![]() |
Tópico y contradictorio en algunas cosas. Original en otras. Un poco maniqueo. Bien escrito. |
Cuando adquirí
este libro la verdad es que creí que me iba a encontrar con un tratado más
filosófico o profundo y un poco menos divulgativo. Quizá por eso al final me haya decepcionado un poco. No quiere decir esto que vargas Llosa me haya parecido
superficial o frívolo, pero sí que se me
queda un poco lejos de la intensidad de sus ensayos de tema propiamente literario,
como La verdad de las mentiras. Y de
hecho el mejor capítulo de La
civilización… y el más original y convincente creo que es el último, el
titulado “Dinosaurios en tiempos difíciles”, su discurso ante
el gremio de libreros y editores alemanes acerca de las ventajas de la cultura letrada sobre la visual. No es que los otros sean flojos, pero sí me parecen
menos originales y me temo que, salvo su contenido personal y su calidad
formal, aportan pocas cosas nuevas al debate entre “apocalípticos e integrados” del que hablaba Umberto Eco.
Tampoco
quiero decir que esté en desacuerdo con las ideas de este ensayo, pero también
es cierto que la oposición entre alta cultura y baja cultura o cultura
popular, y la consiguiente configuración
de los cánones literarios o académicos, es uno de los debates más frecuentes en
los círculos académicos en que me muevo, y que por ello casi todo lo que dice
Vargas Llosa en estas páginas me resulta bastante repetido y, en algunos
momentos, demasiado tópico.
Estoy de
acuerdo, por ejemplo, en la jerarquización estética que separa las grandes
obras literarias de otras de consumo rápido y masivo; a un Tolstoy de un Dan
Brown, por ejemplo. O también la urgencia de denunciar la mercantilización del
cine, y con ello la ausencia actual de directores como Fellini o Bergman.
O también la de la trivialización del sexo, que convierte el cuerpo humano en
mera commodity, y que inevitablemente
acaba desembocando en abusos de todo tipo y en todas las direcciones. O también
con la culpabilidad que deben aceptar algunas capillitas o élites
académicas por la fase de descomposición que se encuentran las Humanidades; en
este sentido he agradecido su crítica de la sofística de Derrida, el
deconstructor convertido también en un efímero espectáculo. O la denuncia de la
vergonzosa actitud de muchos artistas que se venden al mercado
o a la obsesión épatante, pero que carecen de originalidad y de creaciones de altos vuelos. O a la capacidad
igualadora de la televisión o de internet, donde la pantalla hace equivaler las
tragedias humanas con las neurastenias de las celebrities…
Pero
también me parece que su análisis tiene algunas limitaciones o contradicciones.
Una de ellas sería no comentar que muchas de las obras que hoy
consideramos alta cultura fueron en su tiempo obras de consumo masivo o
propiamente popular. Algunos ejemplos serían Don Quijote o los autos sacramentales de Calderón de la Barca,
entre muchos otros. En este sentido no hubieran estado de más algunas reflexiones
sobre el “aura” que Walter Benjamin
adjudicaba a todo objeto artístico y que,
efectivamente, el capitalismo estaría disolviendo. También me parece que
idealiza demasiado el pasado, como si en él no hubiera habido cultura o
actitudes “espectaculares” o culturas populares del gusto de todos los niveles,
o como si los grandes autores hubieran permanecido incólumes a estas “caídas”. Como
ejemplo tenemos la popular novela de folletín cultivada por escritores como
Dumas o Dickens, el teatro de capa y espada (Lope de Vega) o el relato policiaco (Poe).
Igualmente,
su valoración del hecho religioso, al que dedica un buen número de páginas, me
parece contradictorio en alguna de sus
partes. Por ejemplo el que considere la religión como una especie de
consuelo de pusilánimes y que no entre a fondo en cómo una religión como el
cristianismo haya sido capaz de condicionar o alimentar las ideas T.S. Eliot o Marshall McLuhan, dos de los pensadores más
reverenciados en su libro. O el hecho de que la considere parcialmente positiva
como ayuda para la convivencia social, sobre todo por proveer un código moral que ha conseguido evitar desmanes de todo tipo, y no haya una
reflexión más profunda acerca de la antropología religiosa. O que se extrañe de
que lo que él considera sexo liberado de referencias morales haya acabado en la trivialización del mismo y
no en la teología del cuerpo que proponía la filosofía personalista.
Lo mismo podría decirse de su defensa del estado laico. Aunque la suya es la de un laicismo abierto y dialogante, como la de Habermas, al mismo tiempo parece cerrado a analizar la diferencia entre estado neutral y estado neutralizador. Porque a mí me parece que al final un estado laico también acaba imponiendo una religión, es decir el dogma de que ese laicismo es incuestionable y que en el fondo los creyentes son ciudadanos de segunda categoría. Porque creo que no es imposible que un estado confesional (no teocrático) pueda ser mucho más efectivo o respetuoso y abierto que un estado laico. O que los ciudadanos del primero no puedan ser menos corruptos que los del segundo. Vargas Llosa parece olvidar que en cualquier sistema político lo importante no es el aparato sino los ciudadanos.
En fin, un libro que me parece más noble por sus intenciones que por sus contribuciones originales. Una defensa de la alta cultura llevada a cabo desde una perspectiva nostálgica y elitista –en el buen sentido de la palabra–, un poco idealizada y maniquea, pero al mismo tiempo consistente y justamente denunciadora en muchos de sus puntos. Y aunque apocalíptica, también rezuma un sincero aprecio por los logros del espíritu humano y una defensa de la literatura seria y los productos artísticos derivados del esfuerzo y la sana ambición. Y bastante bien escrita, como no podía ser menos. (Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara, 2012, 225 pgs.)
Lo mismo podría decirse de su defensa del estado laico. Aunque la suya es la de un laicismo abierto y dialogante, como la de Habermas, al mismo tiempo parece cerrado a analizar la diferencia entre estado neutral y estado neutralizador. Porque a mí me parece que al final un estado laico también acaba imponiendo una religión, es decir el dogma de que ese laicismo es incuestionable y que en el fondo los creyentes son ciudadanos de segunda categoría. Porque creo que no es imposible que un estado confesional (no teocrático) pueda ser mucho más efectivo o respetuoso y abierto que un estado laico. O que los ciudadanos del primero no puedan ser menos corruptos que los del segundo. Vargas Llosa parece olvidar que en cualquier sistema político lo importante no es el aparato sino los ciudadanos.
En fin, un libro que me parece más noble por sus intenciones que por sus contribuciones originales. Una defensa de la alta cultura llevada a cabo desde una perspectiva nostálgica y elitista –en el buen sentido de la palabra–, un poco idealizada y maniquea, pero al mismo tiempo consistente y justamente denunciadora en muchos de sus puntos. Y aunque apocalíptica, también rezuma un sincero aprecio por los logros del espíritu humano y una defensa de la literatura seria y los productos artísticos derivados del esfuerzo y la sana ambición. Y bastante bien escrita, como no podía ser menos. (Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara, 2012, 225 pgs.)