Esta novela
la componen lo que podríamos llamar tres bloques argumentales. Por un lado la
historia de Lucía y Ramón, éste último misteriosamente desaparecido en los
aseos de un aeropuerto y cuya búsqueda por parte de Lucía y dos singulares y
espontáneos compañeros serán el hilo de esa primera trama. El desarrollo de la
misma se convierte al final en un medio de denuncia contra la corrupción
política y social que, desgraciadamente,
no es muy distinta a la que podemos encontrar en otro montón de novelas de
estos años. Hay algunos giros inesperados ciertamente logrados, pero, la
verdad, la historia en sí, considerada dentro del género policiaco, no pasa de
ser un tópico más.
El segundo
bloque es la biografía de uno de esos personajes, el ex-anarquista y ex-torero Félix-Fortuna.
Su historia se va intercalando entre los capítulos dedicados a la primera
aventura, pero la verdad, salvo algunos nudos o cruces interesantes, para el
conjunto del libro sobran como las tres cuartas partes de esa biografía. Da la
impresión de que Rosa Montero ha querido rendir un homenaje al anarquismo más
idealista español, uniendo la vida de Fortuna a la de Durruti. Sin embargo, al
final, esta parte me recuerda demasiado a esas novelas en que lo histórico está de relleno y es simplemente un
refrito de varios libros de historia, como creo que ocurre en Donde nadie te encuentre, de Alicia
Giménez Bartlett, o en Soldadosde Salamina, de Javier Cercas, cuyo segundo capítulo me suena inevitablemente a refrito de
tesis doctoral. Lo mismo puede decirse del excursus que Montero dedica al
desastre de El Annual.
La tercera
parte, sin duda alguna la más interesante y conseguida, la componen las reflexiones de la narradora acerca de varios temas vitales, como el paso del
tiempo, la madurez, el matrimonio, la identidad, el amor, etc. Sin duda alguna
creo que es lo que más vida da a la novela, quizá por ser lo más
autobiográfico, aunque también es cierto que en ellas abundan algunas
observaciones más o menos originales con obvias perogrualldas. El truco del
narrador mentiroso o del narrador que menciona al autor (Lucía Romero a Rosa
Romero) tiene a ratos su interés y produce alguna que otra sorpresa interesante,
pero, por lo repetitivo del recurso en esta misma modalidad o en otras
análogas, uno no puede dejar de leerlo con cierto desencanto. (Como ejemplos
próximos pueden citarse a Pérez Reverte en El
Club Dumas, Javier Marías en Los
enamoramientos, Javier Cercas en La
velocidad de la luz, y sobre todo, Cervantes en El Quijote). Y mirado por la verosimilitud, no me encaja aquí
tampoco que Lucía, en pleno secuestro de su marido, se dedique a flirtear y a erotizar con Adrián, el más joven del
trío. Aunque también es cierto que con la trayectoria de amantes y cornamentas
que ella lleva a sus espaldas no resulta del todo ilógico.
El
principal problema de la novela es que esos tres componentes encajan si se
quiere por el tono personal de las
reflexiones que se intercalan en cada uno de ellos, pero no tanto como historia
en sí. La debilidad de la anécdota detectivesca y el refrito historicista de la
vida de Félix se quedan técnicamente muy a la zaga de la vida personal de la
narradora, que sin duda alguna es lo más original de todo el libro. De todos
modos, tampoco esto me parece que sea como para tirar cohetes, sobre todo por
la cosmovisión que deja ver Montero y que simplemente no comparto. Me
refiero, al punto de llegada de la historia, donde Lucía se muestra feliz en su
soledad, después de haber mandado a paseo a su esposo, de haberse desvinculado
de Adrián y de forma un poco distinta de
Félix y sus padres.
Esa propuesta de la soledad, junto a su visión tan negativa
del matrimonio y la maternidad, no me parecen ser la mejor conclusión para una
novela que ha procurado ir en dirección contraria, con la biografía redentora
de Félix, la solución y denuncia del delito de corrupción, etc. Así presentada,
Lucía resulta una figura aislada y asocial, aislada en un mundo que al menos en
parte se ha recompuesto y que ha mostrado que está abierto a las mejoras. Que
Lucía ahora renuncie a eso no me parece el final más lógico. Cierto es también
que el título apunta a otro de los méritos de la novela, es decir, a la idea de
que nuestra identidad depende de nuestra filiación, de los vínculos con
nuestros padres. Una pena que Montero no haya presentado el matrimonio y la
maternidad en consonancia con esta conclusión. Porque creo que a causa de esto,
todo el andamiaje ideológico o existencial de la novela se acaba viniendo
abajo. (Rosa Montero: La hija del Caníbal. Madrid: Punto de Lectura, 2009, 440
pp.).