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El comité de lo real, otra moralina bien escrita o un thriller sin color local |
Aquí voy también
a empezar diciendo lo que he repetido en otras reseñas acerca de las novelas de
Gopegui, como Deseo de ser punk o Acceso no autorizado, es decir, que
Gopegui me parece una buena escritora, de las mejores que podemos tener ahora
en España, aunque por desgracia lo sigue estropeando todo cuando se mete en
esos vericuetos políticos y en argumentos de intención político-moralizante.
He leído en
otras reseñas precisamente lo contrario, que la peor Gopegui es la del lenguaje
lírico y la mejor es la de las reivindicaciones sociales. La verdad es que no puedo
estar de acuerdo. Primero porque ese lenguaje es quizá de los más originales y
conseguidos de la novela española actual, tan necesitada precisamente de
renovaciones serias y que sean capaces de perdurar en el futuro. Porque, al
paso que vamos, me temo que muy pocos novelistas contemporáneos vayan a
engrosar la lista de clásicos en futuros cánones. Y segundo porque la historia literaria ha
mostrado repetidamente que cuando las novelas se ponen ciegamente al servicio
de una idea política pierden lo que es más deseable en ellas, es decir, su
capacidad de analizar y ensanchar la comprensión de lo humano, de presentarnos
personajes vivos, situaciones complejas y cuestionamiento continuo de valores y
esquemas. Y esto es algo que no ocurre
en El comité de la noche, que en ningún
momento cuestiona la utopía que propone.
No le
quiero negar tampoco los méritos que tiene la novela. Gopegui me parece una
escritora inteligente y llena de recursos; así por ejemplo esos momentos en que
el escritor profesional recibe las narraciones de Carla se pueden convertir en
una estupenda reflexión sobre la creación literaria; o ese cruce de voces y
perspectivas narrativas, que combina la mesura con la variedad, me parece
igualmente acertado.
Sin
embargo, todo lo demás me suena a consabido e incluso a repetitivo. El
planteamiento de fondo es el mismo que en Acceso no autorizado y en Deseo de
ser punk; la denuncia victimista frente al sistema, Estado, capitalismo o como
lo quiera llamar la autora; su nostalgia llena de escrúpulos por un
socialismo que no supo –porque no puede- arreglar los problemas del mundo; la
instalación del capitalismo neoliberal como la principal referencia
socioeconómica, el poder de la gente común (¿15M, Podemos?) para cambiar todo
esto; desahucios, parados, etc., etc.
Como en Acceso no autorizado, aquí se pretende también dar un tono de thriller o bestsller a la acción, con buenos y malos, con espías y dobles
agentes, con giros inesperados (la mochila de Carla, etc.). Algunas de esos
momentos están bien conseguidos, como puede ser también la investigación
implícita en el mercado y técnicas de la conservación de plasma. Sin embargo, y
esto me parece penoso, no veo por ningún lado el color local en las escenas
ubicadas en Eslovaquia. Todo lo referido a estas escenas parece haberse
solucionado con una mera consulta a algún atlas o a alguna lista de nombres
eslavos, pero creo que ningún lector podrá hacerse realmente la mínima idea que
cómo pueden ser las calles, la gente,
los edificios, etc… de esta nación y de su capital. Y esto es algo que es muy difícil perdonar en un libro así.
Finalmente,
tengo que reconocer que parte de mi crítica negativa al planteamiento de este
libro puede deberse a mi propia experiencia en esos comités político-espontáneos
que en mis años de estudiante se creaban en la universidad para arreglar el
mundo o organizar huelgas. Lo que vi es que al final sólo estaban encaminados a servir a
los intereses de algún partido político de nivel nacional, pero muy pocas veces
tenían que ver con las necesidades reales que yo consideraba más urgentes. Y
eso por no hablar de la manipulación que uno sentía al participar en esas
asambleas y del espíritu de impenetrable
camarilla que uno notaba en las élites directoras, “populares e igualitarias”.
Porque la experiencia también me dice que esos mesías
políticos acaban invocando la voz del pueblo para apropiarse de ella y
utilizarla como moneda de cambio. En ningún
comité de esos vi nunca un espíritu de autocrítica ni un reconocimiento de
errores propios, y mucho menos la aceptación de que las personas que no
comulgasen con sus ideas mereciesen, como personas, el mismo trato que ellos
pedían para sí mismos. El victimismo y el mesianismo tienen siempre esos
riesgos. Por eso sigo prefiriendo Lo real, seguramente la más humana de todas sus novelas. (Belen Gopegui: El comité de la noche. Random House, 2014, 272 pgs.)