, aunque también muy difícil de solucionar de otra manera. Más me han gustado algunas sorpresas y giros con revelaciones inesperadas y ofrecidas en el momento justo pero de una forma natural sin el cálculo artificial de muchas novelas detectivescas. Igualmente me ha convencido la habilidad de Muñoz Molina para construir una historia compacta y al mismo tiempo intrigante con pocos personajes que son a la vez simples y complejos por sus dobles identidades. También se agradece la ausencia de esos personajes secundarios que tanto abundan en otras novelas de este tipo y que distraen innecesariamente al lector sin aportar nada de hondura a la historia.
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El final de Beltenebros no deja de recordar, para bien o para mal, a El fantasma de la ópera, la novela de Gaston Leroux |
El otro homenaje que me parece que ha querido hacer Muñoz Molina es a algunos aspectos de la literatura gótica o de folletín, sobre todo en los momentos finales en que Darman persigue a Ugarte por los pasadizos de la boite y del cine, y que no he podido leer sin asociarlos a El fantasma de la ópera, la novela de Gaston Leroux (mucho mejor que cualquiera de sus adaptaciones cinematográficas). El encuentro con la otra Rebeca y el final de Ugarte me han parecido demasiado peliculeros y más propios de una novela de aventuras que de una con pretensiones un poco más serias, como parecía plantearse al comienzo.
No sé cuál será la siguiente novela de Muñoz Molina que vaya a leer, pero para ser positivos, Beltenebros me ha convencido de que su autor puede escribir cosas mucho mejores que El viento de la luna, y de que quizá pueda escribir una gran novela si sabe independizarse un poco más de la cultura o de sus fijaciones ideológicas y acercarse un poco más a la vida. Por eso, le doy tres estrellas, y por su final feliz y redentor -pero sin ñoneces- no le pongo la carita triste.
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