La última
novela de Pérez-Reverte me ha resultado entretenida pero tampoco me ha
aportado nada nuevo que no haya leído en otras suyas, e incluso me ha parecido
inferior a El Club Dumas y a La Reina del Sur (que ya han aparecido o
aparecerán reseñadas en este blog).
Creo que lo
más le honra Reverte es seguir usando ese periodismo de investigación para
poder contar historias ambientadas con bastante precisión en una amplia gama de
mundos y ambientes, el de los grafiteros en este caso. Realmente este aspecto del argumento aparece
muy bien documentado y verosímil, con algún momento quizá excesivo como el
episodio de Verona, pero en general cumpliendo bien con el didactismo propio de
los bestsellers. En este sentido, lo
más interesante quizá sean algunas reflexiones y reivindicaciones sobre el arte
urbano espontáneo y el valor del graffiti como expresión de rebeldía
antisistema. Pero también me imagino que los lectores más críticos sólo van a
ver en ello la voz del Pérez-Reverte que desde los suplementos dominicales
lanza mandobles a diestro y siniestro contra todo lo que no sea él mismo. Y que
esto lo haga un escritor comercial instalado en las oficialidades de la RAE no
deja de ser aún más cuestionable.
El lenguaje
de la novela es un poco menos barroco y
más directo que otros anteriores, con unas metáforas o artificios
retóricos un poco más comedidos que quizá puedan explicarse también por la
brevedad de la narración.
Pero como
artificio novelesco El fancotirador
paciente no me acaba de convencer. En primer lugar, la decisión de
usar como voz narrativa a una mujer no siempre acaba funcionando. Por supuesto,
no es una tarea fácil para un escritor varón –y quizá menos para Pérez-Reverte– encontrar
las modulaciones propias del lenguaje femenino,
pero también creo que es algo que se le debe pedir a alguien que se
precia de ser miembro de la RAE. Como en otras ocasiones, son muchas las veces
que en no sólo en las ideas, sino en el estilo, sintaxis, morfología, etc.,
queda claro que Lex Varela, la narradora-protagonista, no tiene voz propia, y
es simplemente el parapeto desde el que escribe el mismo autor de Alatriste. Una comparación entre sus
parlamentos, sus sensibilidades, su forma de ver el mundo y el de narradoras
protagonistas de Historia de una maestra (Josefina Aldecoa) o La intimidad (Nuria Amat). La cosa se complica cuando Pérez Reverte hace
lesbiana a Lex, pues me parece que sus
miradas y comportamientos son mucho más masculinos de lo que el propio autor
imagina.
El desarrollo de la acción
tampoco me ha convencido. Es demasiado lineal y episódica. Realmente, desde que
Lex empieza su investigación para llegar
hasta Sniper, no se encuentra con dificultades especiales ni el autor parece
sentirse forzado o capaz de crear alguna cortina de humo que hiciera más
interesante o incierto el resultado de la búsqueda. Lex sólo va de contacto en
contacto, sin falsas pistas que despisten, hasta llegar a encontrar al icono de
los grafiteros. Hay algunos momentos o escenas inesperadas, pero en general no
puede decirse que la novela cree una intriga o incertidumbre semejante a una
policíaca. Tan sólo el giro final –demasiado parecido al de El Club Dumas- puede sonar a sorpresa genuina e iluminar el
significado del párrafo inicial del primer capítulo.
Al final un
bestseller mediano, que vale más por
su contenido periodístico que por sus méritos propiamente literarios. Y que
tampoco creo que pase a engrosar la lista de los mejores libros de su autor. No
da la impresión de que Pérez-Reverte haya querido superarse a sí mismo con esta
novela ni decir nada nuevo a lo que nos ha dicho en otras anteriores. Tampoco
creo que valga la pena pagar 20 euros por él. Mejor esperar a que deje de ser
novedad o descargárselo en el kindle de turno. (Arturo Pérez-Reverte: El francotirador paciente. Madrid: Alfaguara, 2013, 302 pp.).